viernes, 11 de febrero de 2011

50 años de fidelidad

Editorial revista Hágase Estar nº 254
Portada Estar 254
Portada Estar nº 254
La Milicia de Santa María es pequeña. Mejor. Ojalá lo sea siempre. Y ojalá también que el fruto que el Señor y su Madre quieran dar a este movimiento juvenil, retoño de la obra fundada por el siervo de Dios P. Tomás Morales, los Cruzados de Santa María, sea un fruto oculto a las miradas humanas -demasiado humanas- que buscan la perfección a ultranza y el número, el éxito mundano en fin. Que sea un fruto del que se siga la mayor gloria de Dios. Sólo de Dios.

50 años. El P. Morales -15 de marzo de 1960- acababa de ser separado, por esas cosas de los hombres que Dios permite, de la obra del Hogar del Empleado que él había puesto en marcha en 1946. El 21 de junio le sigue Abelardo de Armas y unos poquitos más. Tras un verano y un otoño "de catacumbas" -llovían amenazas por doquier-, el 11 de febrero de 1961, tuvo lugar el primer círculo de estudios con jóvenes que comenzaban a acercarse al Cenáculo del primer puñado de cruzados de la Virgen, que nacía para la Iglesia con vocación de instituto secular.

Desde entonces y gracias al apostolado 'alma a alma' que éstos realizaban, comenzó un movimiento de jóvenes que cuajaría en la Milicia de Santa María. Ese verano se reestablecían la campaña de marchas a la sierra de Madrid y los campamentos en la de Gredos, reavivando lo que se inició en los tiempos del Hogar.

Al poco tiempo, el 'desterrado' padre Morales reanuda en Extremadura su labor con jóvenes a través de los Ejercicios Espirituales, y en 1964 los primeros cruzados saltan a Perú. Surge un brote multiforme de jóvenes que se verá incrementado cuando en la Navidad de 1970 D. Casimiro Morcillo, arzobispo de Madrid, propone a cruzados y militantes emprender una labor de intenso apostolado en los centros de enseñanza media. Era la "operación instituto", con  la que tuvo lugar el primer salto numérico para la Milicia, que iniciaba ya su expansión por varias provincias españolas. Empezaron también las convivencias de Villagarcía con Abelardo, que se mantendrían por espacio de 20 años.

La Milicia de Santa María ha venido a constituir el ámbito más específico de formación de jóvenes y el cauce preferencial de la dedicación del instituto Cruzados de Santa María a la juventud masculina, de acuerdo con la voluntad de su fundador, el P. Morales, y con el sello personal impreso por Abelardo de Armas, su cofundador.

Erigida canónicamente al servicio de la Iglesia universal como asociación privada de fieles, su objetivo es forjar hombres desde la juventud, para que sepan ser una presencia viva del Evangelio de Cristo allí donde sean llamados; formar futuros padres de familia para vivir un cristianismo íntegro, en el marco de la familia, de la profesión, de la vida pública. Entregar también a la Iglesia vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio es "su mayor gozo", en palabras del P. Morales.

Toda una pedagogía late en la labor de la Milicia: educación integral colaborando con la familia, personalizadora, diferenciada, basada en la vida interior según la espiritualidad de los ejercicios de San Ignacio, al servicio de la santidad laical y de la evangelización de los jóvenes, siguiendo el modelo de la Virgen María.

Ofrecemos en este número monográfico que celebra los 50 primeros años, unas pinceladas exiguas pero vivas -¡quedan tantas cosas por decir que no cabían…!- para dar a conocer el espíritu y la labor de esta "partecita de la Iglesia" formada por jóvenes, que aspira a contribuir a la movilización de un laicado católico adulto y maduro, haciéndose eco de la llamada universal a la santidad proclamada por la Iglesia.

Un vacío profundo que espera anunciadores creíbles

P.Tomás Morales SJ

Al contemplar Enrique Heine la catedral de Amberes, exclamó: "Aquellos tiempos tenían dogmas. Nosotros no tenemos más que opiniones. Y con opiniones no se edifican catedrales". Es muy fácil dejarse contagiar por el ambiente, y más cuando está saturado de sofismas. Olvidamos entonces que sólo la Iglesia tiene dogmas y levanta catedrales. El intelectualismo escéptico fabrica dudas y levanta telarañas religiosas (Chesterton).

Algo de eso sucede hoy a muchos de los que pretenden ser educadores de la juventud. Les sobran opiniones, pero les faltan dogmas. Dudan, vacilan, no son firmes. Por eso no forman hombres. Muchos educadores católicos carecen de convicciones sólidas. Incluso se dejan llevar, como diría Pablo Apóstol, de una parte a otra, por el viento de doctrinas nuevas, que suelen tener tanto éxito por dar pábulo a la veleidad e inconstancia.

Olvidan que "a la hora de la discusión, la posición más fuerte es la del escéptico, pero a la hora de actuar la posición más firme es la del creyente" (Ramón y Cajal).

Menosprecian quizá, y reputan anticuado, al auténtico educador cristiano que sabe que el verdadero carácter es como una catedral gótica. Piedra sobre piedra se va construyendo, elevándose por encima de los mezquinos intereses egoístas de la tierra, para hundir airosas en el cielo azul sus afiligranadas agujas, oraciones petrificadas que se elevan a lo alto, arrastrando la mirada de cuantos las contemplan.

Así, ese educador cristiano va haciendo aflorar "en todas y cada una de las actividades y profesiones, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social", hombres y mujeres "llamados por Dios que, cumpliendo su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico", contribuyen "como la levadura, desde dentro, a la santificación del mundo", y "descubren a Cristo a los demás", brillando ante ellos "con el testimonio de su Fe viva, esperanza y caridad".

Es el educador que disipa nubarrones de pesimismo. No cree en procesos irreversibles ni en secularismos imparables. Cree en el hombre, y sobre todo, cree que sólo Dios satura todas sus valencias y colma sus aspiraciones más íntimas. Un Dios que inyecta dinamismo sobrenatural en el hombre frágil, para vivir en el mundo desafiando egoísmos que dividen y sembrando amor que unifica.

Es el educador realista que capta la oportunidad única que le ofrece el mundo en que vivimos. Planeando por encima de apariencias engañosas, se da cuenta de que el hombre de hoy experimenta un "vacío profundo que espera anunciadores creíbles de valores capaces de edificar una nueva civilización digna de la vocación del hombre" (J. Pablo II).

Es el forjador clarividente que pisa fuerte en la tierra y responde audaz al S.O.S. angustioso y esperanzado que le lanza una "juventud abandonada a sí misma", en un mundo desengañado y entristecido, que -perdido- naufraga sin rumbo en "el crepúsculo de las ideologías, la erosión de la confianza, en la capacidad de las estructuras de responder a los problemas más graves y a las inquietantes expectativas del hombre, la insatisfacción de una existencia en lo efímero, en la soledad de las grandes metrópolis masificadas y en el nihilismo".

Forja de Hombres

La Milicia de Santa María cumple 50 años

Fernando Martín Herráez

Queremos recordar este aniversario para dar gracias a Dios por todas las gracias derramadas sobre nosotros y sobre tantos jóvenes que han pasado y se ha formado en ella.

En el conjunto de la historia secular de la Iglesia y de sus instituciones celebrar 50 años puede aparecer irrelevante. Sin embargo en la historia personal de las almas, que es la que cuenta para Dios, sí que ha supuesto un hito importante para muchos de nosotros.

La Milicia de Santa María es un Movimiento apostólico que nació al amparo del Instituto Secular Cruzados de Santa María. Nació en 1961, en un momento muy difícil para la obra apostólica del P. Morales.

El P. Morales había sido separado del Hogar del Empleado, la gran obra apostólica que había creado en Madrid en los años cincuenta. Para salvar la vocación consagrada secular que había surgido en el seno de esta obra, un grupo de hombres tuvo que salir del Hogar del Empleado e iniciar una nueva andadura sin el apoyo y la cobertura de la obra apostólica.

Pero esta dificultad fue providencial para un nuevo inicio, y Dios bendijo este sufrimiento con nuevas vocaciones y con el nacimiento de la Milicia de Santa María.

El 11 de febrero de 1961, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, se tuvo el primer círculo de estudios con un reducidísimo grupo de jóvenes. Ese día es el que conmemoramos como el nacimiento de la Milicia de Santa María, que empezará desde ese momento a ser fermento de espíritu evangélico entre los jóvenes.

En estas líneas tendría que hablar mucho de sus principales fundadores, el padre Tomás Morales y Abelardo, de lo que han supuesto para lo que fue y lo que es la Milicia de Santa María. Pero creo que ellos cederán gustosos este espacio para hablar de la que es la verdadera inspiradora, que no es otra que la Virgen María.

Toda la historia de la Milicia está impregnada de la maternal solicitud de la Virgen. La historia institucional y la historia personal de cada uno de los militantes es la historia de la devoción hacia la Virgen y de la fidelidad de ella con cada uno de nosotros. La Milicia no es nada sin su presencia e intercesión.

Y la Virgen ha querido que la Milicia permanezca siempre como una pequeña obra apostólica. Abelardo nos dijo en muchas ocasiones que la Milicia era como Juan Bautista. Su misión era preparar el camino al Señor. Pero convenía desaparecer y permanecer pequeños, como la Virgen, para que el Señor creciera en las almas.

Cuando el próximo mes de agosto venga a visitarnos Benedicto XVI, la Milicia podrá aglutinar quizá un centenar de voluntarios para estar junto al Papa y los otros jóvenes. Pero en medio de esos jóvenes estarán otros muchos, ya no tan jóvenes, laicos consagrados, sacerdotes, religiosos o padres de familia que se formaron en la Milicia, y que con su vida entregada dan sentido a todo lo que la Milicia ha hecho y quiere seguir haciendo en la formación de los jóvenes.

Muchos han pasado por la Milicia. Otros hemos tomado el relevo, pero con la misma ilusión y deseos de alentar en los jóvenes la santidad y el amor a la Virgen. A todos, a los de antes y los de ahora, hoy me gustaría invitarles a dirigir las únicas palabras que tienen sentido en este momento:
Gracias, Madre.

¿Qué hacemos aquí?

Santiago Arellano Hernández

Luis Tristán: San Roque peregrino La juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza."

Son palabras de Benedicto XVI escritas en el Mensaje que dirigió a la juventud el 6 de agosto de 2010, fiesta de la Transfiguración, con ocasión de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Por encima de las legítimas aspiraciones que configuran nuestras vidas, estamos necesitados de claves de sentido para nuestra cotidianidad. Testimonio entrañable el del Papa, que nos ofrece su experiencia personal. Con vigor afirma: "no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada".

Esta es y ha sido siempre la cuestión. Dejarse llevar por la corriente o aspirar a "encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza". Quizás ahí se encuentra la peculiaridad del mensaje cristiano en clave de sentido transcendente, remedio de la monotonía y tedio del día a día. La Iglesia no menosprecia el cumplimiento gozoso de todas las responsabilidades del aquí y ahora, sino que las convierte en ofrenda perfecta que cada día hemos de presentar a nuestro Dios y que tiene como paga la vida eterna.

El Gran Teatro del mundo, el auto sacramental de Calderón, fue una clave de sentido hasta hace poco. ¿Hoy ya no sirve? Nuestras vidas no son valiosas por la categoría del puesto que nos encomiendan representar. Sino por hacer bien aquello que se nos ha encomendado. La vida no es un sinsentido sino un teatro. Dice el Autor (Dios) al mundo, al comienzo del auto:
“Una comedia sea
la que hoy el cielo en tu teatro vea.
Si soy Autor y si la fiesta es mía,
por fuerza la ha de hacer mi compañía.
Y pues que yo escogí de los primeros
los hombres, y ellos son mis compañeros,
ellos, en el Teatro
del mundo, que contiene partes cuatro,
con estilo oportuno
han de representar. Yo a cada uno
el papel le daré que le convenga,
y porque en fiesta igual su parte tenga
el hermoso aparato
de apariencias, de trajes el ornato,
hoy prevenido quiero
que, alegre, liberal y lisonjero,
fabriques apariencias
que de dudas se pasen a evidencias.
Seremos, yo el Autor, en un instante,
tú el teatro, y el hombre el recitante”.
No es habitual encontrar representado a San Roque como lo podéis contemplar en la pintura que os he elegido. Desde luego no fue un peregrino hacia Santiago. Fue un romero. Estaba estudiando medicina en su ciudad natal, Montpellier, cuando recibió de Dios la misión de ir a venerar al Sumo Pontífice a Roma, pero el Papa se encontraba en Aviñón, por causa del cisma. Vendió sus cuantiosos bienes; los distribuyó entre los pobres y se puso en camino para dar cumplimiento al encargo de Dios. El encargo se cumplió, como lo hizo Santa Catalina de Siena. Pero lo asombroso fue su viaje de ida y vuelta. La aventura de la caridad, curando a enfermos de peste o de miserias. Contagios y privaciones. Milagros mil. Regreso y soledad. Muerte en prisión, ignorado de todos. El pintor Luis Tristán es discípulo de El Greco. El santo escucha, asintiendo con sus manos y su tenue sonrisa; pero es el joven el que señala con su dedo índice y su rostro apasionado la conclusión. La aventura de la vida, representación en el gran teatro del mundo, concluye en el cielo. Si no ¿qué hacemos aquí?