viernes, 1 de abril de 2011

San Casiano de Imola, ruega por nosotros

San Casiano de Imola, ruega por nosotros
Himno IX de su Peristephanon.

Por Santiago Arellano Hernández
Sibila eritrea
Fresco de la Capilla Sixtina
Sibila Erirea (Miguel Ángel, 1509)

El recrudecimiento de la persecución anticristiana en tantos lugares de la tierra, me lleva de nuevo al Peristéphanon de Aurelio Prudencio Clemente, nacido el 348 o en Calahorra o en Zaragoza, según se lo disputan sus pretendidos paisanos. Hombre de gran cultura. En su juventud fue profesor de retórica (rétor). Poco después gobernador de la Tarraconense, probablemente. Finalmente el emperador Teodosio le encomendó tareas militares a las órdenes directas del Emperador. Entrado en años se dedica a escribir y se convierte en el primer gran poeta cristiano. En sus letras se percibe a Horacio sobre todo en su Cathemérinon y en el Peristéphanon, donde canta a los mártires cristianos. Escribió poemas didácticos. Es precursor de la personificación alegórica en la que como si de seres humanos se tratara combaten entre sí las Virtudes y las Pasiones, la Paciencia, la Cólera, etc. como lo harán en la Edad Media o en nuestros “autos sacramentales”.

Prudencio admira y ama la grandeza romana. Comprendió que la Providencia de Dios había hecho posible que la unidad romana preparase la universalidad del Cristianismo. Sin embargo conocía perfectamente que la resistencia del Imperio a su transformación espiritual había ocasionado abundante sangre de mártires. En un sentido profundo la contienda entre un Imperio que aspira al dominio del mundo desde el ordenamiento político universal sin otro apoyo que el de la Ley positiva y la espada, y la aspiración a una unidad de todo el género humano por la Buena Nueva del Evangelio que descubre la grandeza y dignidad de cada persona, se iba a convertir en clave de toda la historia posterior. No nos engañen las apariencias. Profanaciones en nuestra patria; asesinatos de políticos cristianos o de simples creyentes, laicos o religiosos, en cualquier punto de la tierra, cualquiera que sea la mano asesina, pregona en la sangre derramada que para “bien de la humanidad” debe impedirse que Jesucristo siga presente en el mundo.

Me conmueve, por mi condición de maestro, el relato del martirio de San Casiano (Muerto en el año 303). Casiano era maestro de escuela. Un maestro exigente. No se puede enseñar ni educar sin exigencia. Enseña a sus niños gramática. Era, además, admirado por su habilidad para inventar una especie de taquigrafía, que les permitía anotar discursos o lecciones como al dictado.

A Casiano le temían sus alumnos. Como advierte el Poeta: "Ya es sabido que el maestro es siempre intolerable para el joven escolar, y que las asignaturas son siempre insoportables para los niños...” De poco le sirvió su profesionalidad y valía. El Emperador Diocleciano había ordenado recibir culto propio de un Dios. Casiano se negó. Él sólo daba culto divino a Cristo. Acusado, fue condenado a muerte. ¿Quiénes fueron los verdugos? Sus alumnos. ¿Cuál fue el instrumento de tortura? El estilum punzón que permitía escribir en las “pizarras” de cera. Y mientras el santo con paciencia sobrenatural esperaba la muerte sus alumnos le decían con sarcasmo:

"¿Por qué lloras? tú mismo, maestro, nos diste estos hierros y nos armaste las manos... No tienes razón para airarte porque escribamos en tu cuerpo; tú mismo lo mandabas: que nunca esté inactivo el estilete en la mano.”

El crudo realismo de Prudencio me sobrecoge. Duro es entregar la vida. Pero más duro morir a manos de quien has amado y por los que has vivido.