miércoles, 1 de junio de 2011

Lo humano como coartada

Por Abilio de Gregorio

En el canto IX de “El paraíso perdido”, Milton nos narra el episodio del origen del mal, es decir del pecado original de Adán, como un heroico acto de fidelidad al amor debido a su mujer, como un gesto de solidaridad y de magnanimidad que le lleva a compartir necesariamente el triste destino elegido por Eva. Adán acepta la fruta que se le ofrece porque es un caballero…, un enamorado caballero. “Porque mi resolución invariable es perecer contigo ¿Cómo podría vivir sin ti? ¿Cómo podría olvidar tu dulce sociedad y un amor tan cariñosamente correspondido, para vivir de nuevo abandonado en medio de estos bosques selváticos?”. En tono épico pone como escudo de su pecado “un amor que yo mantuve fiel cuando tú sola, no yo, te habías perdido. Yo pude haber vivido para gozar de la dicha de la inmortalidad, y preferí voluntariamente la muerte en unión tuya”. Todo muy humano, muy heroico, muy comprensible, muy razonable, muy plausible. ¿Puede ser, acaso, esto pecado?

Lo advertía Pío XII en mensaje radiado al pueblo norteamericano: “el mayor mal de nuestros días es que el mundo ha perdido la noción de pecado”. Constataba simplemente el cumplimiento de aquel imperativo de Nietzsche: “Hay que acabar con la conciencia de pecado y de castigo, que son la plaga mayor del mundo”.

Pero el atrevimiento del hombre contemporáneo le ha llevado más allá: no sólo niega el pecado: ha disfrazado de virtud al vicio; ha travestido la degradación humana en derecho conquistado; ha escondido detrás del burladero de la compasión las más sonrojantes claudicaciones del principio de humanidad. Se puede eliminar la vida naciente desde la “humana” comprensión de la frustración de una madre ante el hijo no deseado. Se puede abandonar la vida declinante ante la “humana” compasión por el enfermo sufriente. Se puede traicionar la fidelidad esponsal, eclesial, institucional, comunitaria, desde el “humano” y “santo” impulso de la autorrealización y de la perfección.

Sin embargo, convendría escuchar las palabras que Milton pone en boca de Dios (Canto X) después de haber oído los alegatos de Adán enrocado en el amor a Eva para justificar su rebeldía: “¿Y era ella tu Dios para que la obedecieras más que a mis principios?”.

La expresión más profunda de pecado ¿no será precisamente la de camuflar el mal tras la máscara de humanidad y anestesiar así el gemido de la conciencia? Y todo ello comienza en el preciso momento en que se mira al mundo –lo que me circunda y lo que soy- desde la exclusiva perspectiva inmanente. Kant venía a decir que la relación entre un hombre y otro hombre implica derechos y deberes recíprocos; la relación entre el hombre y las cosas es aquella en la que el hombre sólo tiene derechos; en la relación entre el hombre y Dios, el hombre sólo tiene deberes. A partir del momento en que el hombre, arrastrado por su “hybris”, como dirían los clásicos griegos, apela al “árbol de la ciencia” para decidir por su cuenta lo que está bien y lo que está mal, se pierde el sentido del deber incondicionado. Se pierde el sentido del pecado. Pero, en el fondo, habría que decir que, lo que se ha extraviado es la mirada que debiera estar en perspectiva de Dios. Entonces todo queda reducido a cosa, incluso mi yo: cosa entre las cosas y, por lo tanto, mi relación con la realidad es la propia de un exigidor compulsivo de derechos. Exijo mis derechos a la sociedad, exijo mis derechos al mundo, exijo mis derechos a Dios.

Por ello resulta alarmante esa tímida (más bien tibia y, en ocasiones, vergonzante) actitud de limitar el horizonte de una educación (incluso, en algunos casos la denominada educación cristiana) a la exclusiva promoción y cultivo de los llamados valores humanos. Afirma C. S. Lewis en “El gran divorcio”: “No es de los malos ratones o de las malas pulgas de donde salen los demonios, sino de los malos arcángeles. La falsa religión del placer es más ruin que la falsa religión del amor de madre o del patriotismo o del arte. Sin embargo, es menos probable que el placer se convierta en religión”. Pero sí circulará con cierta honorabilidad social la religión del patriotismo, la paidolatría, la reverencia al arte o a la ciencia, la “mística” de la igualdad, de la tolerancia, de la multiculturalidad. Religión sin misterio; teología sin Dios. Religión confortable.

Cuando se pierde de vista a Dios y no hay ante quien responder, el hombre cree liberarse del sentimiento de culpa. Se la carga a la sociedad (Rousseau), o al empirismo de la acción y de la realidad que lo pervierte (Hegel), o a la carencia de bienes (Saint- Simon), o a la propiedad privada de los medios de producción (Marx). Son los filósofos de la inocencia (el individuo no es culpable; no hay pecado individual) que, paradójicamente, terminarán haciendo sitio a la filosofía de la sospecha.

La disculpa del Adán de Milton parecería estar urdida sobre la trajinada falsilla agustiniana del “ama y haz lo que quieras”. Sin embargo no es honrado recurrir al lema de San Agustín sin aludir a una de las piezas claves de su pensamiento: el concepto del “ordo amoris” y que él describe con palabras claras: “Vive, pues, justa y santamente quien es un hombre tasador de las cosas; pero éste es quien tiene el amor ordenado, de suerte que ni ame lo que no debe amarse, ni deje de amar lo que debe, ni ame más lo que merece amor menor”.