viernes, 1 de abril de 2011

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia

Fernando Martín Herráez

El tema de portada de este mes me ha llevado a releer la primera parte de la obra de Benedicto XVI “Jesús de Nazaret”. Recordaba que me había emocionado cuando leí el comentario del Papa a las Bienaventuranzas. He vuelto a leerlo y aunque mi intención inicial era escribir el artículo sobre los cristianos perseguidos a partir del texto del Papa, he preferido ceder con gusto todo el espacio a las palabras del libro.

Cada una de las afirmaciones de las Bienaventuranzas nacen de la mirada dirigida a los discípulos; describen, por así decirlo, su situación fáctica: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos (cf. Lc 6, 20 ss). Han de ser entendidas como calificaciones prácticas, pero también teológicas, de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia (…)

Referidas a la comunidad de los discípulos de Jesús, las Bienaventuranzas son una paradoja: se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que "se invierten los valores" (…)

Y si el enviado de Jesús en este mundo está aún inmerso en la pasión de Jesús, ahí se puede percibir también la gloria de la resurrección, que da una alegría, una "beatitud" mayor que toda la dicha que se haya podido experimentar antes en el mundo (…)

A los pies de la cruz de Jesús es donde mejor se entienden estas palabras: "Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados". Quien no endurece su corazón ante el dolor, ante la necesidad de los demás, quien no abre su alma al mal, sino que sufre bajo su opresión, dando razón así a la verdad, a Dios, ése abre la ventana del mundo de par en par para que entre la luz. A estos afligidos se les promete la gran consolación. En este sentido, la segunda Bienaventuranza guarda una estrecha relación con la octava: "Dichosos los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos" (…)

Llegados hasta aquí, debemos añadir algo más: para Mateo, para sus lectores y oyentes, la expresión "los perseguidos a causa de la justicia" tenía un significado profético. Para ellos se trataba de una alusión previa que el Señor hizo sobre la situación de la Iglesia en que estaban viviendo. Se había convertido en una Iglesia perseguida, perseguida "a causa de la justicia". En el lenguaje del Antiguo Testamento "justicia" expresa la fidelidad a la Torá, la fidelidad a la palabra de Dios, como habían reclamado siempre los profetas. Se trata del perseverar en la vía recta indicada por Dios, cuyo núcleo está formado por los Diez Mandamientos. En el Nuevo Testamento, el concepto equivalente al de justicia en el Antiguo Testamento es el de la "fe": el creyente es el "justo", el que sigue los caminos de Dios (cf. Sal 1, 1; Jr 17, 58). Pues la fe es caminar con Cristo, en el cual se cumple toda la Ley; ella nos une a la justicia de Cristo mismo.

Los hombres perseguidos a causa de la justicia son los que viven de la justicia de Dios, de la fe. Como la aspiración del hombre tiende siempre a emanciparse de la voluntad de Dios y a seguirse sólo a sí mismo, la fe aparecerá siempre como algo que se contrapone al "mundo" -a los poderes dominantes en cada momento-, y por eso habrá persecución a causa de la justicia en todos los periodos de la historia. A la Iglesia perseguida de todos los tiempos se le dirige esta palabra de consuelo. En su falta de poder y en su sufrimiento, la Iglesia es consciente de que se encuentra allí donde llega el Reino de Dios.