sábado, 2 de abril de 2011

La gesta de la sangre

Portada revista Hágase Estar nº 256
Así titula Daniel Rops uno de los más brillantes capítulos de su Historia de la Iglesia de Cristo. Fue Nerón el primero que, muy a su pesar, desató mediante la efusión de la sangre el potencial multiplicador y santificador del seguimiento de Cristo. A partir de su discutible hazaña, el “Christianus esse non licet” (no está permitido ser cristiano), fue convertido en principio jurídico y consigna de intolerancia frente a la libertad de buscar la Verdad y de vivir conforme a Ella.

Y apunta el historiador: “De reinado en reinado, de dinastía en dinastía, ese ejemplo dado por aquel histrión loco había de ser imitado por otros (…) Cristiano y carne de suplicio fueron tenidos, desde un principio, por sinónimos. Desde el año 64 (con el incendio de Roma) hasta el 314 (tras el Edicto de Milán), no hubo un solo día en que no pesase sobre el alma fiel la amenaza, siempre posible, de un fin espantoso… Y de esos 250 años de historia brotó como de los jardines del pequeño valle vaticano, ese mismo grito de angustia y de agonía del cual había sabido hacer la fe, ya desde las primeras torturas, un grito de esperanza.”

Al completar en su carne lo que faltaba a la Pasión de Cristo (Col. 1, 24), estos héroes de los primeros tiempos dieron a su fe sincera y sencilla el sello de su dramática oblación, sin el cual ninguna verdad triunfa en la tierra, y nos “ofrecieron a las futuras generaciones unos modelos que no se han desvalorizado ni por las insulseces piadosas ni por los panegíricos insuflados de leyenda de los comentaristas. La mitad al menos de los nombres venerados en el ciclo santoral del año litúrgico pertenece todavía hoy a este periodo”. (D. Rops, Ibíd.)

En nuestros días la fe cristiana es la más dilatada, pero sigue siendo a la vez la más perseguida. En países como Irak, Pakistán, Arabia Saudita, Bangladesh, Egipto, India, China continental, Uzbekistán, Eritrea, Nigeria, Vietnam, Yemen y Corea del Norte, el río de la sangre fluye caudaloso, alimentado principalmente por la muerte y el sufrimiento de los seguidores de Cristo.

En enero, Benedicto XVI dedicó su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz y su alocución al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, a denunciar la vulneración, impune tantas veces, del derecho inviolable a la libertad religiosa, llegando a lamentar sin rodeos que “los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de la fe”. Muchos, decía, sufren “violencias e intolerancias” en varios países de forma cruel y abierta, y en ellos “la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad personal.” Es el martirio rojo. Ha sido especialmente brutal el asesinato perpetrado el pasado 2 de marzo sobre Shahbaz Bhattí, laico católico de 42 años y ministro pakistaní para las Minorías Religiosas.

Pero “en otras regiones, continúa el Papa, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos.” Y esto nos pilla mucho más cerca. La burla soez, la acusación pública destemplada y calumniosa, la falsedad histórica y la acritud más acérrima, se desatan a diario en muchos países del viejo occidente cristiano, y son padecidas por pastores –el Santo Padre sin ir más lejos–, por sencillos hombres y mujeres, por jóvenes en sus lugares de estudio y diversión, que se ven humillados y despreciados, padeciendo el martirio blanco de su fidelidad perseverante.

En la arena de los ‘coliseos’ de hoy, como en el de Roma, miles de cristianos “imitadores del amor verdadero” (S. Policarpo), elevan con la gesta de su sangre una sencilla cruz, muda protesta contra la barbarie, himno de libertad y símbolo de un eterno triunfo.

Al recordarles desde estas páginas, rogamos a nuestro Dios que esa sangre siga siendo semilla de nuevos santos, y contagioso ejemplo para nosotros.

viernes, 1 de abril de 2011

Mártires: testigos e imitadores de Cristo

P. Tomás Morales
Mártir, en su sentido etimológico, primitivo, en griego clásico, quiere decir testigo, pero cualificado, testigo hasta la muerte. El latín traduce la palabra griega por "testis", testigo. De hecho, en ambas lenguas, las dos palabras tienen idéntica significación para el hombre de la calle. Los fieles de Hipona no sabían griego. Un día, hacia 416, les comentaba san Agustín la I carta de S. Juan. "La vida se manifestó, la hemos visto y damos testimonio". Les decía: Fue como si el apóstol hubiese dicho: le vimos y somos mártires.

Mártir. La palabra es expresiva, rica en contenido… “Testigos de la Resurrección", llaman los Hechos a los primeros cristianos. Es un testimonio hasta la muerte el que dan con su vida. La muerte del martirio blanco de cada día. La del martirio rojo de la sangre, regalo supremo que Dios puede conceder en esta vida y el cristiano debe estar anhelando siempre.

El mártir, ese "testigo viviente de lo Eterno", está persuadido que "si no estamos dispuestos al martirio, es que la vida de Cristo no está en nosotros" (S. Ignacio Antioquía). Capta una idea familiar a los primeros cristianos: sólo el mártir es el auténtico imitador de Cristo. "Émulos e imitadores de Jesús", dicen las iglesias de Lyon y Viena anunciando a todas las cristiandades el sacrificio de sus mártires en 177 bajo Marco Aurelio.

Esta persuasión de que el mártir es el perfecto imitador de Cristo, se graba indeleble en el corazón de los primeros cristianos. Tan profundamente penetró, que se transmitirá hasta nuestros días. Al cesar la era de las persecuciones, los cristianos, imposibilitados de derramar su sangre por Cristo, inventaron el "martirio blanco", la vida de perfección religiosa. Anacoretas primero en vida solitaria, cenobitas después en ambiente monacal, frailes mendicantes y andariegos... Órdenes y congregaciones religiosas, modernas instituciones seculares. Es un eco que repercute a lo largo y a lo ancho de los siglos.

Es la hondísima convicción de Ignacio de Antioquía cuando dice a los cristianos de Roma en la víspera de su martirio: "No me impidáis unirme a Dios... Ahora comienzo a ser discípulo de Cristo". S. Policarpo escribe a los filipenses. Les felicita por haber acogido a Ignacio y sus compañeros que van camino del martirio, y llama a éstos "imitaciones de la verdadera caridad". Cristo, el amor, está clavado en la cruz. El mártir lo copia, y se clava por y con ÉI. Como "buen espiritual", sabe que cuanto más se aniquilare por Dios, tanto más se une a Él y tanto mayor obra hace" (Juan de la Cruz).

Orígenes, animando a sus amigos Ambrosio y Protecto, les dice que “el mejor medio de devolver a Dios lo que de Él habéis recibido, y de casi igualar sus beneficios, es el martirio". Dice "casi igualar". Fijaos. Iguala un mártir a Cristo, porque, como Jesús, da todo lo que tiene. Pero la ecuación no es perfecta. Cristo da mucho más. EI mártir es mero hombre, poco es lo que puede entregar, pero Jesús es Dios, y nos entrega todas sus riquezas.

Martirio rojo, martirio blanco. No todos podían entonces tener la alegría de ofrecer su vida derramando sangre. Las persecuciones variaban al compás de la política imperial. Cuando cesan en los periodos de paz, con certera intuición, comprenden los cristianos que la lucha contra las pasiones es sustitutivo del martirio rojo. Así san Cipriano, asemeja ya el mártir rojo al blanco. "Dios en tiempo de persecución corona al soldado, y en tiempo de paz, es la conciencia quien merece corona".

Exhortando a los vírgenes a hacerse almas martiriales, les dice: "La paz tiene también sus coronas, la paz tiene también su martirio". El bautizado vive el martirio de la paz mientras Cristo no le pida derramar su sangre por Él.

El mártir siente dentro una vivencia sorprendente: Cristo vive y sufre con él. Para aquellos primeros hermanos nuestros, esta intimidad con Cristo doloroso, cuya Pasión imitaban, les sostenía en sus dolores. En medio de sus tormentos, demostraban a todos que "el Señor estaba a su lado hablando familiarmente de ellos” (Actas martirio S. Policarpo). Blandina, la santa mártir de Lyon a sus 17 años, "apenas se daba cuenta de sus dolores a causa de su esperanza del cielo y de su conversación con Cristo". En la prisión de Cartago, el carcelero se burla de Santa Perpetua. Sentía dolores al dar a luz: ''¿Cómo vas a soportar las fieras?", le pregunta. La santa responde: "Ahora, sufro yo sola. Entonces, Otro sufrirá en mí y por mí, porque yo sufriré en Él".

"Cristóforos", portadores de Cristo. Así llama Ignacio de Antioquía a los mártires de entonces. Los paganos llevaban en andas a sus divinidades, pero los cristianos portan a Cristo en sus vidas.

Vademecum

De la satis-facción a la satis-pasión

Por Abilio de Gregorio

Una de las vivencias pulsionales más primarias de la naturaleza humana es la tendencia a la actividad. Resulta ser una manifestación de las fuerzas originarias de la vida y, por ello, hay quienes, a falta de otros contenidos, sólo a través de la acción sienten la dinámica de su existencia, necesitan estar siempre haciendo algo, ni siquiera con la intención de obtener un rendimiento sino por el valor funcional propio de la actividad. Es al cumplimiento de esta tendencia al que en rigor tendríamos que denominar “satisfacción” (satis facere: saciado el hacer). Es ese “placer de devenir” del que hablaba Goethe y que supone un mero sentirse en la vida solamente porque estoy en acción (facio, ergo sum…), sin tener en cuenta el qué se vive y el cómo se vive.

Es ésta una de las señas que dan identidad a nuestro tiempo. La ciencia nos ha hecho el regalo de doblar el tiempo de expectativa de vida en relación con el que tenían nuestros antepasados en siglos anteriores.

Sin embargo, la relación del hombre actual con el tiempo resulta una relación conflictiva, a veces hasta neurótica, cargada de ansiedad. Desviarse el mínimo tiempo de la hora convenida supone perder oportunidades, torcer destinos, malograr posibilidades, pero, sobre todo, tener la sensación de que el tiempo se escapa rebelde a mi dominio.

Curiosa paradoja: solamente en la medida en que soy esclavo del minutaje me siento dueño y señor del tiempo.

Si los dioses habitan en la eternidad, la permanente tentación prometeica del hombre de ser como los dioses, parecería consistir en dominar el tiempo por la acción, en robar no el fuego, sino el tiempo a los dioses. Pero tal dominio, como en otros campos, consiste solamente, ¡ilusa pretensión!, en poder contarlo con minuciosa exactitud en unidades de actividad productiva. Como el “satisfecho” contable de El Principito, a quien solamente la prolija contabilidad de las estrellas asentada en los correspondientes libros del haber y del debe, le proporciona la soberbia sensación de poseerlas. Pero, en el fondo, su obsesiva ocupación no le dejó nunca tiempo para contemplarlas.

Y sin embargo la vida no cuaja al “saciarse de hacer” (satisfacción), sino cuando se “padece lo suficiente” (“satispasión”). La realidad pensada durante siglos y transmitida en nuestra cultura a través de los grandes libros sapienciales nos advierte acerca de las consecuencias de querer arrebatar a Dios la batuta para imponer nosotros el ritmo.

El Génesis habla de castigo por desobediencia; los mitos griegos hablan del castigo del “hybris” de los seres humanos. Y Dios y los dioses permanentemente intentarán poner al hombre en su sitio, ajustarlo (justicia, “diké”) a sus hechuras. Por ello, una “vida lograda” no se hace tanto por la acción sino por la aceptación.

El mensaje recurrente de la sabiduría es esa incitación a reconocer nuestra dependencia de origen, a conocer los límites del campo de juego de nuestra vida, a aceptar las condiciones. Quizás a esto y no a otra cosa se refería el oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Se trata de vivir de acuerdo con los límites o las fronteras puesto que somos seres limitados y fronterizos: más allá de la simple naturaleza física; más acá de lo divino.

Por ello, la “satispasión” requiere, en primer lugar contemplación. La respuesta proporcionada al valor de lo real dado no es la acción para cambiarlo, sino, en primer lugar, la contemplación para comprenderlo, admirarlo, y, llegado el caso, para amarlo según el “ordo amoris”. En segundo lugar, la aceptación para adecuar la vida a esa realidad sin rebeldías ni evasiones. Por último, una alta tolerancia al dolor, al sufrimiento y a las frustraciones. El profesor Cardona Pescador venía a decir en Los miedos del hombre que el proceso de madurez de la persona se realiza a través de una serie de resoluciones de conflictos, utilizando mecanismos psicológicos particulares y llegando a una sustitución paulatina del principio del placer, de poder, de autorrealización egocéntrica por el principio de conocimiento y adecuación de la vida a la realidad objetiva. “A la madurez corresponde –escribe- entre otras cualidades, una elevación del nivel de tolerancia del dolor, del sufrimiento, de las contrariedades”.

Es plausible, sin duda, todo quehacer dirigido a disminuir e incluso eliminar el dolor y el sufrimiento gratuitos en la vida de las personas. Pero conviene no olvidar que el dolor es el precio necesario de bienes del más alto valor. Quien ama sabe el dolor que produce asistir al sufrimiento o a la pérdida del amado. Solamente esquilmando la capacidad de amar extirparíamos la posibilidad de sufrir.

Pero también cuando a alguien, por sistema, le orillamos todo sufrimiento, le estamos poniendo en riesgo de no poder catar el sabor del amor. El dolor es constructivo cuando tiene un sentido que lo transciende. “Merece la pena”, nos decimos ante algo valioso. Y es que, no cabe duda alguna, hay bienes cuyo precio es la cruz.

Recordad las maravillas que hizo el señor

Homilía pronunciada en la Eucaristía celebrada con motivo del cincuenta aniversario de la Milicia de Santa María.

P. Emiliano Manso Álaez

“RECORDAD LAS MARAVILLAS QUE HIZO EL SEÑOR”

Esta exhortación del Salmo 104 nos da la clave de esta celebración: “No olvidéis las acciones del Señor”.

Estamos aquí porque no olvidamos las gracias de Dios que hemos recibido, tanto individual como colectivamente. Recordamos el inicio de la Institución de la Milicia de santa María hace cincuenta años.

Lo recordamos nosotros que estamos aquí y que hemos estado o estamos relacionados en diferentes grados con este retoño de la Cruzada de Santa María que es la Milicia y reconocemos que la mano del Señor ha estado grande con nosotros a lo largo de estos cincuenta años.

Deseamos recordar y agradecer las maravillas que ha hecho el Señor. Realmente la “riqueza de su gracia ha sido un derroche para nosotros” (Ef 1, 8).

Deseamos agradecer la protección que nos ha prodigado por y en la Virgen María, que constituye la seña de identidad de nuestra Institución.

Unimos nuestras voces y nuestros corazones en la plegaria común y lo hacemos en la celebración que es en sí misma acción de gracias: Eucaristía, por Cristo y en Él al Padre en la unidad, en el amor del Espíritu Santo.

***

No me corresponde en este momento ―respetando la naturaleza de la homilía― hacer una presentación de la Milicia de Santa María: de su historia, de su desarrollo, de su estructura y organización, de su ideario y principios pedagógicos, de su método, de sus fines y metas; ni hacer un elenco de sus nombres carismáticos y protagonistas. De todos modos es ineludible referirse a algunos de los aspectos de la Milicia, ya que, la acción de gracias es razón del Jubileo de los cincuenta años de vida de la Institución. Por otra parte, todos los que estáis aquí conocéis la Milicia de Santa María y algunos muy desde dentro, y eso me libera de explicaciones aclaratorias; conocéis plenamente el alcance aún de las meras alusiones.

Celebramos esta efemérides jubilar en un contexto litúrgico que lo forma primeramente la proclamación de la Palabra de Dios. Nos atendremos a los textos que hoy nos corresponden, en este Sexto Domingo durante el año; textos que hoy escuchan todos los fieles de la Iglesia en toda la redondez del planeta; y nosotros, por esto mismo, nos sentimos en comunión con ellos.

Dice el libro del Eclesiástico: “Al principio Dios creo al hombre y lo dejó en poder de su propio albedrío”, versículo anterior al texto que hemos leído en la primera lectura.

La libertad es un don admirable de Dios al hombre y está en la base de toda su obra moral. Puede elegir el fuego o el agua, la vida o la muerte, dice sugerente el texto que hemos leído (cf Ecl 15, 16-18). El hombre puede decidir obedecer los mandatos de Dios o rechazarlos, Dios conoce el comportamiento humano “conoce todas las obras del hombre”. Dios no incita a nadie al pecado, es el hombre quien lo comete, abusando de su libertad.

El autor inspirado de este libro del Antiguo Testamento no conoce aun lo que se revelará progresivamente: que el hombre es redimido por Cristo, el hombre nuevo; que es liberado del pecado y que deberá luchar para dominar las pasiones desordenadas, ayudado por la gracia divina.

La Milicia de Santa María tiene la misión de estar consagrada a la educación de los adolescentes y de los jóvenes. Etapa ilusionante y arriesgada de la vida, encrucijada de la vida. La Milicia educa la libertad, poniendo en ejercicio la reflexión, la responsabilidad y la constancia. Esto se descubre y se practica en un momento privilegiado del año, en el Aula Magna de los campamentos, en la montaña.

Se ayuda al joven a descubrir la sabiduría divina. Dios la ofrece a todos, la pone a disposición de todos; consiste en llegar al tener, como dice san Pablo: “el conocimiento de Cristo”. Conocer a Cristo, amarle y seguirle. Conocer como Cristo conoce, amar como Cristo ama y vivir como Cristo vive. “Una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo… sino una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1Cor 2, 7).

El militante de la Virgen conoce y asimila esta sabiduría en los Ejercicios Espirituales ignacianos y en una vida espiritual progresiva, regulada, adaptada a su edad o a su nivel espiritual. El militante está abierto a la llamada de Dios, dispuesto al seguimiento de Cristo, descubriendo su vocación y su estado futuro de vida: matrimonio en radicalidad evangélica; vida consagrada en la profesión de los consejos evangélicos; sacerdocio según el Corazón del Buen Pastor.

Jesús habla en el Sermón de la Montaña del programa de su reino, de la identidad de sus discípulos; proclama las Bienaventuranzas: su evangelio condensado; eleva a la perfección el ideal moral del Antiguo Testamento en los Mandamientos, mostrando el estilo de vida original evangélico mediante seis antítesis.

Hoy se leen tres mandamientos: El quinto, no matarás; el sexto, no cometerás adulterio; y el segundo, no jurarás en falso. Nos fijamos en el denominador común de las tres antítesis que Jesús establece, elevando sus exigencias. Jesús nos eleva en perfección, en exigencia: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud” (Mt 5, 17). Y concluye con una sentencia categórica: “Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20). Jesús lo engloba todo en una tendencia de mayor exigencia, de mayor perfección. Es una tendencia de más y más que supone la batalla contra la mediocridad.

En la Milicia hay una norma, un criterio, una convicción, es como la atmósfera que se respira: “Al joven si se le pide poco, no da nada, si se le pide mucho da más”. En la Milicia se cree en la llamada del Señor a la santidad, se cree en la gracia coadyuvante de Dios; se cree en las posibilidades con que Dios ha enriquecido a la juventud. En la Milicia no se cortan las alas del idealismo, de las ansias desbordantes, al contrario se les da alas para conquistar un gran ideal.

Pensemos un momento en este reto comparativo que lanzó el Señor a sus oyentes y que lo sigue planteando a todos lo que lo leen o escuchan: “Si no sois mejores que los escribas y fariseos…” Los escribas y fariseos eran un estamento social de mucho relieve y prestigio en el pueblo de Israel, no era un grupo vulgar, mediocre. Es cierto, tenían defectos y Jesús los denunció frontalmente, incitándoles a corregirlos; y advertía a sus discípulos para que no cayeran en semejantes pecados: “No hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23, 3). ¿Qué hacían? “Ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar” (Mt 23, 4). Se creían mejores que los demás. No sentían la necesidad de cambiar. “Confiaban en sí mismos por considerase justos y despreciaban a los demás” (Lc 18, 9). Eran arrogantes. A su vida y a sus personas les envolvía el manto de la apariencia, de la hipocresía, de la soberbia.

La crítica por parte de Jesús de estos defectos ―característicos de todo grupo rigorista― pone de relieve, por contraste, las virtudes que desea que sus discípulos practiquen. Todo grupo que busca la perfección ha de vigilar para no caer en el perfeccionismo. Todo grupo que aspira a la santidad, no ha de creer que por el hecho de aspirar a ella ya la ha conseguido. No ha de considerar que tiene la patente de la santidad, manifestando incluso la osadía de acusar a los demás de relajados.

Lo que llamamos en la Milicia, con un término acuñado por Abelardo, la mística de las miserias, no es en el fondo otra cosa que fomentar la actitud de humildad ante Dios y la caridad comprensiva de las deficiencias de los hermanos a los que se quiere ayudar a superarlas.

No pactar con el pecado pero sí acoger al que peca, lo reconoce y lucha por corregirse.

Uno que reconoce su miseria y su deficiencia humildemente ante el Señor, no tiene la osadía de creerse mejor que los demás; vive colgado de la misericordia de Dios, comprende y acoge a los hermanos débiles.

LA EXIGENCIA NO SE REBAJA PORQUE SE EXIJA CON AMOR

La Milicia de Santa María nace del impulso apostólico de los Cruzados de Santa María. El Siervo de Dios, P. Tomas Morales es el fundador de la Cruzada y en consecuencia de la Milicia. Quien la consolida y desarrolla es Abelardo de Armas. Es provechoso y oportuno, en este momento que estamos viviendo y padeciendo, citar algunas palabras de Abelardo, donde se reafirma con claridad una idea, entre otras también muy pertinentes e interesantes: “La Milicia es una proyección de la Cruzada, está vinculada a ella, por consiguiente, es pertenencia suya”.

Decía a los cruzados en los Ejercicios Espirituales de 1986: “La Cruzada puede vivir sin la milicia, la Milicia no podrá vivir sin la Cruzada. Si le quitásemos la Cruzada a la Milicia, si lo que estamos haciendo aquí unos días, lo hiciéramos indefinidamente, se extinguiría rapidísimamente”.

Más adelante afirma, completando la afirmación anterior: “La Cruzada necesita de la Milicia, porque sin ella desaparece el carisma fundacional: la mística campamental, la santidad educadora que debe proyectar hacia otros. Por eso el enemigo tiene tantísimo interés en que no exista la Milicia… El cruzado debe tener a su alrededor Milicia”.

Considera en este momento la Milicia no como institución sino en un sentido amplio: todo el apostolado particular en el que se proyecta todo cruzado: “La Milicia es el eco de la Cruzada”. “Si no hay Milicia no hay mística campamental”.

En los Ejercicios de 1987 acude a una imagen para explicar la naturaleza de la Milicia en relación con la Cruzada. Para describir las relaciones mutuas acude a la imagen del cuerpo y alma. Imagen susceptible de múltiples aplicaciones, Abelardo la usa para describir las relaciones mutuas entre la Cruzada y la Milicia: “La Cruzada necesita, para el crecimiento del espíritu que la anima y para la expansión de su carisma fundacional, un cuerpo... la Cruzada encuentra en la Milicia el cuerpo más adecuado para el completo desarrollo de su mística educadora”.

Dice de modo terminante: “La consolidación y expansión de la Cruzada vendrá con la consolidación de la Milicia”

Y exhorta de modo imperativo a los Cruzados: “Amad a la Milicia”.

***

Permitidme una confidencia y un testimonio personal. Cuando hace 44 años me puse en contacto con la Cruzada- Milicia, quedé deslumbrado. Era sacerdote desde hacía dos años y quedé impactado por la fuerza de su pedagogía, por el espíritu que se respiraba, por el ideal apostólico que se proponía. Me sentía plenamente identificado, vibraba al unísono. Admiraba la coherencia de aquellos cruzados y militantes, el ardor apostólico, la tendencia a la santidad sin recortes ni miedos, en fin, el amor apasionado a Jesucristo y a la Virgen.

La Milicia es una minoría selecta, que se autoselecciona porque es un grupo, una minoría creativa. Quiso el Señor que aprendiera los senderos por las cumbres de Gredos detrás de Abelardo, paso a paso, desde aquel mi primer campamento, en el año 1968. Esto se convertía para mí en todo un símbolo.

He visto pasar oleadas de jóvenes por nuestra Milicia y, siendo sincero, os tengo también que decir que me hubiera gustado que se hubieran quedado con nosotros, si no todos sí muchos más.

Es un dato comprobado lo que decía Abelardo refriéndose a la relación de la Milicia con la Cruzada: la Milicia permanece gracias a la Cruzada.

EN LA MILICIA SE AMA A LAVIRGEN

Si queremos celebrar el nacimiento de la Milicia hemos de celebrar una fiesta de la Virgen. Es una coincidencia providencial y gozosa: la Milicia nace en la fiesta de las apariciones de la Virgen de Lourdes. El nombre de María va estampado en el nombre de nuestra institución: Milicia de Santa María. No es un rasgo accidental; constituye su entraña, esta es su identidad.

Si la Milicia es la proyección apostólica de la Cruzada también la Milicia, como afirma de sí la Cruzada, es María y solo eso, María a todas las almas y nosotros santos por María. En consecuencia, citando una regla de los Cruzados, el cruzado ―y el militante por consiguiente― se esfuerza por cultivar en sí y en los demás por todos los medios, el amor apasionado a la Señora.

El primer compromiso que hace el más joven de los militantes es rezar el Rosario; se respira una tierna y confiada devoción a María. Es la Madre de Dios, es el regazo maternal y acogedor en todas las dificultades; es el ideal de perfección en todas las virtudes. Es la madre amantísima, es la Virgen Inmaculada.

Abelardo, en una de sus canciones comprende por qué se ama tanto a la Virgen en la Milicia.

Abelardo, en la letra de sus canciones plasmaba tanto los latidos más íntimos de sus vivencias, de su corazón, como los rasgos esenciales del carisma de la Milicia. Era una pedagogía que se hacía música y canción. La Virgen despuntaba constantemente en sus canciones. Dice así en una de ellas, con alusiones a la Milicia:

Quisiera preguntarte, Madre mía,
por qué proteges tanto al alma mía.
Quisiera comprender qué tiene tu querer
que en Ti se hace tan dulce el padecer.
Respondes que eres Madre, y tu ternura
te lleva a amar a tus hijos con locura.
Que a aquel que acude a Ti, le das tu Corazón
y en él halla refugio y protección.
Ahora ya comprendo, es de justicia,
por qué se te ama tanto en tu Milicia.
Sin Ti no hay santidad, sin Ti no hay perfección,
contigo somos todo del Señor.
Sin Ti no hay santidad, sin Ti no hay perfección,
contigo sólo Cristo es mi Señor.

Celebrar, pues, el nacimiento de la Milicia, es celebrar la fiesta de la Virgen de Lourdes. Consiste en acoger su mensaje en toda su riqueza evangélica, de oración y conversión; es creer en su identidad según ella misma se presenta: “Soy la Inmaculada Concepción”.

***

Queremos en esta ocasión, en esta efemérides jubilar, reunirnos idealmente bajo la mirada maternal de la Virgen Inmaculada todos los que a lo largo de estos cincuenta años hemos estado en la Milicia de Santa María: los que en sus años de adolescencia y juventud se beneficiaron de su estilo educativo, de su espíritu, de su impulso apostólico, de su aspiración a la altura, a más, a Dios. Los que permanecieron o los que pasaron fugazmente, pero se llevaron algún destello de luz en su mirada. Los que encontraron la ruta a seguir, la vocación, el estado de vida en el sacerdocio, en la vida consagrada o laical y en el matrimonio, radicalmente cristiano. Todos llevan el sello imborrable que les descubre.

Queremos también en este momento de intimidad ―estamos reunidos en el banquete familiar de la Eucaristía― recordar a los que se han extraviado, los que se han alejado de Cristo, los que están atrapados en los zarzales de la vida mundana.

Estuvieron con nosotros. Les esperamos con los brazos abiertos. Les recordamos en nuestras oraciones. Seguimos contando con ellos. Les abrazamos.

Todos juntos, los aquí presentes y los ausentes, lanzamos una mirada hacia el pasado y surge en el corazón una gratitud inmensa al Señor, que tanto nos ha bendecido.

Nos servimos de las palabras de la Virgen en su cántico del Magnificat, deseando tener también los sentimientos de gratitud y alegría de su Corazón. Brota en el corazón, al mismo tiempo, mirando al pasado, un profundo pesar por las deficiencias, infidelidades y pecados. Le pedimos perdón sinceramente.

Nos ayudan, tanto a dar gracias como a pedir perdón las religiosas contemplativas, a las que nos sentimos tan vinculados, de modo singular con las Carmelitas.

Miramos al presente con realismo. La realidad es la que es. Además de la batalla que hemos de sostener frente y fuera de nosotros, está la escisión interna, incomprensible, de la Institución.

La batalla frente al enemigo, el mundo que encandila con su policromía, el demonio que propone placeres que enervan y debilitan o que despliega persecuciones que asustan y aterran.

Sin embargo, miramos el futuro con esperanza y compromiso. Hay que vencer la tentación del pesimismo, que es la falta de confianza en el poder del Espíritu Santo.

Contamos con la ayuda, refugio y protección de la Virgen, como nos cantaba Abelardo en su canción.

Así podemos realizar el compromiso apostólico. Hemos de seguir realizándolo. La Milicia es una institución eminentemente apostólica. Este rasgo la caracteriza: tanto mediante el apostolado alma a alma, de amistad, individual, como el apostolado institucional, estructurado, organizado, en grupo.

El espíritu apostólico se muestra como testimonio coherente, siendo ejemplares en el cumplimiento del deber; teniendo la valentía en dar la cara por Cristo, defender la verdad, la fe, la virtud, la Iglesia.

El militante está revestido de la armadura de Dios de la que habla san Pablo en la carta a los Efesios (cf 6, 10ss.). Leed este texto, especialmente vosotros, mis queridos militantes: ceñidos la cintura con la pureza de intención, revestidos de la coraza de la caridad, calzados vuestros pies con la discreción y moderación, defendidos por el escudo de la mortificación, inflamados por la meditación del Evangelio, fortalecidos por el pan inmortal de la Eucaristía, y en vuestras manos la espada simbólica de la Palabra de Dios. Gladium spiritus quod est verbum Dei (la espada del espíritu, que es la palabra de Dios), para combatir a los enemigos del alma y conquistar una multitud de jóvenes para Cristo.

Cantamos en uno de nuestros himnos campamentales, titulado “Por los riscos va tendiendo”:

¡Marchad, marchad, marchad, soñando con María!

Lo lanzamos al viento desde las cumbres de Gredos y desde las cumbres ideales de nuestra vida, desbordantes de entusiasmo y esperanza.

¡Sí! mis queridos cruzados, militantes, amigos todos:

¡Marchad, soñando con María!
Marchad por rutas de ilusión.
La vida por España, brindada con amor.

Cristianos perseguidos hoy en el mundo: Sangre y libertad

Estar


El Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2010, que presenta cada dos años la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) -al que se puede acceder en http://www.libertadreligiosaenelmundo.com/-, revela que el número de cristianos perseguidos o discriminados en el globo es de 350 millones. En Europa, afirma el informe, no son propiamente perseguidos, pero sí son objeto de marginación y desprestigio público.

Con los datos en la mano, no es exagerado en absoluto afirmar que en el último año la situación para los cristianos en el mundo ha empeorado. Desde el macroatentado del 31 de octubre contra la catedral sirio-católica de Bagdad (donde se produjeron 60 muertos y unos 120 heridos), la persecución contra los cristianos ha arreciado de forma grave y altamente preocupante. Cientos de miles de cristianos han huido de sus casas en Irak, y en Tierra Santa es ampliamente conocido el éxodo forzoso de los cristianos, que se viene intensificando a lo largo de los últimos treinta años, y son también cientos de miles los que han ido saliendo de Palestina.

Sólo en lo que va de año, y ateniéndonos a los hechos más conocidos, han muerto asesinados tres sacerdotes en Colombia, una religiosa en la República Democrática del Congo, un pastor protestante en la India, en Año Nuevo una explosión en una iglesia copta en Alejandría (Egipto) mató a 22 personas e hirió a unas 70; también fue asesinado un religioso salesiano en Túnez, tres sacerdotes diocesanos en Brasil, México y la India, y varias decenas de laicos en Nigeria y Pakistán (destaca aquí recientemente atroz asesinato del ministro de Minorías Religiosas Shahbaz Bhatti, católico de 42 años). Se cuentan también numerosos presos y condenados a muerte en aplicación de las leyes islámicas (son muy conocidos Asia Bibi, madre de cinco hijos, en Pakistán, y Said Musa en Afganistán…) En Egipto también se han denunciado casos de asaltos de radicales musulmanes a aldeas con el fin de secuestrar mujeres cristianas para convertirlas al Islam por la fuerza.

Estamos hablando de hombres y mujeres a los que se persigue, se calumnia y se asesina por el hecho de ser cristianos. Es decir, de mártires.

Indica AIN que la tendencia creciente a la persecución y discriminación por la religión que se profesa se debe tanto a la radicalización del mundo islámico, como a la ‘cristianofobia’ y a la facilidad con que se ridiculiza y afrenta a Iglesia en algunos países desarrollados.

Tan clamoroso es el grito de la sangre derramada, que el Papa Benedicto XVI, además de sus invocaciones y denuncias con ocasión de acontecimientos concretos, ha dedicado al fenómeno de la persecución religiosa y al clamor por la libertad religiosa en el mundo el Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, el pasado 1 de enero, y de forma muy directa y con alusiones muy concretas, su alocución anual al Cuerpo Diplomático acreditado en el Vaticano, el 10 de enero, además de la homilía de la Misa del mismo 1 de enero. Su denuncia ha sido expresa, vibrante y fuerte. Además ha convocado, con ocasión del 25 aniversario de la iniciativa de Juan Pablo II, un nuevo encuentro interreligioso de oración por la paz en Asís.

LA DENUNCIA DE BENEDICTO XVI

En el Mensaje del Pontífice para la Jornada mundial de la Paz, éste señala que “se siguen constatando en el mundo persecuciones, discriminaciones, actos de violencia y de intolerancia por motivos religiosos.”

Sus palabras no se refieren sólo a los cristianos: “Particularmente en Asia y África, las víctimas son principalmente miembros de las minorías religiosas, a los que se impide profesar libremente o cambiar la propia religión a través de la intimidación y la violación de los derechos y libertades fundamentales y de los bienes esenciales, llegando incluso a la privación de la libertad personal o de la misma vida.”

Pero afirma Benedicto XVI con claridad también que “los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe.”

En una conferencia internacional realizada a finales del año pasado en Bruselas, en la sede del Parlamento Europeo, sobre la persecución de los cristianos, el eurodiputado Konrad Szymanski recordaba que el “75% de las muertes relacionadas con crímenes de odio basados en la religión afectan a personas de fe cristiana, siendo así los cristianos los creyentes más perseguidos en el mundo”.

HOSTILIDAD ANTICRISTIANA EN EUROPA

Junto a esta persecución violenta, el Santo Padre vuelve su mirada a Occidente, donde observa formas más sofisticadas de hostilidad contra la religión, “renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos”, lo que fomenta a menudo el odio y los prejuicios.

En la Alocución al Cuerpo Diplomático, Benedicto XVI se refiere expresamente a estas amenazas: “Pienso en primer lugar en los países que conceden una gran importancia al pluralismo y la tolerancia, pero donde la religión sufre una marginación creciente. Se tiende a considerar la religión, toda religión, como un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna o incluso desestabilizador, y se busca por diversos medios impedir su influencia en la vida social. Se llega así a exigir que los cristianos ejerzan su profesión sin referencia a sus convicciones religiosas y morales, es incluso en contradicción con ellas, como por ejemplo allí donde están en vigor leyes que limitan el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios o de algunos profesionales del derecho.”

Joseph Weiler, constitucionalista de origen judío, y en la actualidad profesor de la New York University, se ha referido a este fenómeno con el elocuente término de “cristianofobia”.

Pasemos a algunos ejemplos notables del mismo. Es bien sabido que Benedicto XVI hubo de suspender su intervención académica y su visita a la universidad romana de La Sapienza en enero de 2008 porque un grupo de activistas anticatólicos se oponía furibundamente a su presencia, por considerar que invadía un espacio de pensamiento laico (no está de más recordar que esa universidad fue fundada por la Santa Sede, y durante siglos fue considerada la “universidad del Papa”)

En 2004, Rocco Buttiglione, político y filósofo italiano y católico, no pudo ser Comisario de la Unión Europea y hubo de retirar su candidatura para ceder paso a un mandatario más del gusto de los eurócratas de Bruselas.

Otro caso conocido de nuestros lectores es el del juez murciano Fernando Ferrín Calamita, sentenciado en 2009 a 18 años de inhabilitación por ejercer su derecho a la objeción de conciencia al negar la adopción de una niña a la pareja lesbiana de su madre (en realidad, lo que hizo fue solicitar un informe médico pericial como requisito para proceder a la tramitación de la demanda).

Con las leyes promulgadas este año en España, la objeción del personal sanitario se ve seriamente limitada, al punto de que sólo a los facultativos directamente involucrados en prácticas de cirugía les está permitido ejercer tal derecho.

En el Reino Unido, en enero de 2009 el Ayuntamiento de Brighton negó la financiación a un asilo de misioneros anglicanos retirados por preguntar en un cuestionario a sus futuros residentes cuál es su orientación sexual. Tres años antes, un miembro del Parlamento escocés pidió que la Policía local investigase al arzobispo de Glasgow (Escocia) por defender en público la institución matrimonial cristiana.

En Alemania, una madre de familia ha sido condenada a ingresar en prisión por oponerse a que su hijo reciba clases de educación sexual en el colegio con una orientación con la que ella no está de acuerdo. Hablamos de marzo de 2011.

No está de más recordar el eco mediático alcanzado en su día por la sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos que en su día dispuso la retirada de los crucifijos de las escuelas italianas, y que afortunadamente ha sido revocada hace muy pocos días (por supuesto, sin que el hecho haya encontrado un tratamiento equivalente en los medios de comunicación).

EL DIAGNÓSTICO DE MARCELLO PERA

El conocido filósofo y senador italiano Marcello Pera, agnóstico en cuanto a sus creencias religiosas, escribió una Carta al director del Corriere de la Sera el 4 de agosto de 2010, en la que afirma sin ambages que “está en curso una guerra… entre el laicismo y el cristianismo. Es una batalla campal. Se debe llevar la memoria al nazismo y al comunismo para encontrar una similar. Cambian los medios, pero el fin es el mismo: hoy como ayer, lo que es necesario es la destrucción de la religión. Entonces Europa, pagó a esta furia destructora, el precio de la propia libertad. La destrucción de la religión comportó en ese momento la destrucción de la razón. Hoy no comportará el triunfo de la razón laicista, sino otra barbarie. En el plano ético, es la barbarie de quien asesina a un feto porque su vida dañaría la «salud psíquica» de la madre. De quien dice que un embrión es un «grumo de células» bueno para experimentos. De quien asesina a un anciano porque ya no tiene una familia que lo cuide. De quien acelera el final de un hijo porque ya no está consciente y es incurable…”

Y concluye, remitiéndose a las probables consecuencias: “También, para considerar el lado político de la guerra de los laicistas al cristianismo, la barbarie será la destrucción de Europa. Porque, abatido el cristianismo, queda el multiculturalismo, que sostiene que cada grupo tiene derecho a la propia cultura. El relativismo, que piensa que cada cultura es tan buena como cualquier otra. El pacifismo que niega que exista el mal. Esta guerra al cristianismo -concluye el pensador y político italiano- no sería tan peligrosa si los cristianos la advirtiesen. Pero el caso es que muchos de ellos participan de esa incomprensión.”

Con esta perspectiva es fácil apreciar la sabiduría que respalda la creación por parte de Benedicto XVI del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, que ha tenido lugar el pasado otoño, con la finalidad de ponerse al servicio de las Iglesias particulares, especialmente en los territorios de tradición cristiana donde con mayor evidencia se aprecia el fenómeno de la secularización (cfr.Ubicumque et semper)

EL PARLAMENTO EUROPEO, POR FIN, HA DEJADO DE MIRAR A OTRO LADO

Ante los recientes ataques contra cristianos en Egipto y Malasia, el Parlamento Europeo ha adoptado una Resolución, que lleva la firma de Mario Mauro y de Fiorello Provera, sus promotores más significados, y la fecha del 20 de enero.

Tras un duro debate, todo hay que decirlo, en el que las posiciones de algunos países de “vieja cristiandad” (España, Portugal, Luxemburgo e Irlanda) han sido llamativa causa de sonrojo, el Parlamento Europeo ha pedido a las autoridades egipcias y malasias “que garanticen la seguridad de los cristianos y de las demás minorías religiosas presentes en su territorio, y adopten las medidas necesarias para proteger las iglesias y lugares de culto”.

El texto destaca en primer lugar que el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión es “un derecho humano fundamental garantizado por los instrumentos jurídicos internacionales”. Indica también que Europa “no está exenta” de casos de violaciones de esta libertad.

LA LIBERTAD RELIGIOSA, CAMINO DE LA PAZ

Mario Mauro, eurodiputado, principal promotor de la Resolución, ha dicho que “la libertad religiosa es la condición por la que deben pasar todas nuestras demás libertades”.

Este es el enfoque utilizado por Benedicto XVI en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Insiste en que “en la libertad religiosa se expresa la especificidad de la persona humana, por la que puede ordenar la propia vida personal y social a Dios, a cuya luz se comprende plenamente la identidad, el sentido y el fin de la persona.”

La persona humana presenta una naturaleza trascendente, en la que se basa su dignidad, que se muestra como apertura al Misterio, como capacidad de trascender la propia materialidad y buscar la verdad, como apertura a Dios y como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad. Y así, dice, “el respeto de los elementos esenciales de la dignidad del hombre, como el derecho a la vida y a la libertad religiosa, es una condición para la legitimidad moral de toda norma social y jurídica.”

Lo que está en juego, según el Papa, es importante: “Si no se reconoce su propio ser espiritual, sin la apertura a la trascendencia, la persona humana se repliega sobre sí misma, no logra encontrar respuestas a los interrogantes de su corazón sobre el sentido de la vida, ni conquistar valores y principios duraderos, y tampoco consigue siquiera experimentar una auténtica libertad y desarrollar una sociedad justa.”

La libertad religiosa es por ello condición para la búsqueda de la verdad, que no se impone por la violencia, sino por “la fuerza de la misma verdad”, según expresión del Concilio Vaticano II.

Una supuesta libertad que vuelve la espalda a la posibilidad de buscar la verdad y el bien no tiene razones objetivas ni motivos para obrar, apunta el Pontífice; no tiene una “identidad” que custodiar y construir mediante sus opciones. No puede reclamar respeto (¿en función de qué podría exigirlo, si la verdad y el bien no la sostienen?). Y concluye su argumentación: “La ilusión de encontrar en el relativismo moral la clave para una pacífica convivencia es en realidad el origen de la división y negación de la dignidad de los seres humanos.”

La religión, recuerda el Papa ante el Cuerpo diplomático, no constituye un problema para la sociedad, no es un factor de perturbación o conflicto; antes bien es un venero de sabiduría del que han brotado las culturas en la historia. La búsqueda sincera de Dios conduce a un mayor respeto de la dignidad del hombre. En particular, las comunidades cristianan tienen en su haber la contribución al reconocimiento de la dignidad de todo ser humano, a la conquista de instituciones democráticas y a la afirmación de los derechos y obligaciones del hombre. Tal aportación no es sólo fruto de un compromiso político, sino de la pujanza de la fe y la caridad cristianas.

“El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda para la construcción de un orden social justo y pacífico.” Con estas palabras corona Benedicto XVI sus reflexiones. Contempla la paz como “fruto de un proceso de purificación y de elevación cultural, moral y espiritual de cada persona y de cada pueblo, en el que la dignidad humana es respetada plenamente.”

Los mártires, imitadores y testigos de Cristo, son prueba tangible e irrefutable de que la libertad del ser humano sobrepuja toda actitud innoble cuando se convierte en ofrenda de fe y de amor a Dios. Las Actas de la Iglesia primitiva no dejan de aportar el ejemplo admirable de quienes aceptaban la oblación de su vida con un gesto de perdón sincero y como un gesto de bendición hacia quienes les martirizaban. Completaban así el gesto soberano del amor redentor de Cristo, Verdad siempre antigua y siempre nueva.

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia

Fernando Martín Herráez

El tema de portada de este mes me ha llevado a releer la primera parte de la obra de Benedicto XVI “Jesús de Nazaret”. Recordaba que me había emocionado cuando leí el comentario del Papa a las Bienaventuranzas. He vuelto a leerlo y aunque mi intención inicial era escribir el artículo sobre los cristianos perseguidos a partir del texto del Papa, he preferido ceder con gusto todo el espacio a las palabras del libro.

Cada una de las afirmaciones de las Bienaventuranzas nacen de la mirada dirigida a los discípulos; describen, por así decirlo, su situación fáctica: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos (cf. Lc 6, 20 ss). Han de ser entendidas como calificaciones prácticas, pero también teológicas, de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia (…)

Referidas a la comunidad de los discípulos de Jesús, las Bienaventuranzas son una paradoja: se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que "se invierten los valores" (…)

Y si el enviado de Jesús en este mundo está aún inmerso en la pasión de Jesús, ahí se puede percibir también la gloria de la resurrección, que da una alegría, una "beatitud" mayor que toda la dicha que se haya podido experimentar antes en el mundo (…)

A los pies de la cruz de Jesús es donde mejor se entienden estas palabras: "Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados". Quien no endurece su corazón ante el dolor, ante la necesidad de los demás, quien no abre su alma al mal, sino que sufre bajo su opresión, dando razón así a la verdad, a Dios, ése abre la ventana del mundo de par en par para que entre la luz. A estos afligidos se les promete la gran consolación. En este sentido, la segunda Bienaventuranza guarda una estrecha relación con la octava: "Dichosos los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos" (…)

Llegados hasta aquí, debemos añadir algo más: para Mateo, para sus lectores y oyentes, la expresión "los perseguidos a causa de la justicia" tenía un significado profético. Para ellos se trataba de una alusión previa que el Señor hizo sobre la situación de la Iglesia en que estaban viviendo. Se había convertido en una Iglesia perseguida, perseguida "a causa de la justicia". En el lenguaje del Antiguo Testamento "justicia" expresa la fidelidad a la Torá, la fidelidad a la palabra de Dios, como habían reclamado siempre los profetas. Se trata del perseverar en la vía recta indicada por Dios, cuyo núcleo está formado por los Diez Mandamientos. En el Nuevo Testamento, el concepto equivalente al de justicia en el Antiguo Testamento es el de la "fe": el creyente es el "justo", el que sigue los caminos de Dios (cf. Sal 1, 1; Jr 17, 58). Pues la fe es caminar con Cristo, en el cual se cumple toda la Ley; ella nos une a la justicia de Cristo mismo.

Los hombres perseguidos a causa de la justicia son los que viven de la justicia de Dios, de la fe. Como la aspiración del hombre tiende siempre a emanciparse de la voluntad de Dios y a seguirse sólo a sí mismo, la fe aparecerá siempre como algo que se contrapone al "mundo" -a los poderes dominantes en cada momento-, y por eso habrá persecución a causa de la justicia en todos los periodos de la historia. A la Iglesia perseguida de todos los tiempos se le dirige esta palabra de consuelo. En su falta de poder y en su sufrimiento, la Iglesia es consciente de que se encuentra allí donde llega el Reino de Dios.

San Casiano de Imola, ruega por nosotros

San Casiano de Imola, ruega por nosotros
Himno IX de su Peristephanon.

Por Santiago Arellano Hernández
Sibila eritrea
Fresco de la Capilla Sixtina
Sibila Erirea (Miguel Ángel, 1509)

El recrudecimiento de la persecución anticristiana en tantos lugares de la tierra, me lleva de nuevo al Peristéphanon de Aurelio Prudencio Clemente, nacido el 348 o en Calahorra o en Zaragoza, según se lo disputan sus pretendidos paisanos. Hombre de gran cultura. En su juventud fue profesor de retórica (rétor). Poco después gobernador de la Tarraconense, probablemente. Finalmente el emperador Teodosio le encomendó tareas militares a las órdenes directas del Emperador. Entrado en años se dedica a escribir y se convierte en el primer gran poeta cristiano. En sus letras se percibe a Horacio sobre todo en su Cathemérinon y en el Peristéphanon, donde canta a los mártires cristianos. Escribió poemas didácticos. Es precursor de la personificación alegórica en la que como si de seres humanos se tratara combaten entre sí las Virtudes y las Pasiones, la Paciencia, la Cólera, etc. como lo harán en la Edad Media o en nuestros “autos sacramentales”.

Prudencio admira y ama la grandeza romana. Comprendió que la Providencia de Dios había hecho posible que la unidad romana preparase la universalidad del Cristianismo. Sin embargo conocía perfectamente que la resistencia del Imperio a su transformación espiritual había ocasionado abundante sangre de mártires. En un sentido profundo la contienda entre un Imperio que aspira al dominio del mundo desde el ordenamiento político universal sin otro apoyo que el de la Ley positiva y la espada, y la aspiración a una unidad de todo el género humano por la Buena Nueva del Evangelio que descubre la grandeza y dignidad de cada persona, se iba a convertir en clave de toda la historia posterior. No nos engañen las apariencias. Profanaciones en nuestra patria; asesinatos de políticos cristianos o de simples creyentes, laicos o religiosos, en cualquier punto de la tierra, cualquiera que sea la mano asesina, pregona en la sangre derramada que para “bien de la humanidad” debe impedirse que Jesucristo siga presente en el mundo.

Me conmueve, por mi condición de maestro, el relato del martirio de San Casiano (Muerto en el año 303). Casiano era maestro de escuela. Un maestro exigente. No se puede enseñar ni educar sin exigencia. Enseña a sus niños gramática. Era, además, admirado por su habilidad para inventar una especie de taquigrafía, que les permitía anotar discursos o lecciones como al dictado.

A Casiano le temían sus alumnos. Como advierte el Poeta: "Ya es sabido que el maestro es siempre intolerable para el joven escolar, y que las asignaturas son siempre insoportables para los niños...” De poco le sirvió su profesionalidad y valía. El Emperador Diocleciano había ordenado recibir culto propio de un Dios. Casiano se negó. Él sólo daba culto divino a Cristo. Acusado, fue condenado a muerte. ¿Quiénes fueron los verdugos? Sus alumnos. ¿Cuál fue el instrumento de tortura? El estilum punzón que permitía escribir en las “pizarras” de cera. Y mientras el santo con paciencia sobrenatural esperaba la muerte sus alumnos le decían con sarcasmo:

"¿Por qué lloras? tú mismo, maestro, nos diste estos hierros y nos armaste las manos... No tienes razón para airarte porque escribamos en tu cuerpo; tú mismo lo mandabas: que nunca esté inactivo el estilete en la mano.”

El crudo realismo de Prudencio me sobrecoge. Duro es entregar la vida. Pero más duro morir a manos de quien has amado y por los que has vivido.

Que mi vida diga que sigo a Jesucristo

Shahbaz Bhatti, ministro pakistaní
para las minorías, muestra en sus
manos una cruz calcinada
Shahbaz Bhatti, ministro de Minorías Religiosas de Pakistán, laico católico de 42 años, fue miserablemente abatido en la mañana del pasado dos de marzo, cuando cuatro hombres armados detuvieron su vehículo, en el que viajaba sin escolta, junto a su chófer y una sobrina, le hicieron bajar y le dispararon durante dos minutos.

El joven político estaba amenazado de muerte por haber defendido a Asia Bibi, la cristiana y madre de familia condenada a muerte por manifestar en público su condición de católica, y por pedir la revisión de la ley antiblasfemia por la cual se condenó a ésta inicuamente.

Sólo dos semanas antes, Bhatti declaraba: “Mi lucha continuará a pesar de las dificultades y amenazas que he recibido. Mi único objetivo es defender los derechos fundamentales, la libertad religiosa y la vida de los cristianos.”

Al acabar el funeral celebrado en Islamabad, el arzobispo Mons. Anthony Rufin manifestó: “Shahbaz Bhatti ha dado su vida por la fe. Estoy seguro de que la Iglesia, siguiendo sus tiempos, lo proclamará mártir”. Publicamos su ‘testamento espiritual’, un texto recogido en el libro Cristianos en Pakistán. En las pruebas la esperanza, publicado en Italia y reproducido por la Agencia Zenit.

"Yo quiero servir a Jesús"

Me han propuesto altos cargos de gobierno y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre lo he rechazado, incluso poniendo en peligro mi vida. Mi respuesta siempre ha sido la misma: "No, yo quiero servir a Jesús como un hombre normal".

Este amor me hace feliz. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Sólo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mí y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte en mí que me consideraría un privilegio el que, en este esfuerzo y en esta batalla por ayudar a los necesitados, a los pobres, a los cristianos perseguidos de Pakistán, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir por Cristo y quiero morir por él. No siento miedo alguno en este país.

Muchas veces los extremistas han tratado de asesinarme o de encarcelarme; me han amenazado, perseguido y han aterrorizado a mi familia. Los extremistas, hace unos años, pidieron incluso a mis padres, a mi madre y a mi padre, que me convencieran para que no continúe con mi misión de ayuda a los cristianos y los necesitados, pues de lo contrario me perderían. Pero mi padre siempre me ha alentado. Yo digo que, mientras viva, hasta el último aliento, seguiré sirviendo a Jesús y a esta humanidad pobre, que sufre, a los cristianos, a los necesitados, a los pobres.

Quiero deciros que me inspira mucho la Sagrada Biblia y la vida de Jesucristo. Cuanto más leo el Nuevo Testamento, los versículos de la Biblia y la palabra del Señor, más se reafirman mi fuerza y mi determinación. Cuando reflexiono en el hecho de que Jesucristo lo sacrificó todo, que Dios envió a su mismo Hijo para redimirnos y salvarnos, me pregunto cómo puedo seguir el camino del Calvario. Nuestro Señor dijo: "Ven conmigo, carga tu cruz, y sígueme". Los pasajes que más me gustan de la Biblia dicen: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme". De este modo, cuando veo a personas pobres y necesitadas, pienso que detrás de sus rasgos se encuentra Jesús, que me sale al paso.

“Cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos…”

Los mártires de la Legión Fulminata

Año 320. Ciudad de Sebaste (en Armenia, Asia Menor). El entonces emperador Licinio mandó publicar un decreto según el cual todo aquel que no renegara de su religión y adorase a los ídolos de la ciudad, sería condenado a muerte. Al conocer el texto, cuarenta soldados de la XII Legión Fulminata se presentaron al gobernador, declarando que ellos no estaban dispuestos a abandonar su religión.

El gobernador no podía creer lo que estaba escuchando. Les explicó que si no renegaban sufrirían insoportables tormentos, en cambio, si pasaban a adorar a los ídolos, recibirían grandes premios. No importaba que lo hicieran sinceramente o no. Bastaba el gesto. Esto no hizo cambiar de opinión a los valientes soldados, que aceptaron con coraje el castigo al que el gobernador les sometiese.

Fueron llevados a un oscuro calabozo, donde fueron torturados. Nada de esto les hizo cambiar de parecer. Durante esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su testamento colectivo por mano de uno de ellos, Melecio.

En el documento, impresionante, los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes espirituales; saludan después a las personas que les son más queridas.

Una vez llegada la sentencia, los cuarenta fueron condenados a morir congelados: debían ser introducidos en pleno invierno en un estanque helado y aguardar su fin. El lugar elegido fue un amplio patio delante de las termas de Sebaste. Para aumentar el sufrimiento de las víctimas, se dejó abierta una amplia puerta de acceso a las termas, de la cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del caldarium: bastaban pocos pasos para salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto.

Las horas pasaban terriblemente monótonas. San Basilio nos cuenta que se animaban mutuamente a permanecer fieles hasta la muerte con esta oración: “Señor, cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos”. Los soldados que los custodiaban asistían estupefactos a la escena.

De repente, uno de los condenados, extenuado por los espasmos y vencido en su ánimo, salió como pudo del estanque y se arrastró hacia la puerta iluminada. Sus compañeros empezaron a rezar para que Dios perdonara su debilidad. Al ver esto, uno de los vigilantes, conmovido, dio un paso al frente. Después de quitarse los vestidos, se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre los otros condenados, completando nuevamente el número de cuarenta mártires. Era el 9 de marzo del año 320.

El martirio de los cuarenta soldados de la legión XII Fulminata fue muy celebrado en la antigüedad cristiana por la valentía de los mismos y su constancia en medio de los tormentos.