miércoles, 1 de junio de 2011

¿Sigue vigente la ley natural?

José Antonio Sayés

Decía R. Dougherty que el concepto de ley natural ha muerto mil veces, pero ha tenido también mil resurrecciones (1). No cabe duda de que si el conocimiento humano queda reducido a la ciencia empírica (cientifismo) desaparece el concepto de ley natural. Es también claro que en una sociedad relativista como la nuestra, las leyes que manan del Congreso no se basarán tampoco en la ley natural. Pero muchos no se han percatado de que, en la medida en que se relega el tomismo, perdemos un sano realismo y no habrá fundamento metafísico para la ley natural, como no lo hay en el idealismo de K. Rahner o en la fenomenología de E. Husserl. (2) Con esto no propugnamos la obligatoriedad del tomismo, sino que pensamos que se puede buscar una nueva síntesis filosófica recogiendo lo que hay en el tomismo de utilizable, que no es poco. (3)

NOTAS HISTÓRICAS

Pues bien, lo primero que habría que constatar es que la ley natural es algo que aparece en la Sagrada Escritura. Dice, en efecto, san Pablo: “Cuando las gentes que no tienen ley cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza” (Rm. 2, 14-15).

Este es un texto comentado frecuentemente por los Santos Padres. La Biblia de Jerusalén, en su comentario, afirma que la ley no es, según san Pablo, un principio de salvación ni siquiera para el judío (la justificación, según san Pablo, viene en la gracia que recibimos por la fe), pero es guía de conducta y, en este sentido, puede ser suplida por la ley natural escrita en el corazón del hombre.

Finalmente, recordemos que el decálogo, que en el Antiguo Testamento aparece como don de Dios que se revela a Moisés, responde a las exigencias y deberes fundamentales que tiene el hombre con Dios y con los otros hombres. Se trata de la aplicación de la ley natural, de lo que santo Tomás llama principios secundarios, que se deducen de los principios primeros que capta el hombre por la sindéresis. La prueba de su alcance natural está en que Cristo los mantiene en la respuesta que da al joven rico que le pregunta por los mandamientos que le llevarán a la vida eterna. Cristo le especifica cuáles son: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 19, 18-19), en clara referencia al decálogo. El mismo Cristo, que mantiene estos preceptos, conculca el principio judío de no comer la sangre (Lv. 17, 10ss) en la institución de la Eucaristía en la que nos da a beber su sangre.

Para San Agustín la ley natural está inscrita en lo más íntimo del hombre y es común a todos los hombres. Todo hombre la entiende y la usa como principio fundamental de conducta, pues todo hombre la descubre en su ser como pauta de comportamiento. Es inmutable y fácilmente asequible a todos los hombres en sus principios universales (“no hagas a otro lo que no quieras para ti”, “haz el bien y evita el mal”, etc.) y tiene por ello la primacía sobre toda ley de tipo positivo. Cita, por ejemplo, la “regla áurea” de la conducta (“ama a los demás como a ti mismo”) como ejemplo de una moral permanente que existe en todos los pueblos a pesar de los cambios culturales. San Agustín llama a la ley natural ley de razón, pues puede ser conocida por la razón humana. (4)

Para Santo Tomás en la ley natural se refleja la ley eterna de Dios. La ley eterna por la que Dios rige y gobierna el universo es la norma suprema; la ley natural es una participación en la ley eterna, de modo que el hombre cumple la voluntad divina en la medida en que guarda la ley natural. En la Suma Teológica viene a repetir las ideas fundamentales de san Agustín, precisando que la ley natural nos proporciona enunciados primarios o contenidos de la razón práctica que conocemos de forma connatural que orientan el comportamiento humano. Dios es autor de la ley natural, pues la ha promulgado por el hecho mismo de haber creado la naturaleza humana con sus cualidades y tendencias y con las obligaciones que de ella dimanan, y por el hecho de haber dado al hombre la capacidad de conocerla. (5)

Santo Tomás distingue tres niveles en la ley natural: a) Hay unos primeros principios que resultan evidentes, como el de hacer el bien y evitar el mal (6). b) Luego vienen los principios secundarios, que son los del decálogo, y a los que se llega por deducción. (7) Dice Santo Tomás que estos preceptos son inmutables. c) Por fin hay otro nivel más difícil en el que nos movemos con la ayuda de los sabios, pero a los que también llegamos por deducción. Pío XII se hizo claro defensor de la ley natural, diciendo entre otras cosas: “Las obligaciones fundamentales de la ley moral se fundan en la esencia y la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales y vigen consiguientemente allí donde hay hombres”. (8)

El Vaticano II, por su lado, habla de la ley inscrita por Dios en el corazón del hombre (GS 16). El catecismo habla de la ley natural en estos términos: la ley natural es obra del Creador, y proporciona los fundamentos para que el hombre pueda construir las normas morales, que son la base necesaria para la ley civil (cfr. CEC, 1959). Todos pueden percibir los preceptos de la ley natural de forma clara, si bien hay que contar con que el hombre, bajo la condición de pecado, necesita de la gracia para conocerlos sin mezcla de error. (Cfr. Ibíd., 1960)

“La ley ‘divina y natural’ (GS 89,1) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como del sentido del prójimo como igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la natural e z a de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” (CEC, 1955).

Ante el subjetivismo que se extendió en la teología moral católica como respuesta a la Humanae vitae (1968) con la teoría de la opción fundamental y el proporcionalismo moral (9), la encíclica Veritatis splendor (1993) se planteó el problema de la existencia de lo intrínsecamente malo [la Humanae vitae calificó así a la contracepción (HV, 14)], y tuvo que entrar naturalmente en el tema de la ley natural. Trataremos ahora de hacer una breve síntesis sobre la ley natural.

SÍNTESIS DE LA LEY NATURAL

a) La ley natural es la participación de la ley divina. Esto es lo que ha expresado la Tradición cristiana cuando ha afirmado que la ley natural participa del designio creador con el que Dios gobierna las cosas. Por ello viene a decir la Veritatis splendor que la ley natural es una teonomía participada: Dios hace que el hombre participe de su ley, de modo que pueda conocer cada vez más la verdad inmutable (VS, 43).

“La ley natural –continúa la encíclica– es la misma ley eterna, inscrita en los seres dotados de razón, que les inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo” (VS, 44).

En consecuencia, si por autonomía de la ley natural entendemos que existe la ley natural y que puede ser conocida por la razón humana, se puede hablar de autonomía. Pero si se entiende que la ley natural se puede desvincular del Creador o que la razón humana sea creadora de las normas, o bien se niega que la Revelación cristiana posee una moral específica o que el hombre necesite de la gracia de Cristo para cumplir los mandamientos en su integridad, entonces es falso el concepto de autonomía de la moral (cfr. GS 36).

b) Cuando la Iglesia habla de ley natural, se refiere siempre a las exigencias que manan de la persona humana en cuanto ser creado a imagen de Dios. Supone por tanto la capacidad de ser interpelado por Dios, de entrar en comunión con Él y con todos los hombres, creados también a imagen de Dios. Es interesante este dato, pues, como dice Hörmann, “los que niegan la existencia de un Dios personal, tienen también que negar la ley natural que tiene en Él su fundamento.” (10)

c) Cuando la Iglesia usa el término ley natural, no se refiere con ello a la naturaleza propia de los seres irracionales, sino a la naturaleza corpóreo-espiritual de la persona humana. Va más allá por lo tanto de lo meramente biológico y se refiere a las exigencias fundamentales que nacen de una naturaleza corpóreo espiritual.

El hombre debe respetar los bienes particulares de la persona humana como son el derecho a la vida, a la fama, a la propiedad, etc. El decálogo no tiene nada de biológico, sino que tutela los bienes fundamentales de la persona humana en su dignidad corpóreo- espiritual. No se trata de tendencias puramente biológicas. Si la Iglesia prohíbe la clonación humana, por ejemplo, ello se debe a que considera el embrión como una persona humana, dotada de cuerpo y alma.

La persona humana puede ser entendida de dos modos fundamentales: como mera materia, como un animal más evolucionado. En este caso no es posible la moral, porque lo que es puramente material puede ser utilizado como medio. Sólo si salvamos que el hombre tiene una naturaleza compuesta de cuerpo y alma (la cual viene creada directamente por Dios en el hombre) (11), cabe mantener el valor trascendente de la persona y por ello mismo fundar una moral objetiva y de valor universal.

Por supuesto que el cuerpo también es creado por Dios, pero a nosotros nos llega a través de nuestros padres y, posiblemente, a través de la evolución. No así el alma, que es directamente creada por Dios en cada uno de nosotros.

Dirá por ello la Veritatis splendor, n. 50, en el párrafo central: “Es así como se puede comprender el verdadero significado de la ley natural, la cual se refiere a la naturaleza propia y originaria del hombre, a la ‘naturaleza de la persona humana’, que es la persona misma en la unidad de alma y cuerpo; en la unidad de sus inclinaciones de orden espiritual y biológico, así como de todas las demás características específicas, necesarias para alcanzar su fin. La ley moral natural evidencia y prescribe las finalidades, los derechos y deberes, fundamentados en la naturaleza corporal y espiritual de la persona humana”.

Existe, por tanto, lo intrínsecamente malo: “Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como ‘no ordenables’ a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados ‘intrínsecamente malos’ (intrinsece malum): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que ‘existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto’ (Reconciliatio et paenitentia, 17). El mismo Concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: ‘Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes las practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador’ (G. et Spes, 27).” (VS, 80)

Y los mandamientos del decálogo no son sino la refracción del único mandamiento que es el bien de la persona (VS, 13). Los mandamientos constituyen la condición básica del amor a Dios y al prójimo. Constituyen la primera etapa en el camino de la libertad (VS, 13). Indudablemente la moral se fundamenta en el amor a Dios y al prójimo. Pero el amor, que no tiene límites por arriba y que nos conduce a la santidad (1 Cor, 13, 4-7), tiene unas exigencias primeras y objetivas en los mandamientos. No se ama al prójimo si se le mata o se le roba. La doctrina de la Humanae vitae, que es de ley natural (HV, 4), enseña que la anticoncepción es intrínsecamente mala. La Evangelium vitae enseña que impide la creación del alma por parte de Dios; algo que no ocurre en el periodo infecundo de la mujer, de modo que es lícito recurrir a él por motivos justificados y usando para ello los métodos naturales.

Y seguimos con nuestra exposición de síntesis acerca de la ley natural.

d) Entiende por ello la Iglesia que la ley natural no la crea el hombre sino que la encuentra en su propia naturaleza creada como expresión de las exigencias fundamentales que nacen de la misma (decálogo). Por ello la reconoce en su propio interior como un bien de sí mismo.

e) La ley natural es accesible a la razón humana y, aunque se formule en normas generales (decálogo), se refiere a las exigencias concretas de la naturaleza humana. Se basa en el hecho de que todos los hombres tenemos una naturaleza común con unas exigencias fundamentales que son también comunes.

f) En consecuencia, la ley natural es inmutable y universal. Sus preceptos se extienden a todos los hombres y ello se deduce del hecho de que surgen de la identidad de naturaleza corpóreo-espiritual que tienen todos los hombres, de su igualdad esencial: “La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales” (CEC, 1956).

“La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes” (Idem, 1957). (12)

NOTAS:

(1) R. J. DOUGHERTY, Ley natural, en: Dic. S. Agustín (Burgos 2001), 799

(2) Cf. J. A. SAYÉS, Filosofía del hombre (Eiunsa, Madrid, 2009) 101ss, 212, ss.

(3) Cf. J. A. SAYÉS, Cristianismo y filosofía. (Edicep, Valencia, 2005)

(4)De div. quaestionibus, 83, q. 53, 2.

(5) S. Theol. I-II, q. 94, a. 2.

(6) Ibídem, a. 6.

(7) I-II, q. 100, a. 3.

(8)AAS (1952) 113-419.

(9) Cfr. J. A. SAYÉS, Teología moral fundamental (Edicep, Valencia, 2003)

(10) K. HÖRMAN. Diccionario de teología moral (Barcelona 1975), 689.

(11) Evangelium vitae, 43

(12) El documento de la CTI, À la recherche d’une éthique universelle: nouveau regard sur la loi naturelle (Vaticano, 2009), hace una interpretación deficiente de la ley natural. Comentando un texto de Santo Tomás (I-II, q. 94, a. 4) en el que el Aquinate afirma que es fácil que todos nos pongamos de acuerdo en los principios generales de la ley natural, pero que, en la medida en que nos acercamos a los particulares, ello resulta más difícil propter defectus, es decir, por deficiencia en el conocimiento debido a las “malas persuasiones” o a “costumbres malas” (a. 6), traducen “defectos” por “indeterminación”, viniendo así a concluir que, ante la indeterminación de la realidad, se ha de acudir a la sabiduría de la experiencia (CTI, Op. cit., 54), de modo que la ley natural no se puede contemplar como un conjunto de leyes. Contrariamente, en el número 68, viene a decir que existe una naturaleza humana, común a todos, que pone las condiciones de la libertad. Personalmente he llegado a la conclusión de que dicho documento refleja aportaciones de diversos autores sin haber logrado la armonía. (Rev. Agustiniana, 2009), págs. 415-421.