martes, 1 de marzo de 2011

Prolongar el misterio de la Encarnación

P. Tomas Morales

Encarnarse en las estructuras profanas divinizándolas desde dentro. Es privilegio del laico. El sacerdote y el religioso pueden y deben iluminarlas desde fuera mediante la predicación, la oración intensa y los sacramentos. Pero su influjo -indispensable para cambiar el corazón del hombre- en las realidades temporales es sólo externo, epidérmico, no interno, visceral.

La misión del laico consiste precisamente en hacer lo que el sacerdote o el religioso no pueden realizar: vitalizar desde dentro esas realidades. Su papel es insustituible. La importancia de su vocación peculiar es grande, pues 'desde fuera, sólo, no se salva el mundo' (Pablo VI, Ecclesiam suam, n. 33). Su influjo no es externo, sino íntimo, encarnado, profundo.

En la contemplación asidua del Verbo Encarnado, el bautizado descubre la grandeza sublime de su misión. Se llena de fuerza y alegría para 'vivir como hijo de la luz' (Ef 5, 8) en medio del mundo, para divinizar las realidades temporales y convertirlas en trampolín para saltar a la eternidad.

El bautizado no puede vivir con plenitud su vocación secular sin hundir raíces, cada vez más profundas, en este misterio, que le revela su dignidad y su misión. Le anima a encarnarse en las realidades temporales para completar en ellas con sus padecimientos lo que falta a la Pasión de Cristo en bien de su Cuerpo, la Iglesia (Col, 1, 24). El misterio de la Encarnación es así la pista de despegue permanente para volar, divinizando su actividad secular, sin riesgo de secularismos estériles.

La Encarnación es Dios que se oculta y Dios que se revela. Mejor, es Dios que se revela ocultándose. Es el misterio escondido de que nos habla San Pablo (Ef. 3,9). Dios que nos revela sus profundidades (1 Cor 2, 10) y Dios que nos descubre nuestra dignidad de hombres, nuestra categoría de hijos de Dios. Cada bautizado es más que un súper-clase, mucho más que un fuera de serie. Nuestra personalidad de hijos de Dios nos hace irrepetibles. "Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es, si se puede hablar así, la dimensión humana del misterio de la Redención" (J. Pablo II. Redemptor hominis, 10)…

La Iglesia es Cristo que prolonga su Encarnación y su presencia entre nosotros enseñando, santificando, rigiendo. Jesús sigue encarnándose en cada uno de los que, unidos a él como sarmientos a la vid (Jn, 15,5), formamos su Iglesia… El cristiano imita a Jesucristo encarnándose como Él, prolongándole en las realidades en que por vocación divina se mueve.

Consciente de su impotencia, mira a María. La invoca como Madre y se llena de fuerza y alegría para desaparecer amando perdido en la masa, ocultándose ante sus hermanos en la monotonía del quehacer cotidiano, a imitación de la Virgen de Nazaret. Aspira a la santidad "viviendo las realidades temporales como primicia de las realidades eternas", hasta llegar a ser un día "en plenitud hijo de Dios" (Misal Romano, prefacios Cuaresma I y II).

Hora de los laicos