miércoles, 2 de noviembre de 2011

La familia, un gran invento... de Dios

Portada Estar 262
Cuando se cumplen 30 años de la publicación de la Familiaris consortio, uno de los más bellos legados del Beato Juan Pablo II, es urgente poner a la institución familiar en el centro de nuestra preocupación y de nuestras actividades. Porque es el más bello de los inventos, es un invento de Dios, que es Familia.

La familia, basada en la fidelidad matrimonial entre el hombre y la mujer y abierta a la vida, está llamada por naturaleza a ser escuela de virtud, de valores humanos, de humanismo para la sociedad. A ser impulsora de la nueva evangelización del mundo. Ella puede hacer que lo bueno y lo malo adquieran escala humana y que puedan cobrar un sentido por la dedicación amorosa e incondicional de unos a otros en su seno.

La familia es imagen y semejanza del Amor de Dios. De la experiencia de una auténtica vida familiar depende el destino del hombre, su felicidad y su capacidad de dar sentido a su existencia.

Mirad a vuestro alrededor y os daréis cuenta de que la crisis de la fe ha ido de la mano en las últimas décadas con la crisis de la familia. Y que de ambas se ha seguido una profunda crisis moral que se ha extendido a la sociedad en su conjunto, infectada de individualismo y de un modo de entender la vida en función de un afán de autosuficiencia. Pero la autosuficiencia no es humana. Todo ser humano está llamado a vivir en comunión, y sólo así será feliz.

Conviene estimular a los futuros esposos a descubrir las riquezas del amor que llevan en sí, para que capten claramente las dimensiones de totalidad, fidelidad y castidad conyugal. Esta reflexión profunda debe llevarlos a realizar bien el carácter definitivo de su compromiso mutuo. Pero necesitan ayuda.

Es urgente ayudar a los matrimonios jóvenes, a los que a veces asalta la duda de si serán capaces de vivir la fidelidad conyugal durante toda la vida, mediante el acompañamiento y el consejo, el buen ejemplo y la oración compartida.

Los padres cristianos deben por encima de todo tomar en serio su misión de educadores de sus hijos, por medio de una formación humana y cristiana integral. Es preciso que tengan en valor que a través de esa educación deben transmitir a sus hijos el patrimonio humano y espiritual que ellos mismos han recibido. Deben preocuparse de mantener en su hogar un clima cristiano de libertad, de respeto mutuo, de rectitud moral, de misericordia y perdón, y de alegría. Los padres, con la oración diaria en familia y con las primeras explicaciones sencillas dadas a los hijos, han de iniciarles progresivamente en las verdades de la fe. Y con su ejemplo de coherencia cristiana, mostrarles que vivir según las virtudes, presididas por la más grande de todas ellas que es el amor, es el camino de una vida auténticamente humana y feliz.

Pero esto es muy difícil vivirlo en solitario, enrocados en el interior de la muralla de las paredes del hogar. Es preciso entrar en contacto con otras familias cristianas y compartir con ellas el tiempo, los proyectos, los criterios, la vida de fe y la educación de los hijos. Que se apoyen mutuamente, que formen ambientes educativos y de contagiosa vida cristiana.

Es tiempo de elecciones en España, y ocasión para que las familias católicas hagan oír su voz y sus demandas. Deben proponer una visión de la familia como criterio de toda la acción política, porque con ella están relacionadas todas las dimensiones de la vida humana y social. Las familias deben saber organizarse en el ámbito cultural y político para que se reconozca su peso real frente a las minorías que militan contra la familia y la vida.

Los que defienden la familia, sus valores, su función vital en la sociedad, deben lograr que se escuche su voz en las asambleas locales y regionales, en los Parlamentos, en las instancias internacionales, y dondequiera que se decida el futuro de la familia, y por lo tanto de la humanidad. El silencio y la inacción serían culpables.