domingo, 1 de enero de 2012

Contra el relativismo, id a Tomás

Por Santiago Arellano Hernández

Próxima la celebración de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, me ha parecido conveniente pediros, como remedio y antídoto del corrosivo relativismo moral en que se mueven, como seres flotantes, hombres y mujeres de nuestro tiempo, que nos acerquemos a las grandes obras de Santo Tomás, aunque sólo sea para tocarlas como si de reliquia taumatúrgica se tratara. Caer en la cuenta de que el Bien, todo bien, cuanto más el bien moral, es el camino natural del ser, del proyecto de ser que cada uno tiene que configurar en el transcurso de los días que nos han sido asignados. De lo contrario, globos vistosos sin peso como en “Golconde”, el cuadro de Magritte, ajenos a la alegría del cada día, cáscaras vacías, fantasmas errantes que se han quedado sin alma y sin norte. No saben adónde ir.

Qué bien supo entender el divino Dante la magnitud humana e intelectual de Santo Tomás al presentárnoslo en el canto XI de “El paraíso” presidiendo la luminosa guirnalda de doce sabios y haciendo de interlocutor de Beatriz y del mismo Dante ante las dudas que plantea en su recorrido al sabio maestro por el esplendoroso cielo, en este caso en los cantos XII, XIII y XIV de la tercera parte. Sugerente es la respuesta de Tomás a la pregunta de qué añadirá a la gloria de los espíritus gloriosos la resurrección de los cuerpos.

Cuando la carne gloriosa y santa
vuelva a vestirnos, estando completas
 nuestras personas, aún serán más gratas;

 Me conmueve la razón que alega:
cual si sus cuerpos muertos añoraran:
 y no sólo por ellos, por sus madres,
por sus padres y seres más queridos,
 y que fuesen también eternas llamas.
En el canto XIII nuestro sabio teólogo fustiga a los pensadores ligeros:

Plomo a tus pies te sea este consejo,
 para que andes despacio, como el hombre
cansado, al sí y al no de lo que ignoras:
 pues es de los idiotas el más torpe,
 el que sin distinguir niega o afirma
 en el uno o el otro de los casos;
 puesto que encuentra que ocurre a menudo
que sea falsa la opinión ligera,

si la pasión ofusca el intelecto. 

La apoteosis de Santo Tomás, por Zurbarán

Como obra pictórica, quiero traeros a vuestro recuerdo el complejo cuadro de Zurbarán “La apoteosis de Santo Tomás”. Santo Tomás da su lección en el cielo como si de un examen de ingreso se tratara. A su derecha escuchan, conversan y comprueban las citas San Ambrosio y San Gregorio; a su izquierda, San Jerónimo, con el manto cardenalicio, y San Agustín. Los más preclaros padres de la Iglesia atienden con asombro al Sabio profesor. Sobre sus cabezas, el cielo en pleno asiente a sus conclusiones: destacan María y su Hijo con la cruz. En el centro la paloma del Espíritu Santo ilumina con sus rayos a Santo Tomás. A la derecha San Pablo, con la espada y santo Domingo con el lirio virginal. La mirada en éxtasis contemplativo parece dirigida al Padre, no representado. En el plano inferior, la tierra: los personajes principales de la Orden, el arzobispo Diego Deza, y el emperador Carlos V. Están arrodillados como si también siguieran la lección del maestro, recogida a su vez en libros y manuscritos. Todos tienen que ver con la construcción y puesta en marcha del Colegio y de la Iglesia. El cuadro es de 1631. Más sugerente me parece que tanto los representantes directos de la Iglesia como el mismo emperador tienen que escuchar la lección del maestro Tomás. Unos para transmitir con rigor y fidelidad el depósito de la Fe; el emperador, cubierto con el manto imperial y la espada en la cintura, para regir con bien la ciudad terrena que se ve tras las columnas y ventanales, con sus calles, edificios, corrillos de gente, y vecinos que van a sus asuntos. Para mucho meditar.