viernes, 23 de diciembre de 2011

Cercanía y distancia

Abilio de Gregorio

Recuerdo una anécdota de mis años de docencia en bachillerato que me viene a la memoria recurrentemente cada vez que me topo con profesionales que, en su afán de campechanía, cultivan con cierto exhibicionismo el denominado “coleguismo”: Llevábamos pocos días desde el inicio del curso y uno de los mozalbetes de primera fila me interrumpe la explicación para cuestionarme:

-“Oye, tú, ¿Por qué nos tratas siempre de usted?”.

-“Por ponerme a su altura, jovencito” – le contesté sin demasiada esperanza de ser entendido-.

Efectivamente, no me entendió, pero al finalizar el curso se me acercó un buen día y me espetó: “¿Se acuerda usted de aquella intervención que tuve al comienzo del curso y de la contestación que me dio? Pues me ha costado un año, pero creo, por fin, que he logrado entender. Verá: aquí han ido llegando profesores que nos tratan incluso con los alias con los que nos tratamos entre nosotros e insisten en que nos dirijamos a ellos tratándolos de tú. También ellos dicen que quieren ponerse a nuestra altura. Pero, en el fondo, tendrían que decir que quieren “bajar” a nuestra altura porque nos consideran que estamos abajo. Usted, al tratarnos de usted nos ha dado el mensaje de que nos considera estar arriba. Gracias”.

Quizás la interpretación de mi alumno fue, generosamente, más allá de mi intención. Pero tiene miga y da para pensar.

Es un lugar común afirmar la importancia de la cercanía del educador al educando. Pero habría que añadir que dicha cercanía solamente es relevante desde el punto de vista educativo cuando previamente el educando ha percibido claramente la distancia que hay entre él y su educador. Cuando ha captado y admirado la superioridad intelectual, la superioridad moral, la superioridad psicológica, etc., del maestro y lo siente acercándose a él, interesándose por sus problemas, compartiendo sus preocupaciones, “haciéndose cargo” de sus pesares, etc.

Entonces nace en el educando un sentimiento de autovaloración y de confianza en sí mismo, pues siente que algo valioso ha de haber en él para que alguien tan superior como su maestro esté dispuesto a concentrar su atención en su persona. Aquí hay que situar el hontanar de la autoestima del educando y no en esas estrategias de gratuito masajeo de su yo. Lo que sucede es que el halago fácil del niño y del joven le resulta siempre más barato al educador que las subidas (ascesis) hacia las cumbres de la excelencia de la propia personalidad. Desde el referente de una personalidad que cultiva la excelencia de cara el educando, la exigencia educativa se convierte en un acto de fe en el joven y contribuye también al crecimiento de su autoestima. “El educador no debe olvidar –dice el P. Morales en Forja de hombres- que los jóvenes valiosos piden forjadores que estén en línea, que les exijan. Si no lo hacen, les defraudan, y se irán a buscarlos a otra parte.”

En último término es ésta una de las realidades axiales de la narrativa del cristianismo: el Dios infinitamente distante, que habita una luz inaccesible imposible de mirar y de ver, el más grande que lo más grande de nuestras realidades, el incomprensible, el misterioso, el absoluto y situado más allá de todo lo que es, se acerca y se hace hombre como cada uno de nosotros; se preocupa y se ocupa de nuestros problemas, se hace cargo –se carga- de nuestras desdichas y de nuestro destino: se enamora del hombre (no del hombre de la antropología y de los filósofos, sino de cada hombre de la lista, con sus nombres y apellidos…). Simplemente emocionante.

Por eso, se me ocurre que, pretender presentar a Dios so lamente en la proximidad de su humanidad, desmisterizarlo, desdivinizarlo, desposeerlo de su inaaccesibilidad sustancial, hacerlo más “colega”, puede conducir, al final a crear un ídolo a la medida de nosotros mismos. Afirma Jean-Luc Marion en El ídolo y la distancia: “Para que Dios nos resulte pertinente, tenemos ante todo que experimentar su extrañeza radical”.