viernes, 1 de abril de 2011

Recordad las maravillas que hizo el señor

Homilía pronunciada en la Eucaristía celebrada con motivo del cincuenta aniversario de la Milicia de Santa María.

P. Emiliano Manso Álaez

“RECORDAD LAS MARAVILLAS QUE HIZO EL SEÑOR”

Esta exhortación del Salmo 104 nos da la clave de esta celebración: “No olvidéis las acciones del Señor”.

Estamos aquí porque no olvidamos las gracias de Dios que hemos recibido, tanto individual como colectivamente. Recordamos el inicio de la Institución de la Milicia de santa María hace cincuenta años.

Lo recordamos nosotros que estamos aquí y que hemos estado o estamos relacionados en diferentes grados con este retoño de la Cruzada de Santa María que es la Milicia y reconocemos que la mano del Señor ha estado grande con nosotros a lo largo de estos cincuenta años.

Deseamos recordar y agradecer las maravillas que ha hecho el Señor. Realmente la “riqueza de su gracia ha sido un derroche para nosotros” (Ef 1, 8).

Deseamos agradecer la protección que nos ha prodigado por y en la Virgen María, que constituye la seña de identidad de nuestra Institución.

Unimos nuestras voces y nuestros corazones en la plegaria común y lo hacemos en la celebración que es en sí misma acción de gracias: Eucaristía, por Cristo y en Él al Padre en la unidad, en el amor del Espíritu Santo.

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No me corresponde en este momento ―respetando la naturaleza de la homilía― hacer una presentación de la Milicia de Santa María: de su historia, de su desarrollo, de su estructura y organización, de su ideario y principios pedagógicos, de su método, de sus fines y metas; ni hacer un elenco de sus nombres carismáticos y protagonistas. De todos modos es ineludible referirse a algunos de los aspectos de la Milicia, ya que, la acción de gracias es razón del Jubileo de los cincuenta años de vida de la Institución. Por otra parte, todos los que estáis aquí conocéis la Milicia de Santa María y algunos muy desde dentro, y eso me libera de explicaciones aclaratorias; conocéis plenamente el alcance aún de las meras alusiones.

Celebramos esta efemérides jubilar en un contexto litúrgico que lo forma primeramente la proclamación de la Palabra de Dios. Nos atendremos a los textos que hoy nos corresponden, en este Sexto Domingo durante el año; textos que hoy escuchan todos los fieles de la Iglesia en toda la redondez del planeta; y nosotros, por esto mismo, nos sentimos en comunión con ellos.

Dice el libro del Eclesiástico: “Al principio Dios creo al hombre y lo dejó en poder de su propio albedrío”, versículo anterior al texto que hemos leído en la primera lectura.

La libertad es un don admirable de Dios al hombre y está en la base de toda su obra moral. Puede elegir el fuego o el agua, la vida o la muerte, dice sugerente el texto que hemos leído (cf Ecl 15, 16-18). El hombre puede decidir obedecer los mandatos de Dios o rechazarlos, Dios conoce el comportamiento humano “conoce todas las obras del hombre”. Dios no incita a nadie al pecado, es el hombre quien lo comete, abusando de su libertad.

El autor inspirado de este libro del Antiguo Testamento no conoce aun lo que se revelará progresivamente: que el hombre es redimido por Cristo, el hombre nuevo; que es liberado del pecado y que deberá luchar para dominar las pasiones desordenadas, ayudado por la gracia divina.

La Milicia de Santa María tiene la misión de estar consagrada a la educación de los adolescentes y de los jóvenes. Etapa ilusionante y arriesgada de la vida, encrucijada de la vida. La Milicia educa la libertad, poniendo en ejercicio la reflexión, la responsabilidad y la constancia. Esto se descubre y se practica en un momento privilegiado del año, en el Aula Magna de los campamentos, en la montaña.

Se ayuda al joven a descubrir la sabiduría divina. Dios la ofrece a todos, la pone a disposición de todos; consiste en llegar al tener, como dice san Pablo: “el conocimiento de Cristo”. Conocer a Cristo, amarle y seguirle. Conocer como Cristo conoce, amar como Cristo ama y vivir como Cristo vive. “Una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo… sino una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1Cor 2, 7).

El militante de la Virgen conoce y asimila esta sabiduría en los Ejercicios Espirituales ignacianos y en una vida espiritual progresiva, regulada, adaptada a su edad o a su nivel espiritual. El militante está abierto a la llamada de Dios, dispuesto al seguimiento de Cristo, descubriendo su vocación y su estado futuro de vida: matrimonio en radicalidad evangélica; vida consagrada en la profesión de los consejos evangélicos; sacerdocio según el Corazón del Buen Pastor.

Jesús habla en el Sermón de la Montaña del programa de su reino, de la identidad de sus discípulos; proclama las Bienaventuranzas: su evangelio condensado; eleva a la perfección el ideal moral del Antiguo Testamento en los Mandamientos, mostrando el estilo de vida original evangélico mediante seis antítesis.

Hoy se leen tres mandamientos: El quinto, no matarás; el sexto, no cometerás adulterio; y el segundo, no jurarás en falso. Nos fijamos en el denominador común de las tres antítesis que Jesús establece, elevando sus exigencias. Jesús nos eleva en perfección, en exigencia: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud” (Mt 5, 17). Y concluye con una sentencia categórica: “Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20). Jesús lo engloba todo en una tendencia de mayor exigencia, de mayor perfección. Es una tendencia de más y más que supone la batalla contra la mediocridad.

En la Milicia hay una norma, un criterio, una convicción, es como la atmósfera que se respira: “Al joven si se le pide poco, no da nada, si se le pide mucho da más”. En la Milicia se cree en la llamada del Señor a la santidad, se cree en la gracia coadyuvante de Dios; se cree en las posibilidades con que Dios ha enriquecido a la juventud. En la Milicia no se cortan las alas del idealismo, de las ansias desbordantes, al contrario se les da alas para conquistar un gran ideal.

Pensemos un momento en este reto comparativo que lanzó el Señor a sus oyentes y que lo sigue planteando a todos lo que lo leen o escuchan: “Si no sois mejores que los escribas y fariseos…” Los escribas y fariseos eran un estamento social de mucho relieve y prestigio en el pueblo de Israel, no era un grupo vulgar, mediocre. Es cierto, tenían defectos y Jesús los denunció frontalmente, incitándoles a corregirlos; y advertía a sus discípulos para que no cayeran en semejantes pecados: “No hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23, 3). ¿Qué hacían? “Ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar” (Mt 23, 4). Se creían mejores que los demás. No sentían la necesidad de cambiar. “Confiaban en sí mismos por considerase justos y despreciaban a los demás” (Lc 18, 9). Eran arrogantes. A su vida y a sus personas les envolvía el manto de la apariencia, de la hipocresía, de la soberbia.

La crítica por parte de Jesús de estos defectos ―característicos de todo grupo rigorista― pone de relieve, por contraste, las virtudes que desea que sus discípulos practiquen. Todo grupo que busca la perfección ha de vigilar para no caer en el perfeccionismo. Todo grupo que aspira a la santidad, no ha de creer que por el hecho de aspirar a ella ya la ha conseguido. No ha de considerar que tiene la patente de la santidad, manifestando incluso la osadía de acusar a los demás de relajados.

Lo que llamamos en la Milicia, con un término acuñado por Abelardo, la mística de las miserias, no es en el fondo otra cosa que fomentar la actitud de humildad ante Dios y la caridad comprensiva de las deficiencias de los hermanos a los que se quiere ayudar a superarlas.

No pactar con el pecado pero sí acoger al que peca, lo reconoce y lucha por corregirse.

Uno que reconoce su miseria y su deficiencia humildemente ante el Señor, no tiene la osadía de creerse mejor que los demás; vive colgado de la misericordia de Dios, comprende y acoge a los hermanos débiles.

LA EXIGENCIA NO SE REBAJA PORQUE SE EXIJA CON AMOR

La Milicia de Santa María nace del impulso apostólico de los Cruzados de Santa María. El Siervo de Dios, P. Tomas Morales es el fundador de la Cruzada y en consecuencia de la Milicia. Quien la consolida y desarrolla es Abelardo de Armas. Es provechoso y oportuno, en este momento que estamos viviendo y padeciendo, citar algunas palabras de Abelardo, donde se reafirma con claridad una idea, entre otras también muy pertinentes e interesantes: “La Milicia es una proyección de la Cruzada, está vinculada a ella, por consiguiente, es pertenencia suya”.

Decía a los cruzados en los Ejercicios Espirituales de 1986: “La Cruzada puede vivir sin la milicia, la Milicia no podrá vivir sin la Cruzada. Si le quitásemos la Cruzada a la Milicia, si lo que estamos haciendo aquí unos días, lo hiciéramos indefinidamente, se extinguiría rapidísimamente”.

Más adelante afirma, completando la afirmación anterior: “La Cruzada necesita de la Milicia, porque sin ella desaparece el carisma fundacional: la mística campamental, la santidad educadora que debe proyectar hacia otros. Por eso el enemigo tiene tantísimo interés en que no exista la Milicia… El cruzado debe tener a su alrededor Milicia”.

Considera en este momento la Milicia no como institución sino en un sentido amplio: todo el apostolado particular en el que se proyecta todo cruzado: “La Milicia es el eco de la Cruzada”. “Si no hay Milicia no hay mística campamental”.

En los Ejercicios de 1987 acude a una imagen para explicar la naturaleza de la Milicia en relación con la Cruzada. Para describir las relaciones mutuas acude a la imagen del cuerpo y alma. Imagen susceptible de múltiples aplicaciones, Abelardo la usa para describir las relaciones mutuas entre la Cruzada y la Milicia: “La Cruzada necesita, para el crecimiento del espíritu que la anima y para la expansión de su carisma fundacional, un cuerpo... la Cruzada encuentra en la Milicia el cuerpo más adecuado para el completo desarrollo de su mística educadora”.

Dice de modo terminante: “La consolidación y expansión de la Cruzada vendrá con la consolidación de la Milicia”

Y exhorta de modo imperativo a los Cruzados: “Amad a la Milicia”.

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Permitidme una confidencia y un testimonio personal. Cuando hace 44 años me puse en contacto con la Cruzada- Milicia, quedé deslumbrado. Era sacerdote desde hacía dos años y quedé impactado por la fuerza de su pedagogía, por el espíritu que se respiraba, por el ideal apostólico que se proponía. Me sentía plenamente identificado, vibraba al unísono. Admiraba la coherencia de aquellos cruzados y militantes, el ardor apostólico, la tendencia a la santidad sin recortes ni miedos, en fin, el amor apasionado a Jesucristo y a la Virgen.

La Milicia es una minoría selecta, que se autoselecciona porque es un grupo, una minoría creativa. Quiso el Señor que aprendiera los senderos por las cumbres de Gredos detrás de Abelardo, paso a paso, desde aquel mi primer campamento, en el año 1968. Esto se convertía para mí en todo un símbolo.

He visto pasar oleadas de jóvenes por nuestra Milicia y, siendo sincero, os tengo también que decir que me hubiera gustado que se hubieran quedado con nosotros, si no todos sí muchos más.

Es un dato comprobado lo que decía Abelardo refriéndose a la relación de la Milicia con la Cruzada: la Milicia permanece gracias a la Cruzada.

EN LA MILICIA SE AMA A LAVIRGEN

Si queremos celebrar el nacimiento de la Milicia hemos de celebrar una fiesta de la Virgen. Es una coincidencia providencial y gozosa: la Milicia nace en la fiesta de las apariciones de la Virgen de Lourdes. El nombre de María va estampado en el nombre de nuestra institución: Milicia de Santa María. No es un rasgo accidental; constituye su entraña, esta es su identidad.

Si la Milicia es la proyección apostólica de la Cruzada también la Milicia, como afirma de sí la Cruzada, es María y solo eso, María a todas las almas y nosotros santos por María. En consecuencia, citando una regla de los Cruzados, el cruzado ―y el militante por consiguiente― se esfuerza por cultivar en sí y en los demás por todos los medios, el amor apasionado a la Señora.

El primer compromiso que hace el más joven de los militantes es rezar el Rosario; se respira una tierna y confiada devoción a María. Es la Madre de Dios, es el regazo maternal y acogedor en todas las dificultades; es el ideal de perfección en todas las virtudes. Es la madre amantísima, es la Virgen Inmaculada.

Abelardo, en una de sus canciones comprende por qué se ama tanto a la Virgen en la Milicia.

Abelardo, en la letra de sus canciones plasmaba tanto los latidos más íntimos de sus vivencias, de su corazón, como los rasgos esenciales del carisma de la Milicia. Era una pedagogía que se hacía música y canción. La Virgen despuntaba constantemente en sus canciones. Dice así en una de ellas, con alusiones a la Milicia:

Quisiera preguntarte, Madre mía,
por qué proteges tanto al alma mía.
Quisiera comprender qué tiene tu querer
que en Ti se hace tan dulce el padecer.
Respondes que eres Madre, y tu ternura
te lleva a amar a tus hijos con locura.
Que a aquel que acude a Ti, le das tu Corazón
y en él halla refugio y protección.
Ahora ya comprendo, es de justicia,
por qué se te ama tanto en tu Milicia.
Sin Ti no hay santidad, sin Ti no hay perfección,
contigo somos todo del Señor.
Sin Ti no hay santidad, sin Ti no hay perfección,
contigo sólo Cristo es mi Señor.

Celebrar, pues, el nacimiento de la Milicia, es celebrar la fiesta de la Virgen de Lourdes. Consiste en acoger su mensaje en toda su riqueza evangélica, de oración y conversión; es creer en su identidad según ella misma se presenta: “Soy la Inmaculada Concepción”.

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Queremos en esta ocasión, en esta efemérides jubilar, reunirnos idealmente bajo la mirada maternal de la Virgen Inmaculada todos los que a lo largo de estos cincuenta años hemos estado en la Milicia de Santa María: los que en sus años de adolescencia y juventud se beneficiaron de su estilo educativo, de su espíritu, de su impulso apostólico, de su aspiración a la altura, a más, a Dios. Los que permanecieron o los que pasaron fugazmente, pero se llevaron algún destello de luz en su mirada. Los que encontraron la ruta a seguir, la vocación, el estado de vida en el sacerdocio, en la vida consagrada o laical y en el matrimonio, radicalmente cristiano. Todos llevan el sello imborrable que les descubre.

Queremos también en este momento de intimidad ―estamos reunidos en el banquete familiar de la Eucaristía― recordar a los que se han extraviado, los que se han alejado de Cristo, los que están atrapados en los zarzales de la vida mundana.

Estuvieron con nosotros. Les esperamos con los brazos abiertos. Les recordamos en nuestras oraciones. Seguimos contando con ellos. Les abrazamos.

Todos juntos, los aquí presentes y los ausentes, lanzamos una mirada hacia el pasado y surge en el corazón una gratitud inmensa al Señor, que tanto nos ha bendecido.

Nos servimos de las palabras de la Virgen en su cántico del Magnificat, deseando tener también los sentimientos de gratitud y alegría de su Corazón. Brota en el corazón, al mismo tiempo, mirando al pasado, un profundo pesar por las deficiencias, infidelidades y pecados. Le pedimos perdón sinceramente.

Nos ayudan, tanto a dar gracias como a pedir perdón las religiosas contemplativas, a las que nos sentimos tan vinculados, de modo singular con las Carmelitas.

Miramos al presente con realismo. La realidad es la que es. Además de la batalla que hemos de sostener frente y fuera de nosotros, está la escisión interna, incomprensible, de la Institución.

La batalla frente al enemigo, el mundo que encandila con su policromía, el demonio que propone placeres que enervan y debilitan o que despliega persecuciones que asustan y aterran.

Sin embargo, miramos el futuro con esperanza y compromiso. Hay que vencer la tentación del pesimismo, que es la falta de confianza en el poder del Espíritu Santo.

Contamos con la ayuda, refugio y protección de la Virgen, como nos cantaba Abelardo en su canción.

Así podemos realizar el compromiso apostólico. Hemos de seguir realizándolo. La Milicia es una institución eminentemente apostólica. Este rasgo la caracteriza: tanto mediante el apostolado alma a alma, de amistad, individual, como el apostolado institucional, estructurado, organizado, en grupo.

El espíritu apostólico se muestra como testimonio coherente, siendo ejemplares en el cumplimiento del deber; teniendo la valentía en dar la cara por Cristo, defender la verdad, la fe, la virtud, la Iglesia.

El militante está revestido de la armadura de Dios de la que habla san Pablo en la carta a los Efesios (cf 6, 10ss.). Leed este texto, especialmente vosotros, mis queridos militantes: ceñidos la cintura con la pureza de intención, revestidos de la coraza de la caridad, calzados vuestros pies con la discreción y moderación, defendidos por el escudo de la mortificación, inflamados por la meditación del Evangelio, fortalecidos por el pan inmortal de la Eucaristía, y en vuestras manos la espada simbólica de la Palabra de Dios. Gladium spiritus quod est verbum Dei (la espada del espíritu, que es la palabra de Dios), para combatir a los enemigos del alma y conquistar una multitud de jóvenes para Cristo.

Cantamos en uno de nuestros himnos campamentales, titulado “Por los riscos va tendiendo”:

¡Marchad, marchad, marchad, soñando con María!

Lo lanzamos al viento desde las cumbres de Gredos y desde las cumbres ideales de nuestra vida, desbordantes de entusiasmo y esperanza.

¡Sí! mis queridos cruzados, militantes, amigos todos:

¡Marchad, soñando con María!
Marchad por rutas de ilusión.
La vida por España, brindada con amor.