viernes, 23 de diciembre de 2011

Verbi silentis, muta Mater

P. Tomás Morales

Mirad a la Virgen en esta noche santa. Es la Madre muda del Verbo silencioso, como canta la liturgia: Verbi silentis, muta Mater.

Muda de gratitud, se siente elegida. Se extasía de amor. Es la bendita entre todas las mujeres.

Muda de admiración, contempla emocionada. «Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y éste habla siempre en eterno silencio; y en silencio ha de ser oída del alma» (J. de la Cruz). Profundo silencio reinaba en la tierra, y la noche, en su carrera, llegaba a la mitad de su camino, y ella, con inefable amor de Madre, adora la Palabra omnipotente bajada del cielo, desde su solio real (Sb 18,14).

¡Qué elocuente su silencio!¡Cuánto tenemos que aprender! Se siente Madre y Maestra de toda la Iglesia. Le enseña a callar para «percibir sólo hablas de amor» (J. de la Crzuz).

Madre y espejo de la Cruzada de Santa María, os enseña a cada uno. Os quiere hermanos del Verbo silencioso. Mudos de gratitud, como ella, porque el Padre «os eligió en Cristo Jesús, desde antes de la fundación del mundo, para que fueseis santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1,4). Mudos de admiración ante la vida eterna floreciendo silenciosa entre pañales, reclinada en las pajillas del pesebre (Lc 2, 7). Es la «luz del mundo» (Jn 12, 46), «luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9).

Corazón virginal en soledad martirial. Te anonadas al contemplar el misterio insondable. La locura de la Encarnación arrebata e inflama tu alma. Hermano de Jesús, tu alma se convierte en madre de almas, participa en la maternidad universal de María.

Ella es Mater unitatis, madre de la unidad (SAN AGUSTÍN). Al dar a luz al Uno, se hace Madre de la muchedumbre de hijos que integran la familia de Dios, Iglesia militante en la tierra, triunfante en el cielo.

El sol, triunfador de la noche, alumbra y embellece toda la tierra. La Virgen ilumina y enaltece a cada uno de los miembros de la Iglesia (SAN BUENAVENTURA), y con cariño inefable os envuelve en luz.

Toda la Iglesia «se alegra en la Virgen bendita» (SAN EFRÉN). Y más la Cruzada-Milicia de Santa María. Con júbilo se reconoce retratada en el mosaico de Santa María de Trastévere. En el fondo dorado del ábside, con gesto majestuoso y tierno, Cristo abraza a la Virgen. En su mano izquierda brilla una inscripción: Veni, electa mea. Ven, elegida mía. Con el mismo gesto y amor, Jesús llama y abraza a cada cristiano, a la Iglesia toda.

El misterio de Cristo es uno. En María, en la Iglesia, en cada alma, es el mismo. El Señor no deja de ser concebido de nacer. Nazaret y Belén reviven en cada alma. Se actualizan cada día en la Cruzada. Es la perpetuidad del misterio de Cristo, inagotable en tiempo y eternidad.

El alma, la Iglesia, la Cruzada-Milicia de Santa María: triple eco de un mismo amor. Sus rostros fundidos y en renovación continua, a impulsos del amor, se colorean con los rayos de la Inmaculada.

Y San José no puede estar ausente como único y privilegiado espectador del misterio. Absorto en amorosa contemplación. Escucha vuestro unánime clamor en esta Navidad santa: «Llévanos a María y, por María, a Dios.» Sabe que la Iglesia y el mundo necesitan una Cruzada silenciosa y santa. Cumple vuestro común anhelo: por la Virgen os conduce a Jesús.

Año santo universal. Se inicia en Roma. Preparad vuestros corazones. Once y media de la noche, y Pablo VI abrirá las puertas de la basílica de San Pedro.

Símbolo de la catarata de gracias de santidad que inundará la Iglesia y unificará en el amor vuestras almas para salvación del mundo. Símbolo también de la nube de gracias que San José hará empiece a destilar enseguida. Y florecerán vuestros nuevos hogares… hasta los últimos confines de la tierra donde haya almas que salvar, hijos del Padre que nazcan en Jesús, por el Espíritu Santo, de María la Virgen; hermanos que incorporar a la unidad divina en familia eterna.

Itinerario Litúrgico

La Inmaculada y el anuncio de la Navidad

Por Santiago Arrellano Hernández

La celebración de la Inmaculada Concepción nos pone a las puertas de la Navidad. El nacimiento del Niño que se nos había prometido por boca de los profetas, concebido por obra del Espíritu Santo en las entrañas virginales de aquella sencilla doncellita de Israel, ha transformado la historia. María fue exenta del pecado original por ser la madre de Dios. “La llena de gracia”, “la que tiene al Señor consigo” son frutos de aquel “fiat” que la convirtió en madre de Dios.

Dos fiestas en una, cantadas, primero, poniendo ante vuestros ojos la talla maravillosa de la Inmaculada Concepción de Alonso Cano, expuesta en una vitrina de la sacristía en la catedral de Granada. Tuve la suerte de poderla contemplar este verano y se me quedó tan hondamente clavada en el alma, que no puedo librarme de su emoción ni de su recuerdo. Mira que hay maravillas en esta deslumbrante ciudad, mas no la cambio ni por toda la Alhambra, que ya es decir, con su Generalife, ni por el palacio de Carlos V, ni por la mismísima Catedral, aunque al tropel de los turistas le deslumbre lo suntuoso, lo exquisito, sensual o majestuoso y probablemente ni se fijen en tan pequeñita imagen, que primero iba a estar en el facistol del coro. Es otra cosa. No tiene parangón.

Para poder captar su prodigio se necesita una actitud interior contemplativa. Claro que puedes admirar la belleza física de una jovencita candorosa y virginal, de unos doce o trece años. Su talle esbelto, elegante como el ciprés. Su rostro, la suma perfección. El movimiento helicoidal de su manto azul cobalto y la sencilla túnica blanca, nobleza y sencillez, como la finura de sus manos juntas, apenas tocándose por las yemas de los dedos o la delicada honestidad de sus cabellos. Pero no. No es suficiente.

El prodigio se manifiesta cuando tratas de adentrarte en el misterio que esta doncellita está viviendo. Sus ojos entreabiertos no miran hacia fuera, están recogidos en una contemplación interior. Sus manos no son de oración suplicante. No cabe dentro el asombro agradecido. ¿Qué puede estar contemplando? Genial: el misterio incipiente de la encarnación. Absorta y asombrada. No tiene palabras y contempla en silencio. No es simple elegancia el amplio manto que desborda brazo y costado derecho ni tierno realismo el delicado pecho insinuado. Es la divina maternidad que explica el don de su Inmaculada Concepción. El que está viniendo tiene cobijo y alimento.

El segundo, es un poema de Juan Pablo II. Sus poesías, publicadas como antología en la BAC, son reflexiones e intuiciones sobre diversos asuntos. Una de ellas está dedicada a La Madre, claro, a la Virgen. Es un fragmento en el que pone en boca de María delicados pensamientos sobre la finura psicológica de la mujer en general y en especial de las madres. Saben descubrir, por ejemplo, el misterio humano, con una mirada que llega al corazón. Lucecitas que pasan inadvertidas para los más ellas las captan. Precisamente por ello pudo acostumbrarse Jesús, a pensamientos comunes a todos los hombres. Pero sobre todo están atentas al profundo latido del corazón de sus hijos. Alonso Cano unos momentos después de la anunciación. Juan Pablo II en la maternidad que se prolonga en el tiempo. Uno y otro: “recogida en su misterio”


Las madres saben los instantes en los que el misterio humano
despierta un reflejo de la luz en sus pupilas,
que parece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a todos los hombres,
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy Madre distinta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como éste,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio.

Cercanía y distancia

Abilio de Gregorio

Recuerdo una anécdota de mis años de docencia en bachillerato que me viene a la memoria recurrentemente cada vez que me topo con profesionales que, en su afán de campechanía, cultivan con cierto exhibicionismo el denominado “coleguismo”: Llevábamos pocos días desde el inicio del curso y uno de los mozalbetes de primera fila me interrumpe la explicación para cuestionarme:

-“Oye, tú, ¿Por qué nos tratas siempre de usted?”.

-“Por ponerme a su altura, jovencito” – le contesté sin demasiada esperanza de ser entendido-.

Efectivamente, no me entendió, pero al finalizar el curso se me acercó un buen día y me espetó: “¿Se acuerda usted de aquella intervención que tuve al comienzo del curso y de la contestación que me dio? Pues me ha costado un año, pero creo, por fin, que he logrado entender. Verá: aquí han ido llegando profesores que nos tratan incluso con los alias con los que nos tratamos entre nosotros e insisten en que nos dirijamos a ellos tratándolos de tú. También ellos dicen que quieren ponerse a nuestra altura. Pero, en el fondo, tendrían que decir que quieren “bajar” a nuestra altura porque nos consideran que estamos abajo. Usted, al tratarnos de usted nos ha dado el mensaje de que nos considera estar arriba. Gracias”.

Quizás la interpretación de mi alumno fue, generosamente, más allá de mi intención. Pero tiene miga y da para pensar.

Es un lugar común afirmar la importancia de la cercanía del educador al educando. Pero habría que añadir que dicha cercanía solamente es relevante desde el punto de vista educativo cuando previamente el educando ha percibido claramente la distancia que hay entre él y su educador. Cuando ha captado y admirado la superioridad intelectual, la superioridad moral, la superioridad psicológica, etc., del maestro y lo siente acercándose a él, interesándose por sus problemas, compartiendo sus preocupaciones, “haciéndose cargo” de sus pesares, etc.

Entonces nace en el educando un sentimiento de autovaloración y de confianza en sí mismo, pues siente que algo valioso ha de haber en él para que alguien tan superior como su maestro esté dispuesto a concentrar su atención en su persona. Aquí hay que situar el hontanar de la autoestima del educando y no en esas estrategias de gratuito masajeo de su yo. Lo que sucede es que el halago fácil del niño y del joven le resulta siempre más barato al educador que las subidas (ascesis) hacia las cumbres de la excelencia de la propia personalidad. Desde el referente de una personalidad que cultiva la excelencia de cara el educando, la exigencia educativa se convierte en un acto de fe en el joven y contribuye también al crecimiento de su autoestima. “El educador no debe olvidar –dice el P. Morales en Forja de hombres- que los jóvenes valiosos piden forjadores que estén en línea, que les exijan. Si no lo hacen, les defraudan, y se irán a buscarlos a otra parte.”

En último término es ésta una de las realidades axiales de la narrativa del cristianismo: el Dios infinitamente distante, que habita una luz inaccesible imposible de mirar y de ver, el más grande que lo más grande de nuestras realidades, el incomprensible, el misterioso, el absoluto y situado más allá de todo lo que es, se acerca y se hace hombre como cada uno de nosotros; se preocupa y se ocupa de nuestros problemas, se hace cargo –se carga- de nuestras desdichas y de nuestro destino: se enamora del hombre (no del hombre de la antropología y de los filósofos, sino de cada hombre de la lista, con sus nombres y apellidos…). Simplemente emocionante.

Por eso, se me ocurre que, pretender presentar a Dios so lamente en la proximidad de su humanidad, desmisterizarlo, desdivinizarlo, desposeerlo de su inaaccesibilidad sustancial, hacerlo más “colega”, puede conducir, al final a crear un ídolo a la medida de nosotros mismos. Afirma Jean-Luc Marion en El ídolo y la distancia: “Para que Dios nos resulte pertinente, tenemos ante todo que experimentar su extrañeza radical”.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La verdadera Navidad

Portada revista Estar nº 263
Un año más, los grandes almacenes y los ayuntamientos de muchas de nuestras ciudades se han adelantado a los ángeles para anunciar la Navidad. No es el nacimiento del Salvador lo que pregonan, sino que los sueños de bienestar material, esta vez sí, van a hacerse realidad. Y se mezclan lo humano –lo demasiado humano- y lo divino, en una pugna que reproduce la que también se da en nuestros corazones. Anhelamos una felicidad que sea para siempre, un amor que no se nos deshoje entre las manos, una paz que nos haga sentirnos seguros y queridos. Y se nos repite al mismo tiempo que nuestras ilusiones se van a hacer realidad porque podremos comprar muchas cosas…

Decía en El Principito Saint- Exupèry que los hombres compran cosas hechas a los mercaderes, pero como no hay mercaderes de amigos, los hombres no tienen amigos. Y el personaje del conocido cuento, un zorro experimentado en las zozobras de la vida, sigue diciendo al pequeño protagonista: “-Si quieres tener un amigo… domestícame”. ¿Y qué significa domesticar?, le pregunta el niño. “-Es una cosa demasiado olvidada. Significa ‘crear lazos’”

Nuestro mundo moderno –nosotros mismos- pensamos que si Dios existe está muy lejos, que si hizo el mundo, se marchó “a los cielos” o a donde sea y que allí tal vez vive muy bien, mientras nosotros sangramos en la tierra. En cambio, los grandes almacenes y los mesías humanos –demasiado humanos- están ahí cerca, a la vuelta de la esquina, en las pantallas, en los anuncios, en las luces de neón, en las campañas políticas.

Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El verdadero Dios no es alguien atronador y lejano, perdido en su grandeza y su distancia, despreocupado de la insatisfacción de sus hijos. No. En absoluto. Le importamos, y mucho. En cambio, a los de los anuncios les importamos más bien poco. O nada. En todo caso nuestro dinero o nuestro voto. Pero si se los da otro les da lo mismo.

El verdadero Dios no es lejano ni se despreocupa. Ha venido entre nosotros, a ser como nosotros, a vivir como nosotros, a sufrir y morir como nosotros. Y por nosotros. Porque le importamos, y mucho. Todo el que ama quiere estar junto a la persona amada. Y “crear lazos” (vincularse) con ella. Ese es el Dios de los cristianos, que se hace pequeño para que podamos abrazarle y dejarnos abrazar. Siendo el infinitamente otro, quiso ser el infinitamente nuestro. Él, el Verbo, se hizo carne y habitó entre nosotros. Eso es la Navidad.

Y el Verbo recién nacido… quiso nacer en una familia y ser recibido en el regazo de una Madre. ¿Quién podría describir el primer despertar a la conciencia de ese Niño, al encontrarse con el rostro sonriente y acogedor de María? Es seguro que al conseguir fijar sus ojos en los de Ella, el Niño Jesús debió de tener la impresión de haberlos visto ya en otra parte. El Verbo había encubierto el esplendor de su divinidad en la pobreza de una vida humana y de un humilde pesebre, y descubría a través de la experiencia del amor de su madre el reflejo más vivo de la Mirada y del Amor del Padre de los cielos. Eso es la Navidad.

Como San José, contemplemos en estos días el asombroso misterio. El cruce de esas dos miradas, la del Dios hecho Niño que aprende a contemplar con ojos humanos, y la de su Madre, que aprende a ser toda de Dios al mirar embelesada los tiernos ojitos de su hijo. Eso es el “crear lazos” entre Dios y el ser humano. Eso no lo pueden dar los mercaderes. Pero es precisamente la verdadera Navidad.