miércoles, 1 de junio de 2011

Pilares de una nueva civilización

P. Tomas Morales

Un anhelo muy íntimo suscita el Espíritu en cualquier bautizado. Amalgamar dos extremos: vivir plenamente para Dios, pero sin salir del mundo, en la línea de fuego en que se le combate. Luchar amando, sufriendo y gozando en el mundo. Combatir reparando el pecado allí donde se comete, amando donde reina el egoísmo.

¡Vocación sublime! Una síntesis prodigiosa que sólo el Espíritu Santo puede inspirar y realizar en la vida cristiana a la intemperie, en pleno mundo. Quieres penetrar en su naturaleza íntima. Lo deseas por dos razones. Una ambiental, exterior, circunstancial. Otra profunda, interna, permanente.

La confusión ideológica y moral reinante tiende brutal a igualarlo todo, a identificar binomios borrando distinciones: padres-hijos, profesores-alumnos, gobernantes-súbditos, hombre-mujer, amor-pasión, matrimonio-concubinato, libertad-autoridad, certeza-duda, verdad- error... Este confusionismo ha penetrado en la Iglesia. Un signo absoluto de igualdad confundiendo realidades distintas: pecado-gracia, vicio-virtud, feduda, papa-obispos, obispos-sacerdotes, sacerdotes-laicos, matrimonio-virginidad, sacerdocio-seglaridad... Es la tentación del siglo, uno de los dramas de la Iglesia hoy.

Envueltos en esta nebulosa, queréis saber vivir aquello para lo cual Dios os eligió en un mundo tan revuelto y pervertido. Deseáis resplandecer como antorchas, presentando la palabra de vida en medio de una generación torcida y perversa (Flp 2,15-16).

Anhelas vivir la vida cristiana en medio del mundo sin anquilosarte ni disolverte. Deseas evolucionar, pero sin perder tu identidad. Aspiras a una renovación continua de vida (Rom 6,4), a una evolución incesante, pero en la fijeza inconmovible de la fe (1 Pe 5,9). En Aristóteles aprendiste que progreso y tradición, evolución e identidad, se armonizan como el centro y la periferia en un círculo.

Saber vivir lo tuyo en un mundo en cambio incesante, saber acompasarte al ritmo de los tiempos, pero sin dejar de ser tú. Saber aceptar y rechazar. No importa que haya dificultades. Lo importante es que tu presencia en el mundo, sin ser de él, produzca en ti una renovación incesante del Espíritu Santo. Tienes que ser dócil a ese Espíritu, fiel a la consigna paulina: sin entristecerle (Ef 4,30), ni ahogarle (1 Tes 5,19).

Sé realista. Observa lo que pasa en tu derredor. Una nueva cristiandad apunta. Quiere flotar por encima de la angustia existencial, de la soberbia hinchazón humanista, de la fría rigidez laicista o del vacío de la posmodernidad. El hombre que piensa empieza a sentirse cada vez más harto de sí. Quiere trascender, encontrar a Dios, y pide ayuda a los cristianos que encarnan y prolongan su presencia en el mundo.

La primitiva cristiandad nació cuando el corrompido Imperio romano se acercaba a su ruina. Los primeros cristianos se injertan en él. Lo transforman lentamente. Al desplomarse el Imperio, ellos construyen los pilares que apoyarán a la nueva civilización que amanece en el mundo.

Laicos en Marcha