viernes, 2 de diciembre de 2011

La verdadera Navidad

Portada revista Estar nº 263
Un año más, los grandes almacenes y los ayuntamientos de muchas de nuestras ciudades se han adelantado a los ángeles para anunciar la Navidad. No es el nacimiento del Salvador lo que pregonan, sino que los sueños de bienestar material, esta vez sí, van a hacerse realidad. Y se mezclan lo humano –lo demasiado humano- y lo divino, en una pugna que reproduce la que también se da en nuestros corazones. Anhelamos una felicidad que sea para siempre, un amor que no se nos deshoje entre las manos, una paz que nos haga sentirnos seguros y queridos. Y se nos repite al mismo tiempo que nuestras ilusiones se van a hacer realidad porque podremos comprar muchas cosas…

Decía en El Principito Saint- Exupèry que los hombres compran cosas hechas a los mercaderes, pero como no hay mercaderes de amigos, los hombres no tienen amigos. Y el personaje del conocido cuento, un zorro experimentado en las zozobras de la vida, sigue diciendo al pequeño protagonista: “-Si quieres tener un amigo… domestícame”. ¿Y qué significa domesticar?, le pregunta el niño. “-Es una cosa demasiado olvidada. Significa ‘crear lazos’”

Nuestro mundo moderno –nosotros mismos- pensamos que si Dios existe está muy lejos, que si hizo el mundo, se marchó “a los cielos” o a donde sea y que allí tal vez vive muy bien, mientras nosotros sangramos en la tierra. En cambio, los grandes almacenes y los mesías humanos –demasiado humanos- están ahí cerca, a la vuelta de la esquina, en las pantallas, en los anuncios, en las luces de neón, en las campañas políticas.

Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El verdadero Dios no es alguien atronador y lejano, perdido en su grandeza y su distancia, despreocupado de la insatisfacción de sus hijos. No. En absoluto. Le importamos, y mucho. En cambio, a los de los anuncios les importamos más bien poco. O nada. En todo caso nuestro dinero o nuestro voto. Pero si se los da otro les da lo mismo.

El verdadero Dios no es lejano ni se despreocupa. Ha venido entre nosotros, a ser como nosotros, a vivir como nosotros, a sufrir y morir como nosotros. Y por nosotros. Porque le importamos, y mucho. Todo el que ama quiere estar junto a la persona amada. Y “crear lazos” (vincularse) con ella. Ese es el Dios de los cristianos, que se hace pequeño para que podamos abrazarle y dejarnos abrazar. Siendo el infinitamente otro, quiso ser el infinitamente nuestro. Él, el Verbo, se hizo carne y habitó entre nosotros. Eso es la Navidad.

Y el Verbo recién nacido… quiso nacer en una familia y ser recibido en el regazo de una Madre. ¿Quién podría describir el primer despertar a la conciencia de ese Niño, al encontrarse con el rostro sonriente y acogedor de María? Es seguro que al conseguir fijar sus ojos en los de Ella, el Niño Jesús debió de tener la impresión de haberlos visto ya en otra parte. El Verbo había encubierto el esplendor de su divinidad en la pobreza de una vida humana y de un humilde pesebre, y descubría a través de la experiencia del amor de su madre el reflejo más vivo de la Mirada y del Amor del Padre de los cielos. Eso es la Navidad.

Como San José, contemplemos en estos días el asombroso misterio. El cruce de esas dos miradas, la del Dios hecho Niño que aprende a contemplar con ojos humanos, y la de su Madre, que aprende a ser toda de Dios al mirar embelesada los tiernos ojitos de su hijo. Eso es el “crear lazos” entre Dios y el ser humano. Eso no lo pueden dar los mercaderes. Pero es precisamente la verdadera Navidad.