jueves, 1 de abril de 2010

Fetiches de la cultura contemporánea: La cultura del self love

Por Abilio de Gregorio

La mayor parte de los analistas de las vigencias de pensamiento y de los comportamientos sociales parecen coincidir en destacar la presencia de una cultura del individualismo (algunos con un cierto sentido del pudor hablan de "personalización" o le añaden al individualismo adjetivos de despiste: expresivo, reaccional, institucionalizado...) como horizonte en el que habría que entender la mayor parte de los cambios que nos acompañan hoy. No se trata ya del individuo que encuentra su realización en su vinculación o adhesión a las normas nacidas de la razón universal o de los grupos de pertenencia como la familia extensa, la estirpe, la nación, la Iglesia, o la clase social. Esto era modernidad. En el individualismo de la nueva cultura cada sujeto se realiza en la afirmación de sí mismo como valor supremo. Este individualismo surge de una decidida intención de distanciarse de instituciones, de vigencias sociales, de normas venidas de fuera a las que se percibe como lastres de la libertad y como obstáculos para la posibilidad de elección.

Como afirma Touraine, "el sujeto, que durante mucho tiempo han proyectado los hombres más allá de ellos mismos, en un paraíso, una ciudad libre o una sociedad justa, ha entrado en cada individuo, para convertirse en afirmación de sí como portador del derecho a ser un individuo capaz de afirmarse contra todas las fuerzas impersonales que le destruían. La muerte de Dios no ha conducido sólo al triunfo de la razón y el cálculo, o inversamente a la liberación de los deseos; ha llevado también a cada individuo a afirmase como el creador de sí mismo, considerarse la finalidad de su propia acción".

En esta cultura del "self love" cada sujeto se erige a sí mismo en la medida de todas las cosas; el yo de cada uno es el origen y el fin de su propia afirmación y se constituye en valor supremo, en dueño de su propia vida, de su destino y en referente único del sentido de su vida y de sus actos. Él es el fundador de su historia y la medida de la verdad, de la bondad y de la belleza. Reclama su libertad como su propio fin.

Se establece así una estética, una ética e incluso una ascética que podríamos denominar de la "autenticidad" como señala el canadiense Charles Taylor en tanto que búsqueda de una identidad individualizada que comienza y termina en mí mismo y que no responde sino ante sí misma. Esta ética genera una serie de imperativos que se convierten en eslóganes de fácil digestión, en fetiches ideológicos, como "vive tu vida", "sé tú mismo", "libera tu verdadero yo", "has de encontrarte a ti mismo", "realízate", "no dejes que nadie decida por ti", "sé fiel a ti mismo", etc.

Esta sedicente ética de la autenticidad produce conciencia de unos derechos perentorios: el derecho a la autorrealización, a la felicidad individual que sólo cada sujeto está legitimado a definir, a vivir la propia vida en los términos y por los derroteros que cada cual crea más convenientes, a ser los creadores de la propia identidad sin tener por qué atenerse a instancias ajenas a sí mismos.

Estamos, sin duda, ante un importante giro antropológico, quizás ante una reconceptualización de la humanidad que ya no se define por la razón -razón universal-, como en la modernidad, sino por la subjetividad.

Realizarse, pues, supone dar salida a los propios deseos, a los intereses individuales, a las aspiraciones, afectos y potencialidades. Se propone la espontaneidad como virtud cardinal. Por ello se "psicologiza" nuestra cultura, como hace notar Lipovetsky. Se trata de "estar a gusto consigo mismo". Obsérvese la proliferación de la bibliografía denominada de autoayuda, la relevancia dada a los sentimientos de autoestima en la educación, los esfuerzos para lograr una imagen del propio cuerpo con la que sentirse reconciliado con uno mismo, la recomendación de dejarse llevar por los dictados del corazón, etc.

Todo ello configura un modelo de sujeto exigidor de derechos personales. Es más: parecería que es tal la relevancia del deseo en esa preeminencia del subjetivismo, que el simple hecho de desear algo lo convierte en derecho que se ha de demandar. Pero ahora los derechos se plantean no tanto como demanda de aquello que me permite constituirme como ser humano, sino demanda del derecho a ser diferente, derechos a la individualidad. No se trata tanto de derechos ciudadanos, sino de derechos privados. Como bien hace notar A. Touraine, ya no se trata de los derechos a ser como los otros, sino de los derechos a ser otro.

Así, pues, los grupos de pertenencia, familia, nación, iglesia, etc., ya no son vistos como grupos que dotan de identidad al individuo, sino como espacios en los cuales hacer presente su individualidad y a los que se reclama el derecho a la identidad diferencial.

Dichos grupos ya no constituyen al individuo sino que será la subjetiva forma de adhesión y de compromiso que quiera tener el individuo la que dote de identidad al grupo, el cual pasa a ser una simple entidad de servicios al sujeto que lo terminará valorando en función de la capacidad que tenga para satisfacerle sus demandas subjetivas. Grupos e instituciones valen solamente en la medida en que me permitan "sentirme bien".

Incluso la ayuda al otro, que parecería formar parte de las virtudes sociales de nuestra época, se presentará como "altruismo indoloro" en diagnóstico de Lipovetsky, como un altruismo higiénico.

Nada más.