viernes, 1 de abril de 2011

“Cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos…”

Los mártires de la Legión Fulminata

Año 320. Ciudad de Sebaste (en Armenia, Asia Menor). El entonces emperador Licinio mandó publicar un decreto según el cual todo aquel que no renegara de su religión y adorase a los ídolos de la ciudad, sería condenado a muerte. Al conocer el texto, cuarenta soldados de la XII Legión Fulminata se presentaron al gobernador, declarando que ellos no estaban dispuestos a abandonar su religión.

El gobernador no podía creer lo que estaba escuchando. Les explicó que si no renegaban sufrirían insoportables tormentos, en cambio, si pasaban a adorar a los ídolos, recibirían grandes premios. No importaba que lo hicieran sinceramente o no. Bastaba el gesto. Esto no hizo cambiar de opinión a los valientes soldados, que aceptaron con coraje el castigo al que el gobernador les sometiese.

Fueron llevados a un oscuro calabozo, donde fueron torturados. Nada de esto les hizo cambiar de parecer. Durante esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su testamento colectivo por mano de uno de ellos, Melecio.

En el documento, impresionante, los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes espirituales; saludan después a las personas que les son más queridas.

Una vez llegada la sentencia, los cuarenta fueron condenados a morir congelados: debían ser introducidos en pleno invierno en un estanque helado y aguardar su fin. El lugar elegido fue un amplio patio delante de las termas de Sebaste. Para aumentar el sufrimiento de las víctimas, se dejó abierta una amplia puerta de acceso a las termas, de la cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del caldarium: bastaban pocos pasos para salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto.

Las horas pasaban terriblemente monótonas. San Basilio nos cuenta que se animaban mutuamente a permanecer fieles hasta la muerte con esta oración: “Señor, cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos”. Los soldados que los custodiaban asistían estupefactos a la escena.

De repente, uno de los condenados, extenuado por los espasmos y vencido en su ánimo, salió como pudo del estanque y se arrastró hacia la puerta iluminada. Sus compañeros empezaron a rezar para que Dios perdonara su debilidad. Al ver esto, uno de los vigilantes, conmovido, dio un paso al frente. Después de quitarse los vestidos, se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre los otros condenados, completando nuevamente el número de cuarenta mártires. Era el 9 de marzo del año 320.

El martirio de los cuarenta soldados de la legión XII Fulminata fue muy celebrado en la antigüedad cristiana por la valentía de los mismos y su constancia en medio de los tormentos.