jueves, 1 de septiembre de 2011

La juventud no rechaza la exigencia, sino que la reclama

P. Tomás Morales S. J.

El educador no debe olvidar que los jóvenes valiosos piden forjadores que estén en línea, que les exijan. Si no lo hacen, les defraudan, y se irán a buscarlos a otra parte. En un periódico leí hace tiempo una carta que nos debe invitar a todos los educadores a pensar. «Soy un joven de 23 años. ¡Sí, soy un joven, no tengáis miedo! Porque efectivamente, nos tenéis miedo. No os atrevéis a enfrentaros con nuestras inconstancias, caprichos, arbitrariedades, porque los términos de 'carroza', 'viejos', 'antiguos' os asustan demasiado y en vez de ejercer con firmeza vuestra autoridad, tan vital para nosotros, abandonáis dejándonos hacer lo que nos viene en gana (…)

Hoy los jóvenes somos unos ídolos. Los políticos, los intelectuales, la gente influyente, no hace más que alabarnos, aplaudir nuestra forma de ser, de pensar, nuestros gustos. Parece como si quisieran demostrarnos que son muy joviales porque nos comprenden, ¡mentira! Todos éstos que no hacen más que bailar al son de la música que tocamos, no nos conocen, ni comprenden, ni por ello nos pueden ayudar. Ni la discoteca es nuestro sueño de fin de semana, ni el sexo nuestra meta, ni el placer nuestro móvil. En nuestro corazón duerme un héroe, lo que pasa es que no hay educadores que sepan despertarlo (…)

Exigidnos que seamos responsables, exigidnos que seamos generosos, ordenados, veraces. Pero no con la palabra, sino con las obras. Y si no os respondemos ¡castigadnos! Sí, queridos padres, ¡castigadnos! Con un castigo razonado y amoroso, pero que sea castigo».

Enseñaba Pablo VI: «El Cristianismo es una palestra de energía moral, una escuela de autodominio, una iniciación en el coraje y en el heroísmo, precisamente porque no teme educar al hombre en la templanza, en el propio control, en la generosidad, en la renuncia, en el sacrificio. Porque sabe y enseña que el hombre verdadero y perfecto, el hombre puro y fuerte, el hombre capaz de actuar y de amar, es alumno de la disciplina de Cristo, de la disciplina de la Cruz. Para llegar al bien hay que pasar por la renuncia, el esfuerzo, la lucha, la cruz». Persuadámonos. La única manera que hay de cambiar el mundo, de conquistarlo para Dios, es transformar al individuo, mediante la renuncia, al calor de un gran ideal.

Lo malo de nuestros tiempos, decía Kierkegaard, no es lo que existe con todos sus defectos. El mal está en que se aspira a una reforma falsa, una reforma que no tiene por base un gran espíritu de sacrificio.

Voces de reforma educativa se levantan hoy de los cuatro vientos. Se multiplican reuniones, asambleas, cursillos, organizaciones. Tememos que muchas de ellas no cuajen en realidades consoladoras, porque no se utiliza como técnica pedagógica la exigencia y el sacrificio, ardiendo en el fuego de un bello ideal.

No olvidemos la enseñanza del pasado. Walter Nigg ha podido escribir: «El Cristianismo se ve con frecuencia obligado a acometer una reforma interior, para hacer frente a la decadencia a que están sometidas las instituciones por ley de la historia. En casi todos los siglos se ha presentado el problema de una reforma, pero no ha sido siempre debidamente afrontado... Muchos intentos de reforma fracasaron porque en ellos se buscaba únicamente una reducción de deberes, de exigencias. Una auténtica reforma se distingue de una reforma falsa, en la exigencia de nuevos deberes, no en su alivio».

Forja de hombres