sábado, 1 de octubre de 2011

El ángel del señor se lo anunció también a san José

Santiago Arellano Hernández

La festividad de San Miguel, San Gabriel y san Rafael coloca como centro de interés la olvidada existencia de los ángeles. Como enseña San Agustín, ángel dice de su oficio, pero no nombra su esencia. Su ser se llama Espíritu. Espíritus Puros que han recibido como tarea entre los hombres, ser mensajeros de Dios, suscitar impulsos interiores para movernos al bien y evitar el mal, y elevar al Padre nuestras alabanzas. Cuando el cielo y la tierra se veían como la cara y el revés de una misma realidad, los ángeles formaban parte de nuestra cotidianidad. Todavía rezamos cada mañana y cada noche el “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería.” Tal como me lo enseñó mi buena madre.

Rafael es prototipo de la misión de padres y educadores como guías de los hijos. San Miguel es el canto a la supremacía de Dios sobre todas las cosas. Su “quien como Dios” se convierte en grito de combate en nuestros días en que el escepticismo, la negación de Dios y la blasfemia nos han acostumbrado pasar indiferentes.

No era así, por ejemplo, en la Edad Media. Un Cantar de Gesta tan realista como es el Poema de Mío Cid no desdeña contar como la cosa más natural del mundo la visita en sueños del Arcángel san Gabriel al Cid en la última noche que el héroe duerme en Castilla:

“El arcángel San Gabriel a él vino en una visión:
“Cabalgad, Cid -le decía-, cabalgad, Campeador,
que nunca tan en buena hora ha cabalgado varón,
bien irán las cosas vuestras mientras vida os dé Dios.”
Mío Cid al despertar la cara se santiguó.”


lorenzoTiepolo, El sueño de san José En este mes dedicado especialmente al rezo del rosario, quiero recordaros a San José, en concreto la visita que en sueños le hizo un Ángel, el esposo de María. No dudo que fue el Arcángel San Gabriel, en paralelo con el maravilloso momento de la Anunciación. Quiero, en primer lugar, traeros un cuadro de Lorenzo Tiépolo, hijo del más conocido Giambattista, pintor de la corte con Carlos III. El prestigio del padre oscureció la valía del hijo. Hoy se va ponderando su valía. La devoción a San José extendida por Santa Teresa propició que el arte se ocupase de numerosos temas. Recordad a Murillo. Despertó el interés la angustia de san José y el consuelo del ángel mientras dormía. Es lógico que por una parte exigiese fidelidad al relato evangélico; pero por otra la creatividad del autor. El abatimiento de San José y sus inquietudes se contemplan en el gesto de su mano izquierda sosteniendo el rostro y la flacidez de su mano derecha caída como sin vida. El colorido propicia la tensión como telón de fondo y recuerda al mejor barroco. Pero es el ángel, en su composición en diagonal, quien centra el sentido último del cuadro. Es conmovedora la mano abierta sobre la cabeza de José, como si le dijera “bendito eres José, como bendita la criatura que vive en las entrañas de tu esposa virginal María.” Y, al señalar con el índice hacia lo alto, confirma que ese niño es fruto del Espíritu Santo y ella la Madre purísima de Dios.

Un amigo que escribe algún poema de año en vez, al saber que quería hablar del sueño de San José, me entregó este soneto, que recoge la angustia del santo Patriarca y sus vacilaciones interiores.

EL DOLOR ANGUSTIOSO DE UN ESPOSO PENAR DE SAN JOSÉ

Inquieto dormitaba en noche oscura.
Su corazón sufría una agonía: ¡Conocer la pureza de María
Y acusarla en el Templo por impura!

“Transgrediré la Ley, y con presura,
huiré entre silencios, noche y día,
contando mi penar al alma mía
y acallando el dolor de mi amargura.

Mas marcharme sería vituperio.
No acoger a María, ignominioso.
¡Dios de David respóndele a tu siervo!”

Y un Ángel anunció a José el misterio
y José la acogió como su esposo,
pues fue el Señor quien hizo hombre al Verbo.