miércoles, 1 de febrero de 2012

El camino de la belleza

Fernando Martín Herráez

Hace ya algunos años el Consejo Pontificio de la Cultura se planteó una pregunta fundamental en el marco de la nueva evangelización: ¿cómo presentar el Evangelio, tanto a la masa de bautizados que viven de hecho como si no fueran creyentes, como a aquellos que nunca lo han conocido, en un lenguaje y con categorías comprensibles al hombre de hoy?

Como una respuesta posible a esta pregunta, se planteó la necesidad de estudiar más a fondo la Via Pulchritudinis, el camino de la belleza, un camino para hablar de Dios al hombre de hoy, y para permitirle, a través de la belleza, alcanzar a Dios. Fruto de esta reflexión fue el documento “Via Pulchritudinis. Camino de evangelización y diálogo” que recogía las intervenciones de la asamblea plenaria del 2006 del Consejo Pontificio de la Cultura.

El camino de la belleza es camino de acceso al misterio de Dios. No solamente la Verdad, ni solamente el Bien, sino el pulchrum, la Belleza, siempre unida a la Verdad y al Bien engendrando unidad y no división.

El camino de la belleza incluye y afecta a la fe cristiana, a su experiencia, a la búsqueda de Dios, a la espiritualidad, a la oración y a la liturgia misma. Por eso es un tema que tiene que estar presente en nuestra reflexión y en nuestro quehacer como laicos en el mundo. No es un añadido gratuito, como algo de lo que se podría prescindir.

Como estímulo para nosotros bastaría recoger las palabras que el Papa dirigió el 31 de agosto pasado en la Audiencia general tenida en Castelgandolfo:


“Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto.

(…) ¡Cuántas veces cuadros o frescos, fruto de la fe del artista, en sus formas, en sus colores, en su luz, nos impulsan a dirigir el pensamiento a Dios y aumentan en nosotros el deseo de beber en la fuente de toda belleza! Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino... La visita a los lugares de arte no ha de ser sólo ocasión de enriquecimiento cultural —también esto—, sino sobre todo un momento de estímulo para detenerse a contemplar en el paso de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que significa el rayo de belleza que nos toca, que casi nos «hiere» en lo profundo y nos invita a elevarnos hacia Dios”.
Sobran comentarios a estas palabras dignas de colocarse en la entrada de muchos museos y –por qué no- en la fachada de las Escuelas de Bellas Artes.

Termino con una cita de Simone Weil que nos debería hacer vibrar como apóstoles en medio del mundo, que reconocemos en la Encarnación el misterio que nos da sentido:

"En todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de lo bello, está realmente la presencia de Dios. Hay casi una especie de encarnación de Dios en el mundo, del cual la belleza es un signo. Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por esto, cada arte de primer orden es, por su esencia, religiosa".