domingo, 1 de mayo de 2011

Dios rico en misericordia

Por Santiago Arellano Hernández

La beatificación de nuestro bienamado Juan Pablo II, gigante y gloria de La Iglesia, pone ante nuestros ojos, la grandeza de un hombre que vivió para darlo todo “Totus tuus”. Difícilmente podremos olvidar aquellos achacosos últimos años, en que su penosa imagen, secuela del párkinson, rompía los estereotipos del mundo de las comunicaciones, despertando una ternura y una conmovedora simpatía al menos no menor que la vigorosa personalidad de aquel hermoso deportista que exhortaba a la humanidad a abrir sin miedo las puertas a Cristo, en el estreno de su Pontificado. Aquellos frustrados intentos de transmitir en sus últimas palabras, desde las ventanas de su residencia vaticana, su amor a la Iglesia y a Cristo, entregado a María, zarandearon nuestras adormecidas conciencias y estallamos en un mar de lágrimas. Como su Maestro lo dio todo, hasta el último aliento de su vida.

El día 30 de noviembre, primer domingo de Adviento, del año 1980, cuando todavía no se había desencadenado ni su intento de asesinato ni los cambios tan significativos en la Historia contemporánea del mundo, publicó su encíclica “Dios rico en misericordia”. Uno de los documentos más centrales para comprender la misión de la Iglesia en tiempos tan adversos y calamitosos.

En el último párrafo advierte con voz poderosa y firme: “Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese misterio.”

¿Cuál es el misterio? “La misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo”. Como en la “Redemptor Hominis” nos desveló “la gran vocación del hombre, y su incomparable dignidad”.

En el capítulo V, punto 8, al referirse al misterio pascual, nos dice: “: la cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las raíces más profundas del mal….Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa”. Por ello implora para todos: “que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte.”

La encíclica es un comentario de la bellísima parábola evangélica del hijo pródigo. Me vais a permitir que manifieste como por rabieta incontrolada mi desacuerdo con el nombre con el que conocemos la parábola. ¿Hijo pródigo? En castellano se denomina así a la persona que gasta sus bienes sin prudencia, al despilfarrador. En la parábola el hijo hubiera seguido siendo “un mal hijo” aunque la hacienda se la hubiera comido con mayor prudencia y sensatez. La faceta menor se ha adueñado del mensaje, sin que pierda la belleza ni su hondura. Nuestro Dios es un prodigio de Misericordia.

El regrso del hijo pródigo
Rembrandt
Así lo entendió Rembrandt y así nos lo enseñó a contemplar Henri J.M. Houwen en su “Regreso del Hijo Pródigo”. La mirada enceguecida del Anciano nos lleva a las vivencias interiores del Padre, sus manos de mujer y hombre, nos hablan de ternura y fortaleza de Dios, en paralelo con el pie descalzo y calzado del hijo. El rostro displicente del Hijo Mayor, el rostro casi fetal del menor, nos empujan a buscar sentido. El gesto del elegante personaje sentado, mirada reflexiva y golpe de pecho. Nada dice el relato evangélico de las mujeres. La más cercana, apoyada y casi escondida tras la columna ¿manifiesta tan sólo curiosidad? La del fondo, joven elegante y altiva forma pareja con la incomprensión y contrariedad del hijo mayor. Cualquiera que sea nuestra actitud interior, una verdad se impone. La luz no deja espacio a la ambigüedad: Dios es asombrosamente misericordioso.