viernes, 23 de diciembre de 2011

Verbi silentis, muta Mater

P. Tomás Morales

Mirad a la Virgen en esta noche santa. Es la Madre muda del Verbo silencioso, como canta la liturgia: Verbi silentis, muta Mater.

Muda de gratitud, se siente elegida. Se extasía de amor. Es la bendita entre todas las mujeres.

Muda de admiración, contempla emocionada. «Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y éste habla siempre en eterno silencio; y en silencio ha de ser oída del alma» (J. de la Cruz). Profundo silencio reinaba en la tierra, y la noche, en su carrera, llegaba a la mitad de su camino, y ella, con inefable amor de Madre, adora la Palabra omnipotente bajada del cielo, desde su solio real (Sb 18,14).

¡Qué elocuente su silencio!¡Cuánto tenemos que aprender! Se siente Madre y Maestra de toda la Iglesia. Le enseña a callar para «percibir sólo hablas de amor» (J. de la Crzuz).

Madre y espejo de la Cruzada de Santa María, os enseña a cada uno. Os quiere hermanos del Verbo silencioso. Mudos de gratitud, como ella, porque el Padre «os eligió en Cristo Jesús, desde antes de la fundación del mundo, para que fueseis santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1,4). Mudos de admiración ante la vida eterna floreciendo silenciosa entre pañales, reclinada en las pajillas del pesebre (Lc 2, 7). Es la «luz del mundo» (Jn 12, 46), «luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9).

Corazón virginal en soledad martirial. Te anonadas al contemplar el misterio insondable. La locura de la Encarnación arrebata e inflama tu alma. Hermano de Jesús, tu alma se convierte en madre de almas, participa en la maternidad universal de María.

Ella es Mater unitatis, madre de la unidad (SAN AGUSTÍN). Al dar a luz al Uno, se hace Madre de la muchedumbre de hijos que integran la familia de Dios, Iglesia militante en la tierra, triunfante en el cielo.

El sol, triunfador de la noche, alumbra y embellece toda la tierra. La Virgen ilumina y enaltece a cada uno de los miembros de la Iglesia (SAN BUENAVENTURA), y con cariño inefable os envuelve en luz.

Toda la Iglesia «se alegra en la Virgen bendita» (SAN EFRÉN). Y más la Cruzada-Milicia de Santa María. Con júbilo se reconoce retratada en el mosaico de Santa María de Trastévere. En el fondo dorado del ábside, con gesto majestuoso y tierno, Cristo abraza a la Virgen. En su mano izquierda brilla una inscripción: Veni, electa mea. Ven, elegida mía. Con el mismo gesto y amor, Jesús llama y abraza a cada cristiano, a la Iglesia toda.

El misterio de Cristo es uno. En María, en la Iglesia, en cada alma, es el mismo. El Señor no deja de ser concebido de nacer. Nazaret y Belén reviven en cada alma. Se actualizan cada día en la Cruzada. Es la perpetuidad del misterio de Cristo, inagotable en tiempo y eternidad.

El alma, la Iglesia, la Cruzada-Milicia de Santa María: triple eco de un mismo amor. Sus rostros fundidos y en renovación continua, a impulsos del amor, se colorean con los rayos de la Inmaculada.

Y San José no puede estar ausente como único y privilegiado espectador del misterio. Absorto en amorosa contemplación. Escucha vuestro unánime clamor en esta Navidad santa: «Llévanos a María y, por María, a Dios.» Sabe que la Iglesia y el mundo necesitan una Cruzada silenciosa y santa. Cumple vuestro común anhelo: por la Virgen os conduce a Jesús.

Año santo universal. Se inicia en Roma. Preparad vuestros corazones. Once y media de la noche, y Pablo VI abrirá las puertas de la basílica de San Pedro.

Símbolo de la catarata de gracias de santidad que inundará la Iglesia y unificará en el amor vuestras almas para salvación del mundo. Símbolo también de la nube de gracias que San José hará empiece a destilar enseguida. Y florecerán vuestros nuevos hogares… hasta los últimos confines de la tierra donde haya almas que salvar, hijos del Padre que nazcan en Jesús, por el Espíritu Santo, de María la Virgen; hermanos que incorporar a la unidad divina en familia eterna.

Itinerario Litúrgico

La Inmaculada y el anuncio de la Navidad

Por Santiago Arrellano Hernández

La celebración de la Inmaculada Concepción nos pone a las puertas de la Navidad. El nacimiento del Niño que se nos había prometido por boca de los profetas, concebido por obra del Espíritu Santo en las entrañas virginales de aquella sencilla doncellita de Israel, ha transformado la historia. María fue exenta del pecado original por ser la madre de Dios. “La llena de gracia”, “la que tiene al Señor consigo” son frutos de aquel “fiat” que la convirtió en madre de Dios.

Dos fiestas en una, cantadas, primero, poniendo ante vuestros ojos la talla maravillosa de la Inmaculada Concepción de Alonso Cano, expuesta en una vitrina de la sacristía en la catedral de Granada. Tuve la suerte de poderla contemplar este verano y se me quedó tan hondamente clavada en el alma, que no puedo librarme de su emoción ni de su recuerdo. Mira que hay maravillas en esta deslumbrante ciudad, mas no la cambio ni por toda la Alhambra, que ya es decir, con su Generalife, ni por el palacio de Carlos V, ni por la mismísima Catedral, aunque al tropel de los turistas le deslumbre lo suntuoso, lo exquisito, sensual o majestuoso y probablemente ni se fijen en tan pequeñita imagen, que primero iba a estar en el facistol del coro. Es otra cosa. No tiene parangón.

Para poder captar su prodigio se necesita una actitud interior contemplativa. Claro que puedes admirar la belleza física de una jovencita candorosa y virginal, de unos doce o trece años. Su talle esbelto, elegante como el ciprés. Su rostro, la suma perfección. El movimiento helicoidal de su manto azul cobalto y la sencilla túnica blanca, nobleza y sencillez, como la finura de sus manos juntas, apenas tocándose por las yemas de los dedos o la delicada honestidad de sus cabellos. Pero no. No es suficiente.

El prodigio se manifiesta cuando tratas de adentrarte en el misterio que esta doncellita está viviendo. Sus ojos entreabiertos no miran hacia fuera, están recogidos en una contemplación interior. Sus manos no son de oración suplicante. No cabe dentro el asombro agradecido. ¿Qué puede estar contemplando? Genial: el misterio incipiente de la encarnación. Absorta y asombrada. No tiene palabras y contempla en silencio. No es simple elegancia el amplio manto que desborda brazo y costado derecho ni tierno realismo el delicado pecho insinuado. Es la divina maternidad que explica el don de su Inmaculada Concepción. El que está viniendo tiene cobijo y alimento.

El segundo, es un poema de Juan Pablo II. Sus poesías, publicadas como antología en la BAC, son reflexiones e intuiciones sobre diversos asuntos. Una de ellas está dedicada a La Madre, claro, a la Virgen. Es un fragmento en el que pone en boca de María delicados pensamientos sobre la finura psicológica de la mujer en general y en especial de las madres. Saben descubrir, por ejemplo, el misterio humano, con una mirada que llega al corazón. Lucecitas que pasan inadvertidas para los más ellas las captan. Precisamente por ello pudo acostumbrarse Jesús, a pensamientos comunes a todos los hombres. Pero sobre todo están atentas al profundo latido del corazón de sus hijos. Alonso Cano unos momentos después de la anunciación. Juan Pablo II en la maternidad que se prolonga en el tiempo. Uno y otro: “recogida en su misterio”


Las madres saben los instantes en los que el misterio humano
despierta un reflejo de la luz en sus pupilas,
que parece tocar el corazón con la mirada apenas.

Sé de estas lucecitas que pasaron
sin despertar ningún eco
y duran lo que dura un pensamiento.

Hijo mío, complicado y grande, hijo sencillo,
conmigo te acostumbraste a pensamientos comunes a todos los hombres,
y, a la sombra de estas ideas, esperas la profunda voz del corazón
que en cada persona suena de manera distinta.
Yo soy Madre distinta
y esta plenitud nunca me cansará.

Cuando eres presa de un instante como éste,
no sientes cambio alguno, todo lo mío te aparece sencillo.
Ya sabes, cuando las madres captan en los ojos de sus hijos
el hondo latido del corazón,
también estoy allí, recogida en su misterio.

Cercanía y distancia

Abilio de Gregorio

Recuerdo una anécdota de mis años de docencia en bachillerato que me viene a la memoria recurrentemente cada vez que me topo con profesionales que, en su afán de campechanía, cultivan con cierto exhibicionismo el denominado “coleguismo”: Llevábamos pocos días desde el inicio del curso y uno de los mozalbetes de primera fila me interrumpe la explicación para cuestionarme:

-“Oye, tú, ¿Por qué nos tratas siempre de usted?”.

-“Por ponerme a su altura, jovencito” – le contesté sin demasiada esperanza de ser entendido-.

Efectivamente, no me entendió, pero al finalizar el curso se me acercó un buen día y me espetó: “¿Se acuerda usted de aquella intervención que tuve al comienzo del curso y de la contestación que me dio? Pues me ha costado un año, pero creo, por fin, que he logrado entender. Verá: aquí han ido llegando profesores que nos tratan incluso con los alias con los que nos tratamos entre nosotros e insisten en que nos dirijamos a ellos tratándolos de tú. También ellos dicen que quieren ponerse a nuestra altura. Pero, en el fondo, tendrían que decir que quieren “bajar” a nuestra altura porque nos consideran que estamos abajo. Usted, al tratarnos de usted nos ha dado el mensaje de que nos considera estar arriba. Gracias”.

Quizás la interpretación de mi alumno fue, generosamente, más allá de mi intención. Pero tiene miga y da para pensar.

Es un lugar común afirmar la importancia de la cercanía del educador al educando. Pero habría que añadir que dicha cercanía solamente es relevante desde el punto de vista educativo cuando previamente el educando ha percibido claramente la distancia que hay entre él y su educador. Cuando ha captado y admirado la superioridad intelectual, la superioridad moral, la superioridad psicológica, etc., del maestro y lo siente acercándose a él, interesándose por sus problemas, compartiendo sus preocupaciones, “haciéndose cargo” de sus pesares, etc.

Entonces nace en el educando un sentimiento de autovaloración y de confianza en sí mismo, pues siente que algo valioso ha de haber en él para que alguien tan superior como su maestro esté dispuesto a concentrar su atención en su persona. Aquí hay que situar el hontanar de la autoestima del educando y no en esas estrategias de gratuito masajeo de su yo. Lo que sucede es que el halago fácil del niño y del joven le resulta siempre más barato al educador que las subidas (ascesis) hacia las cumbres de la excelencia de la propia personalidad. Desde el referente de una personalidad que cultiva la excelencia de cara el educando, la exigencia educativa se convierte en un acto de fe en el joven y contribuye también al crecimiento de su autoestima. “El educador no debe olvidar –dice el P. Morales en Forja de hombres- que los jóvenes valiosos piden forjadores que estén en línea, que les exijan. Si no lo hacen, les defraudan, y se irán a buscarlos a otra parte.”

En último término es ésta una de las realidades axiales de la narrativa del cristianismo: el Dios infinitamente distante, que habita una luz inaccesible imposible de mirar y de ver, el más grande que lo más grande de nuestras realidades, el incomprensible, el misterioso, el absoluto y situado más allá de todo lo que es, se acerca y se hace hombre como cada uno de nosotros; se preocupa y se ocupa de nuestros problemas, se hace cargo –se carga- de nuestras desdichas y de nuestro destino: se enamora del hombre (no del hombre de la antropología y de los filósofos, sino de cada hombre de la lista, con sus nombres y apellidos…). Simplemente emocionante.

Por eso, se me ocurre que, pretender presentar a Dios so lamente en la proximidad de su humanidad, desmisterizarlo, desdivinizarlo, desposeerlo de su inaaccesibilidad sustancial, hacerlo más “colega”, puede conducir, al final a crear un ídolo a la medida de nosotros mismos. Afirma Jean-Luc Marion en El ídolo y la distancia: “Para que Dios nos resulte pertinente, tenemos ante todo que experimentar su extrañeza radical”.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La verdadera Navidad

Portada revista Estar nº 263
Un año más, los grandes almacenes y los ayuntamientos de muchas de nuestras ciudades se han adelantado a los ángeles para anunciar la Navidad. No es el nacimiento del Salvador lo que pregonan, sino que los sueños de bienestar material, esta vez sí, van a hacerse realidad. Y se mezclan lo humano –lo demasiado humano- y lo divino, en una pugna que reproduce la que también se da en nuestros corazones. Anhelamos una felicidad que sea para siempre, un amor que no se nos deshoje entre las manos, una paz que nos haga sentirnos seguros y queridos. Y se nos repite al mismo tiempo que nuestras ilusiones se van a hacer realidad porque podremos comprar muchas cosas…

Decía en El Principito Saint- Exupèry que los hombres compran cosas hechas a los mercaderes, pero como no hay mercaderes de amigos, los hombres no tienen amigos. Y el personaje del conocido cuento, un zorro experimentado en las zozobras de la vida, sigue diciendo al pequeño protagonista: “-Si quieres tener un amigo… domestícame”. ¿Y qué significa domesticar?, le pregunta el niño. “-Es una cosa demasiado olvidada. Significa ‘crear lazos’”

Nuestro mundo moderno –nosotros mismos- pensamos que si Dios existe está muy lejos, que si hizo el mundo, se marchó “a los cielos” o a donde sea y que allí tal vez vive muy bien, mientras nosotros sangramos en la tierra. En cambio, los grandes almacenes y los mesías humanos –demasiado humanos- están ahí cerca, a la vuelta de la esquina, en las pantallas, en los anuncios, en las luces de neón, en las campañas políticas.

Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El verdadero Dios no es alguien atronador y lejano, perdido en su grandeza y su distancia, despreocupado de la insatisfacción de sus hijos. No. En absoluto. Le importamos, y mucho. En cambio, a los de los anuncios les importamos más bien poco. O nada. En todo caso nuestro dinero o nuestro voto. Pero si se los da otro les da lo mismo.

El verdadero Dios no es lejano ni se despreocupa. Ha venido entre nosotros, a ser como nosotros, a vivir como nosotros, a sufrir y morir como nosotros. Y por nosotros. Porque le importamos, y mucho. Todo el que ama quiere estar junto a la persona amada. Y “crear lazos” (vincularse) con ella. Ese es el Dios de los cristianos, que se hace pequeño para que podamos abrazarle y dejarnos abrazar. Siendo el infinitamente otro, quiso ser el infinitamente nuestro. Él, el Verbo, se hizo carne y habitó entre nosotros. Eso es la Navidad.

Y el Verbo recién nacido… quiso nacer en una familia y ser recibido en el regazo de una Madre. ¿Quién podría describir el primer despertar a la conciencia de ese Niño, al encontrarse con el rostro sonriente y acogedor de María? Es seguro que al conseguir fijar sus ojos en los de Ella, el Niño Jesús debió de tener la impresión de haberlos visto ya en otra parte. El Verbo había encubierto el esplendor de su divinidad en la pobreza de una vida humana y de un humilde pesebre, y descubría a través de la experiencia del amor de su madre el reflejo más vivo de la Mirada y del Amor del Padre de los cielos. Eso es la Navidad.

Como San José, contemplemos en estos días el asombroso misterio. El cruce de esas dos miradas, la del Dios hecho Niño que aprende a contemplar con ojos humanos, y la de su Madre, que aprende a ser toda de Dios al mirar embelesada los tiernos ojitos de su hijo. Eso es el “crear lazos” entre Dios y el ser humano. Eso no lo pueden dar los mercaderes. Pero es precisamente la verdadera Navidad.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La familia, un gran invento... de Dios

Portada Estar 262
Cuando se cumplen 30 años de la publicación de la Familiaris consortio, uno de los más bellos legados del Beato Juan Pablo II, es urgente poner a la institución familiar en el centro de nuestra preocupación y de nuestras actividades. Porque es el más bello de los inventos, es un invento de Dios, que es Familia.

La familia, basada en la fidelidad matrimonial entre el hombre y la mujer y abierta a la vida, está llamada por naturaleza a ser escuela de virtud, de valores humanos, de humanismo para la sociedad. A ser impulsora de la nueva evangelización del mundo. Ella puede hacer que lo bueno y lo malo adquieran escala humana y que puedan cobrar un sentido por la dedicación amorosa e incondicional de unos a otros en su seno.

La familia es imagen y semejanza del Amor de Dios. De la experiencia de una auténtica vida familiar depende el destino del hombre, su felicidad y su capacidad de dar sentido a su existencia.

Mirad a vuestro alrededor y os daréis cuenta de que la crisis de la fe ha ido de la mano en las últimas décadas con la crisis de la familia. Y que de ambas se ha seguido una profunda crisis moral que se ha extendido a la sociedad en su conjunto, infectada de individualismo y de un modo de entender la vida en función de un afán de autosuficiencia. Pero la autosuficiencia no es humana. Todo ser humano está llamado a vivir en comunión, y sólo así será feliz.

Conviene estimular a los futuros esposos a descubrir las riquezas del amor que llevan en sí, para que capten claramente las dimensiones de totalidad, fidelidad y castidad conyugal. Esta reflexión profunda debe llevarlos a realizar bien el carácter definitivo de su compromiso mutuo. Pero necesitan ayuda.

Es urgente ayudar a los matrimonios jóvenes, a los que a veces asalta la duda de si serán capaces de vivir la fidelidad conyugal durante toda la vida, mediante el acompañamiento y el consejo, el buen ejemplo y la oración compartida.

Los padres cristianos deben por encima de todo tomar en serio su misión de educadores de sus hijos, por medio de una formación humana y cristiana integral. Es preciso que tengan en valor que a través de esa educación deben transmitir a sus hijos el patrimonio humano y espiritual que ellos mismos han recibido. Deben preocuparse de mantener en su hogar un clima cristiano de libertad, de respeto mutuo, de rectitud moral, de misericordia y perdón, y de alegría. Los padres, con la oración diaria en familia y con las primeras explicaciones sencillas dadas a los hijos, han de iniciarles progresivamente en las verdades de la fe. Y con su ejemplo de coherencia cristiana, mostrarles que vivir según las virtudes, presididas por la más grande de todas ellas que es el amor, es el camino de una vida auténticamente humana y feliz.

Pero esto es muy difícil vivirlo en solitario, enrocados en el interior de la muralla de las paredes del hogar. Es preciso entrar en contacto con otras familias cristianas y compartir con ellas el tiempo, los proyectos, los criterios, la vida de fe y la educación de los hijos. Que se apoyen mutuamente, que formen ambientes educativos y de contagiosa vida cristiana.

Es tiempo de elecciones en España, y ocasión para que las familias católicas hagan oír su voz y sus demandas. Deben proponer una visión de la familia como criterio de toda la acción política, porque con ella están relacionadas todas las dimensiones de la vida humana y social. Las familias deben saber organizarse en el ámbito cultural y político para que se reconozca su peso real frente a las minorías que militan contra la familia y la vida.

Los que defienden la familia, sus valores, su función vital en la sociedad, deben lograr que se escuche su voz en las asambleas locales y regionales, en los Parlamentos, en las instancias internacionales, y dondequiera que se decida el futuro de la familia, y por lo tanto de la humanidad. El silencio y la inacción serían culpables.

martes, 1 de noviembre de 2011

Autumnal

Santiago Arrellano Hernández

El otoño propicia las nostalgias. Incluso aquel falso sentimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Falso por culpa del “cualquier”. No todos los tiempos pasados fueron mejores que el nuestro; pero tampoco es verdadero que ningún tiempo pasado fue mejor. La historia es maestra de la vida, porque nos advierte de los errores del pasado para poder evitarlos, aunque nunca podrá enseñarnos a dar respuestas certeras sobre el nuestro. Vivir es una opción de libertad. No siempre la elección es la conveniente. Por eso rectificar es de sabios. Cualquier imitación del pasado se queda en obra de cartón y escayola. La creatividad es un don que debe practicar cada generación.

Ramón Casas, pintor catalán de finales del XIX y principios del XX, nos ofrece en este cuadro una de las actitudes anímicas más peligrosas para vivir con gozo y entusiasmo la religiosidad de cada persona. La contemplación con nostalgia de algo que fue pero que ya no puede ser. El jardín descuidado. Las columnas y muros nos recuerdan un edificio en ruinas, probablemente un monasterio románico con su claustro abandonado. Remanso de paz entre las ruinas inmersas en medio del silencio. Una chica joven, elegantemente vestida, hasta yo diría que inadecuadamente vestida para la ocasión, vestido vaporoso y zapatos de tacón, apoyada su mano en la barbilla, contempla reflexivamente el lugar. Nostalgia de una época pasada que ya no podrá volver. El modernismo es un neorromanticismo. Añoranza de un pasado sereno y plácido, opuesto al ajetreo de la ciudad.

Esta pintura se me ha convertido en el símbolo de una actitud anímica equivocada sobre la Iglesia y la vida de fe de los creyentes. Los hombres y mujeres del medievo supieron plasmar en piedra su sentido de Dios, y nos lo legaron como testimonio y herencia de su vida. Pero pensar que nosotros ya no podemos hacer algo semejante expresa nuestra decaída fe. Cada generación, aspira a una vida plena, que plasma en arte y en la vida sus ideales de belleza, verdad y bien. La Iglesia se parece al ave Fénix que renace de sus cenizas con nuevo esplendor. Lo demás es infecundo. Toda criatura y las obras de sus manos están condenadas al olvido, a su descomposición, a ser un día ruinas. Pero el Verbo encarnado permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Nadie mejor que Rodrigo Caro nos lo explicó en su elegía a las ruinas de Itálica, lección impagable del destino de cualquier vanidad. El último verso resume su mensaje: “¡oh fábula del tiempo, representa cuánta fue su grandeza y es su estrago!” La contraposición de “fue” con “es” nos lo dice todo, lo mismo que “grandeza” frente a “estrago”. La Itálica famosa ha quedado reducida a “campo de soledad”, “mustio collado”. Todo, hasta la muralla, tan temida, se ha reducido a reliquia del pasado. Todo es memoria funeral: las torres o el anfiteatro, sucumbieron a su “pesadumbre”. Para el poeta barroco, tan embebido en el mundo cultural romano, el pasado glorioso sólo tiene un destino: convertirse en “teatro trágico”, lección imperecedera sobre el destino de las glorias y grandezas de este mundo. Todo cambia. Sólo Dios permanece. Sólo Dios basta. No nostalgia; sino esperanza.



Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipión la vencedora
colonia fue; por tierra derribado
 yace el temido honor de la espantosa
 muralla, y lastimosa
 reliquia es solamente
de su invencible gente.
Sólo quedan memorias funerales
 donde erraron ya sombras de alto ejemplo
 este llano fue plaza, allí fue templo;
 de todo apenas quedan las señales.
 Del gimnasio y las termas regaladas
 leves vuelas cenizas desdichadas;
 las torres que desprecio al aire fueron
 a su gran pesadumbre se rindieron.
Este despedazado anfiteatro,
 impío honor de los dioses, cuya afrenta
 publica el amarillo jaramago,
 ya reducido a trágico teatro,
 ¡oh fábula del tiempo, representa
 cuánta fue su grandeza y es su estrago!

Para que tengan vida


P. Tomás Morales S.J

Aunque indirectamente contribuya de la manera más eficaz a la reorganización del mundo, el Cristianismo no apareció en la Historia achicado con una finalidad temporal y terrena. Ni Jesucristo ni Pablo hablaron directamente de la condición de los esclavos en el mundo antiguo. Sólo predicaron la salvación del alma. Un sacerdote, un militante al formar jóvenes, primordialmente debe ocuparse de que las almas tengan vida y la tengan más abundante. Han nacido en la Iglesia para ser continuadores de la misión de Cristo. El la concretó en esa divisa que deben apropiarse sus seguidores, refiriéndola cada uno a sí mismo y a su actuación: «He venido para que tengan vida y la tengan más abundante». (Jn 10,10)

Lo demás, el influjo de ese cristiano en el mundo cambiando sus estructuras, vendrá por añadidura, será la consecuencia. «La misión propia que Cristo confió a su «La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso», afirma taxativamente el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 42).

Al cumplirlo, «difunde en el mundo un reflejo de su luz..., sanando y elevando la dignidad de la persona humana, robusteciendo la trabazón de la sociedad humana, y dando a la actividad cotidiana del hombre un sentido y significación más profunda. » (Ibid., 40.) Pío XII había dicho: «La Iglesia debe conducir a los hombres para que se entreguen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin religioso estrictamente sobrenatural» (9-3-1956).

El hombre perfectamente evangelizado comprende enseguida que el Cristianismo abarca todas las dimensiones de la vida humana. Y sabe que la religión de Cristo no es una invitación a abandonar el mundo olvidando sus problemas, sino que obliga al bautizado a estar no a remolque de los demás, sino en la vanguardia de todas las iniciativas del progreso humano. Pablo VI nos lo recuerda. No es posible aceptar «que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad» (Apertura III Sínodo de Obispos, 27-9-1974 y Evangelii nuntiandi, 31).

Será más fiel a Dios, mejor cristiano, en la medida en que sea mejor obrero, mejor estudiante, mejor artista, mejor jefe de empresa, mejor hombre de Estado. Cristo no es sólo vida del alma, sino vida de todo el hombre. Nada escapa a su acción: familia, profesión, economía, educación, pasatiempos, prensa, cine, televisión... La religión no es «opio» para adormecer, sino estimulante que exige al cristiano darse del todo a los demás olvidando su egoísmo en cada detalle de su vida.

Renunciar siempre al egoísmo para vivir para Dios en los demás, en la profesión, en la familia, en el trabajo o en la diversión, en la fortuna como en la desgracia, sólo se conseguirá si el forjador de juventudes ha centrado su esfuerzo en hacer vivir el Evangelio en toda su grandiosa integridad, en hacer que los jóvenes «tengan vida y la tengan más abundante», precisamente en la edad en que todo —pasiones que se despiertan con fuerza, mundo que encandila con sus atractivos— se conjura para asfixiar la vida de Cristo en el alma.

Laicos en marcha  

Ideas y creencias

Por Abilio de Gregorio

Dice el P. Morales al final de su obra “Forja de hombres” que a muchos de los que pretenden ser educadores de la juventud “les sobran opiniones pero les faltan dogmas”, evocando la expresión de H. Heine ante el recuerdo admirado de la firmeza de los hombres que construyeron la maravilla de la catedral de Amberes.

Esto suena hoy a fundamentalismo intolerante dentro de una cultura del pensamiento débil donde el derecho a la libre opinión se pretende que sea fundamento del derecho y soporte de la ética individual y colectiva.

Sin embargo, convendría tomar bien la medida, de la proposición del padre Tomás Morales porque quizás está poniendo el dedo en la llaga:

Escribía Ortega y Gasset en 1940 un pequeño ensayo titulado Ideas y creencias en el que viene a sostener la misma aseveración que el educador jesuita. Permítaseme glosarlo a mi manera.

Observo la tranquilidad con que embarcan los pasajeros del avión que se dispone a cruzar durante una larga travesía el océano y medio continente. Y pienso que casi la totalidad de los viajeros se dispone a efectuar este viaje no con la tranquilidad que les da la demostración científica de que ese enorme artilugio será capaz de remontar el suelo y mantenerse durante horas avanzando por el aire. No. La mayoría va tranquila porque “cree” –no por la consistencia racional de ninguna demostración- que eso va a suceder y ello es suficiente como para una toma de decisión de capital importancia.

Es más: pienso que la vida del hombre circula, hasta en el acontecer más cotidiano, por rieles de creencias, no de ideas. Cuando, hace algún tiempo el cirujano cardiovascular me explicó los pormenores de la operación de corazón a la que estimaba necesario me sometiera, él se empeñaba en argumentarme muy científicamente la baja probabilidad de fracaso en el proceso, a pesar de lo cruda e impresionante de la descripción. Y, aunque experimentaba cómo se me iba arrugando el ánimo al ritmo de sus explicaciones, al final le dije sí porque creí en él, no por la brillantez de su sólido discurso científico.

Este fenómeno en el que las ideas ejercen de bucles ornamentales frente a las creencias en el papel de categorías a priori para seguir viviendo, está presente permanentemente a lo largo de la rutina diaria. Tomo el ascensor aunque no tengo casi ni idea de cómo es su mecanismo de funcionamiento. Simplemente “creo” que se va parar en el piso correspondiente y no tengo conciencia intelectual de estar jugándome la vida cada vez que entro en él. Salgo a la calle porque creo que la callé está puesta ahí, sin demostraciones racionales. Sería imposible tener una vida fluida si, para cada decisión tuviéramos que contar con un constructo elabo rado racionalmente. No. Para vivir es preciso disponer de un depósito de “creencias” en tanto que firmezas que se dan por supuesto, aunque no se haya llegado a ellas por estricta vía inductiva o deductiva.

¿Quiere decir que las ideas son, pues, irrelevantes en nuestra vida? Quizás habría que afirmar que, si las ideas no llegan a metabolizarse en creencias, si no pasan al sistema práxico de nuestras conductas en forma de creencia, resultan ser bálago, maleza, farfolla de naturaleza intelectual.

Martin Buber mantiene en Eclipse de Dios que hay algo que se interpone entre el hombre actual y Dios que impide una adecuada relación con Él: Dios reducido a idea. De un Dios reducido a teorema podemos hablar elocuentemente. Con un Dios Persona podemos hablar íntimamente. No tiene casi nada que ver el Dios de los filósofos al que alude Pascal con el Dios de la fe a Quien creemos, del que esperamos y del que nos experimentamos amados.

Ciertamente, nos sobran ideas, opiniones acerca de Dios y nos faltan, lamentablemente, creencias, firmezas sobre las cuales apoyar nuestros pies con seguridad en el diario caminar.

¿Cómo sucede el tránsito de la idea a la creencia? A partir del momento en que el verbo, el logos, se hace carne (con minúsculas) Es decir, a partir del momento en que se comienza a vivir como si se creyera realmente, aunque nuestras ideas sean todavía vacilantes. Y en la medida en que se reitera la acción creyente (la función crea el órgano). Y, sobre todo, en la medida en que el propositor de la creencia sea, a su vez, creíble por su coherencia, por su autoridad intelectual y moral y por su buena salud anímica, léase felicidad.

Decididamente, si nuestro mundo gira hoy con rumbos inciertos, a pesar de todo el progreso científico y la tolerante concurrencia de opiniones, es porque las ideas no han llegado a cristalizar en creencias. Nos sobran especialistas; nos faltan maestros de fe.

Familia y lógica del don

Fernando Martín Herráez

Entre las enseñanzas que nos ha dejado Benedicto XVI en su reciente encíclica social Caritas in veritate, destaca la llamada “lógica del don”.

El capítulo tercero, uno de los más originales de la encíclica, es donde desarrolla este concepto. El Papa destaca la importancia que el "don", algo recibido y gratuito, tiene en la vida de los hombres, frente a la tentación de autosuficiencia que ignora la evidencia del pecado original.

Este concepto lo aplica a la actividad económica. Entiende que la economía es una actividad humana y por ello ética. Junto a la "lógica del intercambio contractual" propia del mercado, y a la "lógica de la política" propias de los gobiernos, la vida económica necesita la "lógica del don sin contrapartida". Mercado, Estado y sociedad civil deben articular la actividad económica. La solidaridad requiere el protagonismo sobre todo de la sociedad civil y la apertura a una economía de comunión: "tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco".

En una audiencia reciente a los miembros de la FundaciónCentesimus Annus - Pro Pontífice” que habían tenido un encuentro titulado “familia y empresa”, el Papa ha vuelto a hablar de la “lógica del don”. Benedicto XVI ha querido subrayar que coinciden en este año el 20 aniversario de la Encíclica Centesimus Annus del beato Juan Pablo II, publicada a 100 años de la Rerum Novarum, y también el 30 aniversario de la Exhortación apostólica Familiaris Consortio.

“El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio; el amor entre los miembros de la misma familia: entre padres e hijos, entre hermanos y entre parientes, está animado y sustentado por un interior e incesante dinamismo, que conduce a la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar”.

"Y es sobre todo en la familia donde se aprende que la manera justa para vivir en el ámbito de la sociedad, en el mundo del trabajo, de la economía, de la empresa, deber ser guiado por la caritas, en la lógica de la gratuidad, de la solidaridad y de la responsabilidad de los unos con los otros".

La familia se convierte, desde esta perspectiva, en sujeto activo, capaz de recordar el “rostro humano” que debe tener el mundo de la economía.

"Es necesario, por lo tanto, una nueva síntesis armónica entre familia y trabajo, en la que la doctrina social de la Iglesia puede ofrecer su preciosa contribución. En la Encíclica Caritas in veritate, he subrayado como el modelo familiar de la lógica del amor, de la gratuidad y del don ha de extenderse a una dimensión universal. La justicia conmutativa -“dar para tener”- y la justicia distributiva -“dar por deber”- no son suficientes en el vivir social. Para que haya una verdadera justicia es necesario añadir la gratuidad y la solidaridad”.

“La solidaridad no puede delegarse al Estado, porque todos somos responsables de todos. Hoy ni tan siquiera puede realizarse la justicia, sin gratuidad solidaria”.

"En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo. El mercado de la gratuidad no existe y no se pueden legislar disposiciones gratuitas. Y sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco".

Sería bueno que ahora que se cumplen estos aniversarios que nos ha recordado el Papa volviéramos a leer la Familiares Consortio, y tratáramos de de hacer realidad, por medio de iniciativas, esa lógica del don que ya allí se perfilaba. Esa es una tarea propia de los laicos.

domingo, 2 de octubre de 2011

Dulce compañía

Portada Hágase Estar nº 261
Es, con el “Jesusito de mi vida”, la primera oración que de pequeños aprendimos casi todos: “Ángel de mi guarda, dulce compañía…” Y por eso, tal vez, pensamos que “eso de los ángeles” es cosa de niños; o que nosotros, tan serios, tan atareados, tan adultos… tenemos que tener los pies pegados al suelo. Y tal vez, también, se nos escapa: “¿Ángeles…? Bah, disquisiciones...”

Pero la Iglesia reserva dos festividades -29 de septiembre, San Miguel, San Gabriel y San Rafael; 2 de octubre, ángeles custodios- para que recordemos que ellos son un modo muy concreto de la cercanía de Dios en nuestras vidas, en la de cada uno, y para que les demos gracias, como es de bien nacidos. Son personas importantes, ante Dios y para nosotros. Son testigos de lo invisible, de lo espiritual y de lo eterno en nuestras vidas. Y están pendientes de nuestra salvación. Esa es la razón por la cual hemos querido también dedicarles nuestro tema de portada.

Dios ha asignado a cada ser humano un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. En la Escritura se puede observar cómo Dios se sirve de sus ángeles para proteger a los hombres.

No les hacemos mucho caso, seguramente. Somos a veces tan racionalistas… Pero a menudo, cuando alguien se salva inexplicablemente de un daño cierto, solemos decir que seguro que su ángel de la guarda la ha echado una mano. De vez en cuando también, como ocurre en algún testimonio recogido en estas mismas páginas, alguien te cuenta que ha vuelto a la fe, o que ha experimentado una presencia de Dios muy especial y gratificante, precisamente cuando ha tenido una “conversación de tú a tú” con su ángel de la guarda… Hay incluso quien le pone un nombre para tratarle con más familiaridad y confianza. Y lo bueno es que, ciertamente, a veces, no te explicas cómo, pero… sí, notas que está contigo, cargado de paciencia, cómplice de tu deseo de ser mejor, y a pesar de todo. También se puede pedir favores especiales a los ángeles de la guarda de otras personas para que las protejan de determinado peligro o las guíen en una situación difícil.

Su misión de “custodios” es acompañar a cada hombre en el camino por la vida, cuidarlo, protegerlo del mal y guiarlo en el difícil camino hasta llegar a Dios. Se puede decir que es un compañero de viaje que siempre está al lado de uno, mientras trabaja, mientras descansa, cuando se divierte, cuando reza, cuando le pide ayuda y cuando no se la pide. No se aparta de él ni siquiera cuando pierde la gracia de Dios por el pecado. Le prestará auxilio para enfrentarse con mejor ánimo a las dificultades de la vida diaria y a las tentaciones que se presentan en la vida.

Es bueno tener en cuenta a los ángeles y volver a tratarles con delicadeza y confianza, entre otras cosas también para que no nos creamos demasiado autosuficientes. Pensar en ellos es reconocer que necesitamos ayuda, mucha ayuda. “Ángel de Dios, que yo escuche tu mensaje y que lo siga, que vaya siempre contigo hacia Dios, que me lo envía.... Testigo de lo invisible, presencia del cielo amiga…” (Himno de la Liturgia de las horas).

Pero es que además, hay otros ángeles, los ángeles caídos, los demonios, de los que tampoco debemos olvidarnos, ni fiarnos. Entre otras cosas porque ellos no descansan, y porque su labor consiste en hacernos creer que no necesitamos a Dios, y por lo tanto nos incitan a desobedecerle. La cosa podría llevarnos a una discusión más o menos bizantina, a no ser porque las consecuencias de esa labor nefasta son terribles y empíricamente constatables.

Si alguno piensa que la amistad con nuestros ángeles es algo secundario, que haga la prueba. Que intente hacer amistad con el suyo, y luego… ya nos contará.

sábado, 1 de octubre de 2011

Te envía ángeles..., para preparar el encuentro contigo

P. Tomás Morales S.J.

Si Magdalena, al ver el sepulcro vacío, en vez de empezar a dar voces y gritos, como empezó, ¡ay, se lo han llevado; ay, lo han robado, voy a contárselo a Pedro y a Juan, voy con el cuento enseguida,… esto no puede ser. Estate quieta chica, que no sabes lo que dices. Como no le cabe en la cabeza al que “ha visto” una cosa en la oración, que luego le manden otra: “¡pero si yo lo he visto, yo, en la oración!”

Es lo que tú haces cuando no te salen las cosas como las esperas. Ir a contárselo al vecino, criticando de este profesor, de aquél director de residencia, por ejemplo, o del instituto, o tal campamento... Lo de siempre.

“…Y aconteció que estando ellas consternadas en su espíritu, se les presentaron de improviso dos jóvenes vestidos de largas túnicas blancas y refulgentes…” Jesús, no las abandona. A pesar de que están diciendo tonterías contra Cristo, que es imposible que resucite... A pesar de que están emperradas, qué bueno es Jesús que no nos abandona nunca. Es el buen amigo, cuyo oficio es consolar. Que frase tan profunda, esta de San Ignacio en los ejercicios: no las deja mucho tiempo con la rabieta, porque está empeñado en que vuelvan a la fe. A mí tampoco: ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta cubierta de rocío pasas las noches del invierno a oscuras?” (L. de Vega)

Cristo resucitado, decidido a hacer madurar en la fe a estas mujeres. A prepararlas para aparecerse a ellas. Por eso les envía a dos ángeles disfrazados de mozalbetes, porque esto es lo que dice aquí, dos jóvenes vestidos de largas túnicas. Todavía no habla de ángeles. Les envía dos ángeles disfrazados de mozalbetes. También Jesús se disfraza, pero no con careta de ángel bueno, como hace el Enemigo, sino utilizando a alguien que te manda, un jefe en la oficina, o en la profesión que tú realizas, sea laico, aunque sea un Herodes o un César Augusto. Da igual. Son otros los disfraces que suele utilizar Jesús, como aquí: presentarse por medio de estos dos jovenzuelos. Fracaso, enfermedad, desengaño, son jóvenes o ángeles en forma de jóvenes que te envían. O de viejos, da lo mismo. ¿Todo para chinchar? No, no, para que madures en la fe. Ah, porque si no maduras no se te aparecerá.

Primero quiere levantar tu alma hacia Él, privarte de lo visible para que descubras al Invisible: De las satisfacciones que da lo visible, es decir dejarte llevar de la vanidad, hablar de ti en las conversaciones… Que tú ya acabes asqueándote de todo eso y digas: “Bueno, por aquí no hay camino. Vamos para atrás.” Quiere que te asquees de todo esto, y luego, cuando estés con nostalgia de Él, se te aparecerá. Qué Evangelio de la Resurrección tan maravilloso y tan desconocido. Hasta el punto de que ahora nos vienen a decir algunos que todo esto es un mito, que hay que desmitificar la infancia de Jesús y la vida gloriosa… Bueno, tú fíjate qué falta de profundidad y de contemplación suponen todas estas cosas que se dicen. “Hay que desmitificar todo esto”… para hacer otro mito, el del hombre moderno, el sexo…, porque, claro, esta triste esencia del hombre desmitifica lo divino y se hace mitos con lo humano, porque sin algún mito el hombre no puede andar. O adora a Dios que no es mito, sino realidad, o se hace mitos. Qué profundo y qué sencillo es todo esto.

De manera que primero, antes de aparecerse a ti, te envía todos estos “ángeles”: fracasos, desilusiones, desengaños, obediencias que te cuestan, para despertar en ti la nostalgia de verle: “Descubre tu presencia, tu vista y hermosura, mira que la dolencia de amor que no se cura si no con la presencia y la figura…” Y entonces, cuando tú ya te has desengañado de todo y de ti mismo, que es parte del todo, entonces es cuando Él está ya en disposición de aparecerse.

Reacción de las mujeres ante esto, pues verás, porque es la tuya. Te retratan: “Ellas quedaron espantadas”. Cuando Jesús se disfraza de estos rapaces jovenzuelos (un cambio de actividad, o te tienes que marchar ahora a otro lugar que no deseas, o cambiar de profesión. Y si estabas estudiando tienes que trabajar y si estás trabajando tienes que estudiar…) Entonces a ti te pasa que quedas espantado. Igual que estas mujercitas. Porque como no vives de fe, como no te mueves en el clima de la Resurrección, no miras a la Virgen, la estable. Porque lo más admirable en la Virgen no es su pureza, eso es lo primero que nos sorprende cuando somos niños. No es tampoco su sencillez de niño ante la voluntad de Dios, obediente… Ni siquiera su ejemplaridad alegre y el cumplimiento del deber desde el “hágase” hasta el “stábat”. Todo esto te sigue atrayendo siempre. Pero no es lo más grande de la Virgen.

Lo que verdaderamente anonada al contemplar a nuestra Señora es la fe grandiosa que tiene, a pesar de todo lo que le dice a Ella su cabecita, que le dice lo mismo que a mí, más o menos. A pesar de lo que le dicen las personas que están alrededor, que la tienen como visionaria y que está un poco trastornada por el dolor de la muerte del hijo.

Dios te manda esos “enviados” para purificar tu fe. Y es entonces cuando Él se te aparece.

Transcripción de una meditación de
Ejercicios (oral). Agosto 1968

Enseñar a comprender


Por Abilio de Gregorio

Observando el derrotero actual de la educación parece advertirse una suerte de deriva sin causa final, de intranscendencia o actividad de canto rodado en el acto de educar.

Con mucha frecuencia se puede pensar que la acción que realiza el docente (técnico, especialista, ‘enseñante’…) no transita más allá del mismo acto académico. Quizás no sea sino una manifestación más de esa enfermedad contemporánea del espíritu que algunos pensadores han diagnosticado como ausencia de teleología. Y, sin embargo, ya Aristóteles advertía que maestro no es el que muestra o enseña fenómenos, sino el que explica las causas, entre ellas las finales. Es decir, maestro es el que ofrece a sus discípulos los significados de lo factual.

Le han transmitido al docente que, para que el alumno aprenda los conocimientos que se le ofrecen para el aprendizaje, éstos han de resultarle significativos. Lo del “aprendizaje significativo” se ha convertido en un mantra en la nueva liturgia pedagógica del cognitivismo.

Conocimientos significativos, sí, pero ¿qué significado tiene eso que se pretende que aprenda el educando?

Si miramos con detenimiento los libros de texto y las programaciones magisteriales, todo queda reducido a una suerte de asociación de conocimientos; a simples conocimientos enracimados pendiendo, a lo sumo, de alguna sinapsis con la experiencia cotidiana. Ahí se queda la significatividad. Pero no tiene recorrido más allá de lo fenoménico y de lo dado. Es tanto como apearlo del vehículo a mitad de camino.

Advierte Robert Spaeman: “Cuando el hombre se entiende a partir de una naturaleza que él no entiende a su vez por analogía con el hombre, él se convierte, junto a la naturaleza, en objeto de una manipulación sin sujeto”.

Es importante que el educando vaya comprendiendo la razonabilidad de los fenómenos que estudia. Este es el nervio de la ciencia. Pero siempre le quedará pendiente la pregunta acerca de las razones o la Razón (el Logos que era en el principio) de esa razonabilidad. Es muy importante enseñar a mirar hacia lo que está detrás y hacia lo que está más allá.

Como en el caso de la visión de nuestros ojos, también la razón miope se explica por la corta distancia focal entre el órgano de comprensión y el objeto estudiado.

Frente a la vigencia práctica de criterios de casualidad (ocurrencias, improvisación...) que quieren presidir la enseñanza de tantos docentes, es preciso cultivar con los alumnos las capacidades de análisis desde categorías de causalidad (los porqués, el para qué...): utilizar los postulados de razón que enseñen a entender el sentido hasta llegar, aunque sea esforzadamente, a matrices cognitivas últimas desde las cuales encontrar sentido a todo.

En el terreno de la ciencia y de la historia ¿a dónde nos está llevando esta resistencia a considerar una teleología de la naturaleza y de las acciones humanas más allá de sus mecanismos y estructuras internos, por mucho constructivismo y mucho análisis sistémico que hayamos querido aplicar? En el fondo, resulta más coherente creer en los milagros desde la causalidad eficiente que creer en la casualidad de lo fáctico.

¿Qué nos aporta el conocimiento de los acontecimientos más sobresalientes de la Historia si dicho cono cimiento no nos conduce a comprender cómo es la lucha del hombre entre el bien y el mal que llevamos dentro? ¿Qué está aprendiendo realmente un educando de la mano de sus profesores de las ciencias si no logra preguntarse y encontrar respuesta a la cuestión de qué es lo que nos muestra la ciencia de la realidad; si no se interroga acerca de cuál es el papel de la ciencia en nuestro mundo y acerca de dónde y cómo se da el progreso de la humanidad? ¿Qué se le está enseñando realmente a un inerme alumno de secundaria obligatoria, por ejemplo, cuando después de describirle con rigor científico y eficacia didáctica lo relativo a la maravilla de la reproducción humana y el surgimiento de la vida, se cierra el tema describiéndole pormenorizadamente todos los métodos para evitar que se produzca? A propósito decía Benedicto XVI el 17 de abril de 2008 en la Universidad Católica de América en su viaje a Estados Unidos: “Es especialmente inquietante la reducción de la preciosa y delicada área de la educación sexual a la gestión del "riesgo", sin referencia alguna a la belleza del amor conyugal.”

Los ángeles en nuestra vida


Fernando Martín Herráez

Es algo de lo que hablamos muy poco. Y no carece de importancia. Es una verdad de nuestra fe, pero al ser algo misterioso va quedando siempre como en la trastienda. A veces se les ha relegado como una devoción infantil e ingenua, y en otras ocasiones se ha deformado su realidad desde una mitologización que es ajena a la verdad.

Según entiende la teología católica los ángeles son seres personales de naturaleza espiritual e invisible creados por Dios, inteligentes, que colaboran como mensajeros en el ejercicio de la Providencia en la Historia de la Salvación.

Benedicto XVI ha aprovechado numerosas ocasiones, especialmente en las fiestas de los ángeles, para profundizar en esta realidad. Hace un par de años recordó la importancia de los ángeles en la historia de la salvación e invitó a todos a pedir su intercesión para poder servir mejor a Cristo.

Como ha dicho el Papa, “quitaríamos una parte notable del Evangelio si dejáramos aparte a estos seres enviados por Dios, que anunciaron su presencia entre nosotros y que son un signo de ella. Invoquémosles, a menudo, para que nos sostengan en el empeño de seguir a Jesús hasta identificarlos con Él”.

Con estas palabras ha marcado claramente el camino de nuestra devoción a los ángeles. En primer lugar nos recuerda que están presentes en los evangelios, que constituyen el fundamento de nuestra fe en Cristo. En segundo lugar, que como mensajeros, Dios se ha servido de ellos en multitud de ocasiones en la historia de la salvación para anunciar Su presencia. Y esto no es solamente un hecho del pasado, sino que tiene su realidad en el presente. Y en tercer lugar, sobre todo, nos exhorta a una invocación frecuente para que nos ayuden en lo que verdaderamente importa: el camino de santidad hasta lograr la identificación con Cristo.

Que Santa María de los Ángeles, una devoción muy especial que nos ha dejado en herencia nuestro querido Abelardo, nos ayude a renovar y mantener esta intercesión tan preciosa.