viernes, 1 de abril de 2011

Mártires: testigos e imitadores de Cristo

P. Tomás Morales
Mártir, en su sentido etimológico, primitivo, en griego clásico, quiere decir testigo, pero cualificado, testigo hasta la muerte. El latín traduce la palabra griega por "testis", testigo. De hecho, en ambas lenguas, las dos palabras tienen idéntica significación para el hombre de la calle. Los fieles de Hipona no sabían griego. Un día, hacia 416, les comentaba san Agustín la I carta de S. Juan. "La vida se manifestó, la hemos visto y damos testimonio". Les decía: Fue como si el apóstol hubiese dicho: le vimos y somos mártires.

Mártir. La palabra es expresiva, rica en contenido… “Testigos de la Resurrección", llaman los Hechos a los primeros cristianos. Es un testimonio hasta la muerte el que dan con su vida. La muerte del martirio blanco de cada día. La del martirio rojo de la sangre, regalo supremo que Dios puede conceder en esta vida y el cristiano debe estar anhelando siempre.

El mártir, ese "testigo viviente de lo Eterno", está persuadido que "si no estamos dispuestos al martirio, es que la vida de Cristo no está en nosotros" (S. Ignacio Antioquía). Capta una idea familiar a los primeros cristianos: sólo el mártir es el auténtico imitador de Cristo. "Émulos e imitadores de Jesús", dicen las iglesias de Lyon y Viena anunciando a todas las cristiandades el sacrificio de sus mártires en 177 bajo Marco Aurelio.

Esta persuasión de que el mártir es el perfecto imitador de Cristo, se graba indeleble en el corazón de los primeros cristianos. Tan profundamente penetró, que se transmitirá hasta nuestros días. Al cesar la era de las persecuciones, los cristianos, imposibilitados de derramar su sangre por Cristo, inventaron el "martirio blanco", la vida de perfección religiosa. Anacoretas primero en vida solitaria, cenobitas después en ambiente monacal, frailes mendicantes y andariegos... Órdenes y congregaciones religiosas, modernas instituciones seculares. Es un eco que repercute a lo largo y a lo ancho de los siglos.

Es la hondísima convicción de Ignacio de Antioquía cuando dice a los cristianos de Roma en la víspera de su martirio: "No me impidáis unirme a Dios... Ahora comienzo a ser discípulo de Cristo". S. Policarpo escribe a los filipenses. Les felicita por haber acogido a Ignacio y sus compañeros que van camino del martirio, y llama a éstos "imitaciones de la verdadera caridad". Cristo, el amor, está clavado en la cruz. El mártir lo copia, y se clava por y con ÉI. Como "buen espiritual", sabe que cuanto más se aniquilare por Dios, tanto más se une a Él y tanto mayor obra hace" (Juan de la Cruz).

Orígenes, animando a sus amigos Ambrosio y Protecto, les dice que “el mejor medio de devolver a Dios lo que de Él habéis recibido, y de casi igualar sus beneficios, es el martirio". Dice "casi igualar". Fijaos. Iguala un mártir a Cristo, porque, como Jesús, da todo lo que tiene. Pero la ecuación no es perfecta. Cristo da mucho más. EI mártir es mero hombre, poco es lo que puede entregar, pero Jesús es Dios, y nos entrega todas sus riquezas.

Martirio rojo, martirio blanco. No todos podían entonces tener la alegría de ofrecer su vida derramando sangre. Las persecuciones variaban al compás de la política imperial. Cuando cesan en los periodos de paz, con certera intuición, comprenden los cristianos que la lucha contra las pasiones es sustitutivo del martirio rojo. Así san Cipriano, asemeja ya el mártir rojo al blanco. "Dios en tiempo de persecución corona al soldado, y en tiempo de paz, es la conciencia quien merece corona".

Exhortando a los vírgenes a hacerse almas martiriales, les dice: "La paz tiene también sus coronas, la paz tiene también su martirio". El bautizado vive el martirio de la paz mientras Cristo no le pida derramar su sangre por Él.

El mártir siente dentro una vivencia sorprendente: Cristo vive y sufre con él. Para aquellos primeros hermanos nuestros, esta intimidad con Cristo doloroso, cuya Pasión imitaban, les sostenía en sus dolores. En medio de sus tormentos, demostraban a todos que "el Señor estaba a su lado hablando familiarmente de ellos” (Actas martirio S. Policarpo). Blandina, la santa mártir de Lyon a sus 17 años, "apenas se daba cuenta de sus dolores a causa de su esperanza del cielo y de su conversación con Cristo". En la prisión de Cartago, el carcelero se burla de Santa Perpetua. Sentía dolores al dar a luz: ''¿Cómo vas a soportar las fieras?", le pregunta. La santa responde: "Ahora, sufro yo sola. Entonces, Otro sufrirá en mí y por mí, porque yo sufriré en Él".

"Cristóforos", portadores de Cristo. Así llama Ignacio de Antioquía a los mártires de entonces. Los paganos llevaban en andas a sus divinidades, pero los cristianos portan a Cristo en sus vidas.

Vademecum