viernes, 1 de octubre de 2010

Europa perdida en el laberinto

Por Abilio de Gregorio

Nuestros gobernantes, conscientes de que los ciudadanos necesitamos entretenimientos, nos sueltan de vez en cuando algún juguete para ver cómo nos peleamos. Es el caso de la polémica por el uso del velo islámico o, más genéricamente, por la integración de los inmigrantes en los denominados valores de nuestra cultura. Con la solemnidad de quienes se consideran pertenecer a una estirpe moral de rango superior, se enfatiza en la intransigencia que debe mostrar una sociedad occidental europea en relación con cualquier manifestación que implique falta de respeto a nuestras vigencias culturales, fundamentadas, decimos, en unas altas cotas de culto de los derechos del hombre. Dejando al margen esa suerte de pensamiento cafre de quienes pretenderían, si pudieran, imponer al inmigrante hasta nuestro color de piel, es sobradamente razonable, por ejemplo, que se exija al advenedizo eliminar comportamientos y signos de sometimiento y humillación de la mujer. Que se le exija el cumplimiento de las leyes vigentes en materia de escolarización de hijos e hijas o en materia de acceso libre al matrimonio. Es razonable que se persiga toda incitación a la imposición violenta de creencias o visiones de la organización social. Es cuestión de supervivencia.

La legitimidad moral para una tal exigencia, sin embargo, no procede del hecho de ser "propietarios" de ese territorio entre fronteras al que llegan migrantes de otros pueblos y al que se han de adaptar simplemente por estar en casa ajena. Séneca decía que miraba todas las tierras como si fueran propias y miraba la suya propia como si fuera de todos. La legitimidad de la demanda europea ha de proceder de la superioridad de una concepción del ordenamiento jurídico-social que, hundiendo sus raíces en la razón griega, en el sentido de la ciudadanía romana y, sobre todo, en la aportación de la trascendencia cristiana, ha llegado a cumbres de comprensión de la dignidad y de los derechos del hombre a las que no han llegado otros pueblos. Es el humanismo del "logos", el humanismo de la filiación divina judeo-cristiana, el humanismo de la libertad ordenada y compartida en la ciudadanía, todo ello en diálogos y en síntesis, a veces agónicos, durante largos siglos el que ha alumbrado la magnífica construcción de los derechos del hombre que preside nuestra democracia liberal en Europa. Sistema de organización que se ha demostrado superior a cualquier otro sistema. Los pueblos europeos no pueden renunciar, pues, a este patrimonio ético en beneficio de una supuesta convivencia multicultural o "alianza de civilizaciones".

Sin embargo, en la medida en que Europa pierda esa superioridad axiológica, ya no tendrá en sus manos más que la fuerza de "los más" para imponer sus costumbres y domeñar las costumbres de los foráneos ¿Hasta cuándo podría ejercer tal poder? ¿Con qué eficacia?

Macercello Pera en su ensayo recientemente publicado en España, ("Por qué debemos considerarnos cristianos", Ed. Encuentro. Madrid, 2010), se pregunta: "¿Qué es Europa? ¿En qué cree? ¿Qué ideas, valores, y estilos de vida persigue?" (...) "Lo que está pasando en Europa es una apostasía del cristianismo..."

¿Desde qué superioridad ética puede presentarse ante las vigencias axiológicas de los pueblos inmigrantes una sociedad europea que sostiene el aborto como un derecho de la mujer, que favorece la eugenesia, que preconiza la eutanasia, que presenta como una conquista la equiparación de cualquier forma de convivencia entre personas del mismo sexo al matrimonio entre un hombre y una mujer? ¿Son éstas unas credenciales válidas de humanismo para presentarse ante las gentes venidas de otras culturas y constreñirlas a la aceptación de nuestro ordenamiento jurídico o cultural? ¿Con qué legitimidad moral puede nuestra sociedad censurar o prohibir el llamativo (hasta excéntrico) recato de algunas mujeres procedentes de la cultura islámica cuando esa misma sociedad nuestra propone como ideal educativo a nuestros niños una concepción puramente hedónica del sexo y exhibe una práctica zoocéntrica del amor? ¿En nombre de qué superioridad moral se puede solicitar adhesión a nuestras vigencias culturales a gentes inmigrantes que, con frecuencia, padecen estrecheces y carencias extremas por subvenir a miembros de su familia mientras constatan que sus empleadores, con frecuencia, abandonan a los suyos en manos ajenas? ¿Está claro hoy para Europa el principio de humanidad sobre el cual se ha de asentar su construcción social, jurídica y política?

Suena como un mantra esa idea, rebotando en mil ecos, de que Europa corre el riesgo de perder su perfil propio como consecuencia de la inmigración. Y se reclaman políticas de control, de endurecimiento de condiciones de acceso, de cerrojos en las puertas de entrada. Probablemente todo ello sea necesario para tranquilizar histerias, pero inútil en orden al mantenimiento de su identidad. No es la inmigración la que amenaza nuestra identidad: Europa comenzó a perderla antes de la inmigración. Su drama no consiste en que le roban la identidad, sino en que no tiene ya nada consistente y alternativo que ofrecer ni a los suyos ni a otros pueblos.

Es preciso volver a los mimbres con los que los primeros padres de Europa quisieron construir la Unión: Schuman decía en 1958 ante el primer parlamento europeo: "Todos los países de Europa están penetrados por la civilización cristiana. Esta es el alma que es preciso volver a darle a Europa". Y de Gasperi escribía: "¿Cómo concebir Europa sin tener en cuenta el cristianismo, ignorando su enseñanza fraterna, social, humanitaria?". Y en la misma línea apuntaba Adenauer: "Considerábamos como meta de nuestra política exterior la unificación de Europa, porque es la única posibilidad de afirmar y salvaguardar nuestra civilización occidental y cristiana contra las furias totalitarias".