sábado, 1 de enero de 2011

La naturaleza, “don de Dios a la humanidad”

Por Santiago Arellano Hernández

Tuvo lugar en Roma el 29 de noviembre de 1979. Su santidad Juan Pablo II publicó la bula que proclamaba a San Francisco de Asís patrono de la Ecología y de los ecologistas. El texto comenzaba con estas luminosas palabras:
"Entre los santos y los hombres ilustres que han tenido un singular culto por la naturaleza, como magnífico don hecho por Dios a la humanidad, se incluye justamente a San Francisco de Asís."

He vuelto a la biografía que escribió San Buenaventura sobre su Padre fundador y me he encontrado de nuevo con el candor e inocencia que abre las puertas del cielo. Sólo quien se haga como un niño podrá gozarse de las realidades eternas. Sin duda somos hombres de poca fe. Nos hemos transformado en personas tan cultas, tan ilustradas, tan adultas que en vez de sabios nos hemos convertido en resabiados. Como dice Machado hemos venido a no creer en nada. La Ilustración, siguiendo claves renacentistas, demolió la presencia de lo sobrenatural en la vida cotidiana. Nos hizo desconfiar de lo creíble para convertirnos en incrédulos. Y de tanto poner en tela de juicio hasta lo más sagrado hemos terminado por ser unos desconocidos de nosotros mismos.

Giotto
Giotto, San Francisco predicando
a los pájaros, S. XII

Os traigo un fragmento del milagro de las aves, semejante a cualquiera de las deliciosas "Florecillas" de San Francisco; y el fresco de Giotto que lo representa.

¿De verdad que es una insensatez saludar y predicar a las aves "como si estuvieran dotadas de razón"? ¿Y necedad creer que eso sea posible? Para un alma tan consciente de la presencia de Dios en la creación entera y a la vez testigo ya entonces de los dolores de parto que toda la creación padece a la espera de la plenitud de Cristo, hablar a la naturaleza era reconocer su grandeza y hermosura y al mismo tiempo recordar al hombre la responsabilidad de quien está al frente y a su cuidado. No encomienda a las aves misiones imposibles, sino lo que les corresponde en el orden del ser: "mucho debéis alabar a vuestro Creador" por todo lo que se os ha concedido. Exactamente lo mismo que tendrá que predicar a los hombres. Aunque el milagro será todavía más admirable: conseguir que le escuchen y actúen en consecuencia.

Giotto nos hace visible lo esencial del relato. San Francisco exhorta, persuade y bendice. Las aves acuden a su presencia y escuchan con atención y el hermano da fe del suceso. Todo en el cuadro se hace lenguaje: la posición curvada del cuerpo del santo, la dulzura del rostro y los gestos de sus manos, ratificando o bendiciendo. En todo naturalidad, porque esto ha sucedido aquí, en este mundo, entre nosotros.

"Acercándose a Bevagna, llegó a un lugar donde se había reunido una gran multitud de aves de toda especie. Al verlas el santo de Dios, corrió presuroso a aquel sitio y saludó a las aves como si estuvieran dotadas de razón. Todas se le quedaron en actitud expectante, con los ojos fijos en él, de modo que las que se habían posado sobre los árboles, inclinando sus cabecitas, lo miraban de un modo insólito al verlo aproximarse hacia ellas. Y, dirigiéndose a las aves, las exhortó encarecidamente a escuchar la palabra de Dios, y les dijo: "Mis hermanas avecillas, mucho debéis alabar a vuestro Creador, que os ha revestido de plumas y os ha dado alas para volar, os ha otorgado el aire puro y os sustenta y gobierna, sin preocupación alguna de vuestra parte".

Mientras les decía estas cosas y otras parecidas, las avecillas, gesticulando de modo admirable, comenzaron a alargar sus cuellecitos, a extender las alas, a abrir los picos y mirarle fijamente. Entre tanto, el varón de Dios, paseándose en medio de ellas con admirable fervor de espíritu, las tocaba suavemente con la fimbria de su túnica, sin que por ello ninguna se moviera de su lugar, hasta que, hecha la señal de la cruz y concedida su licencia y bendición, remontaron todas a un mismo tiempo el vuelo".