martes, 1 de noviembre de 2011

Para que tengan vida


P. Tomás Morales S.J

Aunque indirectamente contribuya de la manera más eficaz a la reorganización del mundo, el Cristianismo no apareció en la Historia achicado con una finalidad temporal y terrena. Ni Jesucristo ni Pablo hablaron directamente de la condición de los esclavos en el mundo antiguo. Sólo predicaron la salvación del alma. Un sacerdote, un militante al formar jóvenes, primordialmente debe ocuparse de que las almas tengan vida y la tengan más abundante. Han nacido en la Iglesia para ser continuadores de la misión de Cristo. El la concretó en esa divisa que deben apropiarse sus seguidores, refiriéndola cada uno a sí mismo y a su actuación: «He venido para que tengan vida y la tengan más abundante». (Jn 10,10)

Lo demás, el influjo de ese cristiano en el mundo cambiando sus estructuras, vendrá por añadidura, será la consecuencia. «La misión propia que Cristo confió a su «La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso», afirma taxativamente el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 42).

Al cumplirlo, «difunde en el mundo un reflejo de su luz..., sanando y elevando la dignidad de la persona humana, robusteciendo la trabazón de la sociedad humana, y dando a la actividad cotidiana del hombre un sentido y significación más profunda. » (Ibid., 40.) Pío XII había dicho: «La Iglesia debe conducir a los hombres para que se entreguen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin religioso estrictamente sobrenatural» (9-3-1956).

El hombre perfectamente evangelizado comprende enseguida que el Cristianismo abarca todas las dimensiones de la vida humana. Y sabe que la religión de Cristo no es una invitación a abandonar el mundo olvidando sus problemas, sino que obliga al bautizado a estar no a remolque de los demás, sino en la vanguardia de todas las iniciativas del progreso humano. Pablo VI nos lo recuerda. No es posible aceptar «que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad» (Apertura III Sínodo de Obispos, 27-9-1974 y Evangelii nuntiandi, 31).

Será más fiel a Dios, mejor cristiano, en la medida en que sea mejor obrero, mejor estudiante, mejor artista, mejor jefe de empresa, mejor hombre de Estado. Cristo no es sólo vida del alma, sino vida de todo el hombre. Nada escapa a su acción: familia, profesión, economía, educación, pasatiempos, prensa, cine, televisión... La religión no es «opio» para adormecer, sino estimulante que exige al cristiano darse del todo a los demás olvidando su egoísmo en cada detalle de su vida.

Renunciar siempre al egoísmo para vivir para Dios en los demás, en la profesión, en la familia, en el trabajo o en la diversión, en la fortuna como en la desgracia, sólo se conseguirá si el forjador de juventudes ha centrado su esfuerzo en hacer vivir el Evangelio en toda su grandiosa integridad, en hacer que los jóvenes «tengan vida y la tengan más abundante», precisamente en la edad en que todo —pasiones que se despiertan con fuerza, mundo que encandila con sus atractivos— se conjura para asfixiar la vida de Cristo en el alma.

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