lunes, 2 de enero de 2012

La salida de la crisis

Portada Estar nº 264
Editorial revista Estar
nº 264 enero 2012


El mismo día en que comenzaba el cónclave del que saldría elegido papa, el cardenal Ratzinger exclamaba: “La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo… mientras que el relativismo, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.”

Tras el relativismo (“todo vale”, “todo es opinable”, “nadie tiene la verdad”, etc.) se esconde la disolución del criterio que diferencia entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo bueno y lo malo.

Y si pensamos que la verdad no existe, ¿qué sentido tiene dialogar o razonar? Es inútil la argumentación racional. Si la verdad no existe o es imposible conocerla, la razón no tiene ningún sentido, dado que conocer es conocer la verdadera realidad. (Conocer lo falso no es conocer; es más bien desconocer). En consecuencia, los conflictos de intereses no se dirimirán en favor de quien esgrime las mejores razones sino, como dice Habermas, del lado de quien pone más muertos encima de la mesa de negociación. Y esta es la crisis actual, una crisis acerca de la verdad.

Así lo vio en el fondo Nietzsche: una vez que hemos matado a Dios, como él dice, ya somos superhombres, ya no tenemos a nadie por encima de nosotros. Eso nos sitúa “más allá del bien y del mal”, pero entonces ya no tiene sentido preguntarse por la verdad. Sólo cabe preguntar con qué mentiras podemos vivir mejor.

No es verdad que todas las opiniones merezcan el mismo respeto. Quienes merecen todo el respeto son las personas, pero no sus opiniones. Al contrario, tenemos la obligación de ayudar a los demás a contrastar sus opiniones y posturas ofreciendo las razones que nos asisten.

Además, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero, medida del verdadero humanismo. Pero ante la actual crisis de fe que afecta a la Iglesia y al mundo, ¿qué hacer? En su último viaje a Alemania, Benedicto XVI respondía: ayudar a conseguir una “experiencia de la bondad de Dios”. Y dijo que las personas “necesitan lugares donde poder hablar de su nostalgia interior. Estamos llamados a buscar nuevos caminos de evangelización, caminos que podrían ser pequeñas comunidades donde se vive la amistad que se profundiza regularmente en la adoración comunitaria de Dios. Aquí hay personas que hablan de sus pequeñas experiencias de fe en su puesto de trabajo y en el ámbito familiar o de los conocidos, testimoniando de este modo un nuevo acercamiento de la Iglesia a la sociedad. A ellos les resulta claro que todos tienen necesidad de este alimento de amor, de la amistad concreta con los otros y con Dios… Sin Cristo no podemos hacer nada”.

Para algunos, un programa como éste será insuficiente, lo importante sería cambiar las estructuras, modificar la misma Iglesia, adaptarla al presente. Benedicto XVI no dejó de lado esta objeción: “Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda? A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: Usted y yo”.

¿Por qué tiene la fe de la Iglesia, todavía, una oportunidad? porque está de acuerdo con lo que el hombre es. En el hombre anida un anhelo inextinguible hacia lo infinito y ninguna respuesta mundana es suficiente; sólo el Dios que se hizo Él mismo finito para abrir nuestra finitud, responde a la pregunta de nuestro ser. Por eso, también hoy la fe cristiana encontrará al hombre. Nuestra tarea es servirla con ánimo humilde y con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestro entendimiento. Y con paciencia y con firmeza, buscar incansablemente la verdad.