jueves, 1 de septiembre de 2011

La juventud de la Iglesia Católica

Santiago Arellano Hernández

Estamos todavía inmersos en el gozoso vendaval de esperanza -con tormenta torrencial incluida- que ha sido la JMJ del 2011, en una Patria como la nuestra tan salida del quicio de la tradición católica. Hemos sido testigos de la alegría de una multitud ingente de jóvenes del mundo entero cantando y bailando incansablemente, vitoreando a Benedicto XVI, como Vicario de Cristo o, puestos de rodillas, en un silencio sobrecogedor, en adoración profunda al Señor. La Iglesia Católica es joven, sabe llegar a los jóvenes. Los hemos visto ponerse en pie de ilusión esperanzada al oír otra vez a Cristo decirles: “Levantaos, vamos”. Recuerdo un poema del Beato Juan Pablo II titulado “Verónica”, extenso y profundo en línea con la denominada poesía metafísica que le caracteriza. Lo que dice el poeta en punto 3 de la parte II me parece que viene para este gigantesco encuentro como anillo al dedo:

“Pienso entonces que todo encuentro
No es sólo latido en el tiempo, instante pleno:
Es también semilla cierta de eternidad.”
Estamos inmersos en un neopaganismo. Se desprecia a Cristo y a su Iglesia. Se la culpa de todos los males, preludio de la persecución. Seguimos igual a pesar de los años transcurridos y de las amargas experiencias.

Uno siente escalofríos al imaginar que de su abatimiento, callejón sin salida, escepticismo y desencanto es posible convertirla en ariete de violencia y furia. En el arte se ve nítidamente durante todo el siglo XX tan lleno de horrores e incertidumbres, Los jóvenes están tristes al ver frustradas tantas de sus ilusiones, al no saber hacia dónde orientar su existencia.

Elijo de nuevo a Monserrat Gudiol, delicada pintora catalana y fina observadora de la desesperanza en que en la contemporaneidad sigue viviendo la Humanidad en general y en particular la juventud. Toda la delicada figura de la joven, pero en especial su mirada, el gesto de las manos y de los pies, nos están apelando ¿Qué le ocurre a esta joven? ¿Qué le ocurre a la juventud, tan bella y tan abatida? “Lázaro, sal fuera”. Sólo en Cristo se explica el misterio del hombre. Mirad con sosiego esta profunda y delicada y hermosa representación de quien no tiene ni dirección ni camino y ha vivido amargas experiencias. Buenos días tristeza.

No es suficiente con saber cómo y dónde se encuentra la humanidad. Debemos proponer claves para un vivir realmente orientado, vitalmente verdadero. No sirven medias verdades ni paliativos. En el punto 2 de la misma parte II del poema mencionado anteriormente de Juan Pablo II, encuentro una antropología que ningún educador, padres o maestros, debiera desconocer.

Aunque sepamos el destino, debemos saber cómo conseguir llegar con éxito a la meta final. Cada uno recorre un camino que no está preparado. Más aún está lleno de malezas, pero siempre en opción de libertad, pues pueden arder como la zarza de Moisés o secarse y morir. Vivir con sentido es “desbrozar el camino sin descanso”. Una certeza asombrosa debe guiar nuestros pasos: “la sencilla plenitud de cada instante, cada momento se abre a la totalidad del tiempo, Y esconde en su seno simiente de eternidad”.


“No nace el hombre con los caminos de su vida preparados.
Nace entre malezas que pueden arder
Como la zarza de Moisés
O secarse y morir.
Hay que desbrozar el camino sin descanso
-acecha la maleza-;
Gastar la vida en allanar collados
Y enderezar las sendas
Con la sencilla plenitud de cada instante,
Porque cada momento se abre a la totalidad del tiempo,
Se transciende a sí mismo
Y esconde en su seno simiente de eternidad”.