martes, 1 de noviembre de 2011

Autumnal

Santiago Arrellano Hernández

El otoño propicia las nostalgias. Incluso aquel falso sentimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Falso por culpa del “cualquier”. No todos los tiempos pasados fueron mejores que el nuestro; pero tampoco es verdadero que ningún tiempo pasado fue mejor. La historia es maestra de la vida, porque nos advierte de los errores del pasado para poder evitarlos, aunque nunca podrá enseñarnos a dar respuestas certeras sobre el nuestro. Vivir es una opción de libertad. No siempre la elección es la conveniente. Por eso rectificar es de sabios. Cualquier imitación del pasado se queda en obra de cartón y escayola. La creatividad es un don que debe practicar cada generación.

Ramón Casas, pintor catalán de finales del XIX y principios del XX, nos ofrece en este cuadro una de las actitudes anímicas más peligrosas para vivir con gozo y entusiasmo la religiosidad de cada persona. La contemplación con nostalgia de algo que fue pero que ya no puede ser. El jardín descuidado. Las columnas y muros nos recuerdan un edificio en ruinas, probablemente un monasterio románico con su claustro abandonado. Remanso de paz entre las ruinas inmersas en medio del silencio. Una chica joven, elegantemente vestida, hasta yo diría que inadecuadamente vestida para la ocasión, vestido vaporoso y zapatos de tacón, apoyada su mano en la barbilla, contempla reflexivamente el lugar. Nostalgia de una época pasada que ya no podrá volver. El modernismo es un neorromanticismo. Añoranza de un pasado sereno y plácido, opuesto al ajetreo de la ciudad.

Esta pintura se me ha convertido en el símbolo de una actitud anímica equivocada sobre la Iglesia y la vida de fe de los creyentes. Los hombres y mujeres del medievo supieron plasmar en piedra su sentido de Dios, y nos lo legaron como testimonio y herencia de su vida. Pero pensar que nosotros ya no podemos hacer algo semejante expresa nuestra decaída fe. Cada generación, aspira a una vida plena, que plasma en arte y en la vida sus ideales de belleza, verdad y bien. La Iglesia se parece al ave Fénix que renace de sus cenizas con nuevo esplendor. Lo demás es infecundo. Toda criatura y las obras de sus manos están condenadas al olvido, a su descomposición, a ser un día ruinas. Pero el Verbo encarnado permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Nadie mejor que Rodrigo Caro nos lo explicó en su elegía a las ruinas de Itálica, lección impagable del destino de cualquier vanidad. El último verso resume su mensaje: “¡oh fábula del tiempo, representa cuánta fue su grandeza y es su estrago!” La contraposición de “fue” con “es” nos lo dice todo, lo mismo que “grandeza” frente a “estrago”. La Itálica famosa ha quedado reducida a “campo de soledad”, “mustio collado”. Todo, hasta la muralla, tan temida, se ha reducido a reliquia del pasado. Todo es memoria funeral: las torres o el anfiteatro, sucumbieron a su “pesadumbre”. Para el poeta barroco, tan embebido en el mundo cultural romano, el pasado glorioso sólo tiene un destino: convertirse en “teatro trágico”, lección imperecedera sobre el destino de las glorias y grandezas de este mundo. Todo cambia. Sólo Dios permanece. Sólo Dios basta. No nostalgia; sino esperanza.



Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipión la vencedora
colonia fue; por tierra derribado
 yace el temido honor de la espantosa
 muralla, y lastimosa
 reliquia es solamente
de su invencible gente.
Sólo quedan memorias funerales
 donde erraron ya sombras de alto ejemplo
 este llano fue plaza, allí fue templo;
 de todo apenas quedan las señales.
 Del gimnasio y las termas regaladas
 leves vuelas cenizas desdichadas;
 las torres que desprecio al aire fueron
 a su gran pesadumbre se rindieron.
Este despedazado anfiteatro,
 impío honor de los dioses, cuya afrenta
 publica el amarillo jaramago,
 ya reducido a trágico teatro,
 ¡oh fábula del tiempo, representa
 cuánta fue su grandeza y es su estrago!