viernes, 23 de diciembre de 2011

La Inmaculada y el anuncio de la Navidad

Por Santiago Arrellano Hernández

La celebración de la Inmaculada Concepción nos pone a las puertas de la Navidad. El nacimiento del Niño que se nos había prometido por boca de los profetas, concebido por obra del Espíritu Santo en las entrañas virginales de aquella sencilla doncellita de Israel, ha transformado la historia. María fue exenta del pecado original por ser la madre de Dios. “La llena de gracia”, “la que tiene al Señor consigo” son frutos de aquel “fiat” que la convirtió en madre de Dios.

Dos fiestas en una, cantadas, primero, poniendo ante vuestros ojos la talla maravillosa de la Inmaculada Concepción de Alonso Cano, expuesta en una vitrina de la sacristía en la catedral de Granada. Tuve la suerte de poderla contemplar este verano y se me quedó tan hondamente clavada en el alma, que no puedo librarme de su emoción ni de su recuerdo. Mira que hay maravillas en esta deslumbrante ciudad, mas no la cambio ni por toda la Alhambra, que ya es decir, con su Generalife, ni por el palacio de Carlos V, ni por la mismísima Catedral, aunque al tropel de los turistas le deslumbre lo suntuoso, lo exquisito, sensual o majestuoso y probablemente ni se fijen en tan pequeñita imagen, que primero iba a estar en el facistol del coro. Es otra cosa. No tiene parangón.

Para poder captar su prodigio se necesita una actitud interior contemplativa. Claro que puedes admirar la belleza física de una jovencita candorosa y virginal, de unos doce o trece años. Su talle esbelto, elegante como el ciprés. Su rostro, la suma perfección. El movimiento helicoidal de su manto azul cobalto y la sencilla túnica blanca, nobleza y sencillez, como la finura de sus manos juntas, apenas tocándose por las yemas de los dedos o la delicada honestidad de sus cabellos. Pero no. No es suficiente.

El prodigio se manifiesta cuando tratas de adentrarte en el misterio que esta doncellita está viviendo. Sus ojos entreabiertos no miran hacia fuera, están recogidos en una contemplación interior. Sus manos no son de oración suplicante. No cabe dentro el asombro agradecido. ¿Qué puede estar contemplando? Genial: el misterio incipiente de la encarnación. Absorta y asombrada. No tiene palabras y contempla en silencio. No es simple elegancia el amplio manto que desborda brazo y costado derecho ni tierno realismo el delicado pecho insinuado. Es la divina maternidad que explica el don de su Inmaculada Concepción. El que está viniendo tiene cobijo y alimento.

El segundo, es un poema de Juan Pablo II. Sus poesías, publicadas como antología en la BAC, son reflexiones e intuiciones sobre diversos asuntos. Una de ellas está dedicada a La Madre, claro, a la Virgen. Es un fragmento en el que pone en boca de María delicados pensamientos sobre la finura psicológica de la mujer en general y en especial de las madres. Saben descubrir, por ejemplo, el misterio humano, con una mirada que llega al corazón. Lucecitas que pasan inadvertidas para los más ellas las captan. Precisamente por ello pudo acostumbrarse Jesús, a pensamientos comunes a todos los hombres. Pero sobre todo están atentas al profundo latido del corazón de sus hijos. Alonso Cano unos momentos después de la anunciación. Juan Pablo II en la maternidad que se prolonga en el tiempo. Uno y otro: “recogida en su misterio”


Las madres saben los instantes en los que el misterio humano
despierta un reflejo de la luz en sus pupilas,
que parece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a todos los hombres,
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy Madre distinta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como éste,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio.