sábado, 1 de enero de 2011

Mientras usted está explicando está perdiendo

Por Abilio de Gregorio

Leía hace poco esta expresión del conocido militante antiteo británico Christopher Hitchens: "Mientras usted está explicando, está perdiendo". Recomienda como clave de su estrategia ofensiva contra los creyentes en Dios poner al oponente en posición de tener que explicar. Me parece una advertencia digna de atención.

Los adultos que hayan tenido trato habitual con adolescentes habrán comprobado que, efectivamente, con frecuencia, "mientras usted está explicando, está perdiendo"... Las razones o argumentos que da como adulto serán necesarios para dejar constancia de que sus decisiones no son arbitrarias, pero constatará que nunca serán suficientes para persuadir al mozalbete e inducirlo a una modificación de perspectiva o de conducta. A partir del momento en que se avino a discutir, comenzó a perder la partida. Y es que las perspectivas que el adolescente adopta y las conductas que realiza están mayoritariamente impulsadas no por la fuerza de los silogismos o por la tracción de la racionalidad científica o demostrativa, sino por toda una compleja naturaleza que incluye razones volitivas e incluso pasionales, es decir las "razones del corazón" pascalianas. Pues exactamente igual nos sucede a los adultos en un importante ámbito de nuestra vida. Más allá de las construcciones racionales deductivas o inductivas está la "voluntad de creer", como rezaba el título de la famosa conferencia que William James pronunció en las universidades de Yale y de Brown a finales del siglo XIX en defensa de sus creencias religiosas.

En el momento en que introducimos en el matraz de las proposiciones científicas a determinadas realidades vitales (convicciones morales, cosmovisiones, adhesiones religiosas, etc.) para examinarlas con la pretendida precisión de "evidencia coercitiva" a la que aspira la razonabilidad de las ciencias exactas, constataremos que cambian su naturaleza y se hacen volátiles. Entonces se termina haciendo sociología, psicología, política...; otra cosa. Cualquiera puede constatar a través de una elemental introspección aquello que escribía Olegario González: "El ochenta por ciento de las cosas decisivas para la vida humana no son reducibles a método científico y sólo tienen credibilidad cuando una persona las vive.

El sujeto sólo encuentra confianza real para implantarse en la vida cuando ha percibido que ciertas cosas son vivibles, porque están siendo vividas por alguien que está delante de él y le ama."

Ese afán de cargarse de razones demostrables en actitud defensiva conduce, con frecuencia, a un empobrecedor parasitismo intelectual: se termina viviendo de lo que se combate; nutriéndose de lo que se rechaza. Nuestro pensamiento no sale de los lindes que le impone la objeción opositora. Se termina pensando con las categorías que le impone quien tiene la iniciativa ofensiva. Se constriñe el pensamiento al paradigma impuesto por quien le pide cuentas. No se genera sino cognición reactiva, no itinerarios de búsqueda, sino de emboscada. "Mientras usted está explicando, está perdiendo". Así no puede haber ni crecimiento ni profundización. Cuando se empieza a vivir, también en el campo de las ideas, esa ansiedad de supervivencia en la estima y la credibilidad de los demás, podían aplicarse aquellos versos de Quevedo: "en mi defensa, soy peligro sumo;/ y mientras con mis armas me consumo, / menos me hospeda el cuerpo que me entierra". Hay, pues, verdades que solamente se validan sin palabras en el testimonio de una vida que se presenta ante los demás como "vida lograda". Por ello, bien está cargar de razones a los jóvenes que han de enfrentarse a los retos del mundo actual, sobre todo para no presentarse ante el mismo como antiilustrados irracionales. Sin embargo creo que el secreto de la educación actual está en ayudar al educando a descubrir algo (Alguien) de quien (Quien) enamorarse y, a partir de ahí, alentarle: "¡tú, a lo tuyo!". Constato que los enamorados dan más bien pocas explicaciones de su amor. Se deshacen, sin embargo, en argumentos y en énfasis demostrativos cuando ese amor ha descarrilado.

Cuando se mira el espectáculo de tanta frivolidad y vacío en este individualismo gregario que nos rodea, se podrá advertir que no nos faltan razones para vivir una vida con sentido, sino la "voluntad de creer" que, en último análisis, no es sino la "voluntad de amar". Tenemos teorías, pero nos falta un gran amor que valide esas teorías. Las razones, como las flores precoces de primavera, no han sido capaces de superar los fríos tardíos y fecundarse en frutos. Les ha faltado calor. Y si inevitablemente miro el espectáculo como educador, he de concluir que no nos faltan razones; nos faltan maestros. Maestros que, al hilo de la cita anterior de O. González, enseñen a sus discípulos (hijos o alumnos) que se pueden implantar con confianza en la vida porque a su lado pueden experimentar que las cosas que se enseñan están siendo vividas por quien está delante de ellos y los aman. Y los aman... Porque para aprender a amar es preciso sentirse amado.