jueves, 2 de diciembre de 2010

Presencia popular del arte en la Navidad: gozos y tristezas

Por Santiago Arellano Hernández


Los que hemos nacido en familias cristianas, recordamos el gozo con que celebrábamos el acontecimiento de la Navidad. No era una costumbre sin más. Éramos conscientes de que vivíamos una tradición secular. El belén iluminado señalaba el centro de la fiesta: Nos ha nacido un niño. Turrones, villancicos y panderetas formaban el entorno visible de la realidad invisible que lo animaba todo. Aquellas vivencias se me incrustaron en el alma y desde entonces me he esforzado en que, año tras año, reviviéramos en familia aquellos sentimientos. Alguna lagrimilla me cuesta cada vez que escucho el "Vamos, pastores, vamos", "Dime Niño de quién eres" o el "Ay del chiquirritín".

Todo es herencia que se ha ido perfeccionando en el tiempo. La liturgia anclaba los momentos grandes. Lo demás fue surgiendo en lento proceso. Por ejemplo sabemos que fue San Francisco de Asís quien primero ideó el belén. Pero tardaría mucho tiempo en hacerse habitual en todas las casas de la cristiandad y con él golosinas y costumbres culinarias.

Escuchemos a Gerardo Diego, poeta culto pero rico en sensibilidad popular:

¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén?
¿Quién ha entrado por la puerta?
¿Quién ha entrado, quién?

La noche, el frío, la escarcha
y la espada de una estrella.
Un varón -vara florida-
y una doncella.

¿Quién ha entrado en el portal
por el techo abierto y roto?
¿Quién ha entrado que así suena
celeste alboroto?

Una escala de oro y música,
sostenidos y bemoles
y ángeles con panderetas
dorremifásoles.

¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén,
no por la puerta y el techo
ni el aire del aire, quién?

Flor sobre impacto capullo,
rocío sobre la flor.
Nadie sabe cómo vino
mi Niño, mi amor.

Los primeros pasos

Repasando por encima los textos primeros en lengua castellana, nos vamos a encontrar con la narración fuerte de los acontecimientos conmemorados. Por ejemplo en el Poema de Mió Cid, en el momento de implorar a la Virgen María protección para su esposo y para ella y sus hijas, escucharemos en boca de Doña Jimena los hechos como si de un canto de loores se tratase. Jimena le recuerda a la Virgen: "Prísist encarnación en Santa María madre,/ en Belleem aparegist commo fue tu veluntad;/pastores te glorificaron, ovieron te a laudare, / tres reyes de Arabia te vinieron adorar/Melchior e Gaspar e Baltasar. / Oro e tus e mirra te offregieron commo fue tu voluntad".

Pero olvidar la Providencia de Dios nos ha dejado a los hombres sin esperanza. La historia se ha convertido en un acontecimiento ciego. Somos fruto del azar, determinados como seres constituidos sólo de materia sometida a una evolución inexorable. ¿Y tiene que ser el azar más razonable que el reconocimiento de un Dios creador de todas las cosas evidente a la luz de la razón natural, y que por Revelación sabemos que todo lo hizo no por necesidad sino por amor?

Como diría un castizo, gracias a Dios no dudo en quedarme del lado de esa Providencia amorosa que cuida de todas las cosas, pero no por un sentimentalismo interesado, sino porque en esta mi edad, avanzada en años y algo cursada en estudios, también he sido testigo de la mano de Dios en mi vida. Siempre se alega lo mismo: el sufrimiento. Como si por negar a Dios o renegar de nuestra fe el dolor desapareciera de la vida humana y de la misma tierra. Y como si los cristianos no nos tomáramos en serio dominar la tierra para aliviar el sufrimiento y eliminarlo en lo posible. No entienden la buena nueva.

Berceo en su candoroso poema "Loores de Nuestra Señora" lo expresa de manera certera en las dos estrofas que he seleccionado. Toda la Humanidad estaba expectante a la venida del Hijo. Sabía que tardaría; pero no tenían la menor duda de que iba a ocurrir. El sufrimiento ha acompañado la vida de los hombres. Berceo recuerda a Adán y el fin de la Cruz: "por que cobrase Don Adam el bien que había perdido." "El tiempo de tu hijo, todos lo esperaban; porque tarde venía mucho se quejaban; mas, aunque sería tarde, que vendría no dudaban; tenían gran alegría, aunque mucho penaban. Grandes tiempos pasaron ante que esto fuese cumplido Mas la virtud de Dios no lo echó en olvido, El consejo de salud en cielo fue decidido por que cobrase Don Adam el bien que había perdido."

La alegría popular por ser Navidad la vamos a encontrar por primera vez en el Arcipreste de Hita, en el siglo XIV. En uno de sus loores a Santa María animaba a gozar en el día de Navidad a todo el pueblo de Dios: "Todos los christianos / aved alegría / en aquel día".

El reinado de los Reyes Católicos

La alegría de la Navidad se manifiesta con un esplendor inusitado en la corte de los Reyes Católicos. En pintura: recordemos a Juan de Flandes o a Pedro Berruguete, deliciosos pintores de finales del XV en sus cuadros sobre el tema del nacimiento o el de la adoración de los Reyes Magos.

Pero es especialmente en la poesía lírica donde aparecen los sentimientos más delicados y que a mi entender se convierten en vena fecunda que llega hasta nuestros días. Primero fue el teatro religioso-cortesano de Gómez Manrique, tío del más conocido Jorge Manrique. Su Representación del nacimiento de Nuestro Señor presenta una técnica teatral rudimentaria, pero se escribió para representarlo. Se compuso a instancias de su hermana "vicaria del monasterio de Calabazanos". Lo más lírico de la "Representación" es la cancioncilla con que concluye: "Canción para acallar al Niño". No me resisto a copiar siquiera el primer zéjel de esta deliciosa canción de cuna. La ternura de María nos conmueve consolando a su hijo por el sufrimiento que le espera: "Callad, fijo mío, / chiquito. / Callad vos, Señor, / nuestro Redentor, / que vuestro dolor/durará poquito."

Toda la producción cultural y artística convierte el momento en pórtico inexcusable de nuestro Renacimiento. El esplendor del arte sobre el tema navideño es una deuda más de las que nos vinculan con aquel periodo. La valoración cortesana de lo popular convive con la exaltación de la cultura clásica que debe mucho a la gran Reina. Isabel introdujo entre sus damas el estudio riguroso de la lengua latina. Beatriz Galindo se convierte en cita adversa para la marginación cultural de la mujer además de servir de ejemplo de mujer piadosa y caritativa. ¿Quién no conoce que el barrio madrileño de "La Latina" conserva el mote con que era conocida popularmente esta admirable mujer? Institutriz de los hijos de la Reina y consejera fiel y amiga entrañable desde que cumplió 16 años, es prototipo del Humanismo español, culta y creyente, generosa creadora de hospitales y de monasterios. El estallido cultural de nuestro Renacimiento, incluida La Celestina, no se explica sin estas raíces clásicas de la mano de mujeres así, dentro de la escuela de Nebrija.

Sin embargo el tema navideño en poesía encajó pronto en la corriente popular. Me estoy refiriendo, dentro de la poesía de los Cancioneros, a la denominada poesía de tipo tradicional en la que está presente toda la herencia poética medieval, incluida la más lejana de las jarchas. Como subsuelo fecundo y firme, sin el que nada podríamos entender, la lozanía de la religión católica remozada por la renovación que llevó a cabo Cisneros y la llamada "devotio moderna" centrada en la persona de Cristo. De aquella herencia vivimos, aunque la sepulten luces ficticias y nuevos mercaderes.

El más admirable de todos es Fray Ambrosio de Montesinos, a quien Gerardo Diego por sus delicadas composiciones, solía denominar como nuestro Fray Angélico lírico. Cómo no recordar de Montesinos su entrañable "No la debemos dormir / la noche santa, / no la debemos dormir".

Desde ese momento encontraremos deliciosos poemillas en los más renombrados poetas. San Juan de la Cruz escribía esta coplilla a sus discípulos: "Del verbo divino / La Virgen preñada / Viene de camino / Si le dais posada"... Cuentan sus biógrafos cómo en la Noche de Navidad cogía en sus brazos al Niño Jesús mientras le cantaba una cancioncilla amorosa popular no exenta de picardía convertida a lo divino: "Si amores me han de matar/ agora tengan lugar", para regocijo de sus frailes.

Vamos a encontrar también poemillas deliciosos en Valdivieso, Tirso de Molina o en don Luis de Góngora. ¿Quién no recuerda el siguiente?: "Caído se le ha un Clavel / Hoy a la Aurora del seno: / ¡Qué glorioso que está el heno, / Porque ha caído sobre él!"

El genio de Lope de Vega

Pero como en tantos otros géneros el genio llegó con el Fénix de los ingenios. Cuando en 1612 Lope de Vega publicó la novela "Pastores de Belén", nos legaba uno de los documentos más bellos de cómo se vivía en aquellos siglos de Oro la Navidad. En sí, se trata de una novela pastoril, en la que la prosa y los versos se entremezclan para contarnos los amores y desventuras de unos pastores idealizados.

Las poesías intercaladas constituyen una antología de temática navideña admirable, en los más variados versos y estrofas. Cómo olvidar el romance que narra lo acontecido desde el anuncio del Ángel Gabriel a la presencia de su niñito en Belén, desvalido y pobre, puesto entre pajas, o la nana-villancico que le canta María a su Niñito.

"La niña, a quien dijo el ángel que estaba de gracia llena, cuando de ser de Dios Madre le trajo tan altas nuevas; ya lo mira en un pesebre llorando lagrimas tiernas, que obligándose a ser hombre, también se obliga a las penas. ¿Que tenéis, dulce Jesús?, le dice la niña bella. ¿Tan presto sentís, mis ojos, el dolor de mi pobreza? Que no tengo otros palacios, en que recibiros pueda, sino mis brazos y pechos, qus os regalan y sustentan, No puedo mas, amor mió, porque si yo más pudiera, vos sabéis que vuestros cielos envidiaran mi riqueza.

(...) Pues andáis en las palmas, ángeles santos, que se duerme mi Niño, tened los ramos.

Gerardo Diego, 1940

En la más arraigada tradición de la lírica española navideña y no sólo en lengua castellana, Gerardo Diego, el por antonomasia poeta católico de la denominada Generación del 27, nos ofrece en este poema una auténtica joya literaria y humana. El poema brota como borboteo de manantial sin maleza. Quién sino María sabe del prodigio que lleva en sus entrañas y del acontecimiento que en su alumbramiento va a llenar de luz y de esperanza en breve a la Humanidad.

Lo que no era previsible es que por encima de la naturaleza y de los ángeles, cerrase el climax, y de qué manera, la figura de San José. El yo de María se repite como signo vacilante de su humildad. Sólo su esposo San José, no menos humilde, puede sacarle de su delicada inquietud. Suelo considerar a este tipo de "trucos" poéticos como una contradicción aparente. ¿De verdad que María tiene que preguntar a la luna, a la brisa o al ángel como debe acoger a su Hijo? Sin embargo entendemos que el modo de los referentes nombrados nos permite adivinar que todavía cabe un modo superior de acogida, el que espera de su esposo San José. Ella, una niña, sabe y no es dudar el verso "si es que lo sabe" que la protección para el Niño, la delicadeza de la brisa, la reciedumbre de la luna con los robles, el fiel cumplimiento de los ángeles sólo puede encontrarlo en mayor plenitud en su esposo San José. "Y yo te obedeceré".

Cuando venga, ay, yo no sé con qué le envolveré yo, con qué. Ay, dímelo tú, la luna, cuando en tus brazos de hechizo tomas al roble macizo y le acunas en tu cuna. Dímelo, que no lo sé, con qué le tocaré yo, con qué. Ay, dímelo tú, la brisa que con tus besos tan leves la hoja más alta remueves, peinas la pluma más lisa. Dímelo y no lo diré con qué le besaré yo, con qué. Y ahora que me acordaba, Ángel del Señor, de ti, dímelo, pues recibí tu mensaje: "he aquí la esclava". Sí, dímelo, por tu fe, con qué le abrazaré yo, con qué. O dímelo tú, si no, si es que lo sabes, José, y yo te obedeceré, que soy una niña yo, con qué manos le tendré que no se me rompa, no, con qué.

Barioná, el Hijo del Trueno

Los cambios sociológicos han ido alejando a muchos europeos de estas celebraciones. Quién no ha oído decir: "la época del año más triste es la Navidad". La fiesta se ha quedado en rito sin alma. Pues bien, he aquí un inesperado Misterio de Navidad para el hombre y mujer de nuestro tiempo, escrito por un autor no menos insólito: Jean Paul Sartre.

La edición, realizada por Don José Ángel Agejas en la editorial Voz de Papel, es digna de todo elogio y reconocimiento. Una obra que se podía ya dar por perdida, Don José Ángel, con un tesón admirable, nos la recuperó para los creyentes y para cualquier lector que sepa discernir obras de valor universal. El eje en cuyo entorno gira el argumento es la esperanza. El nacimiento del Niño-Dios devuelve la esperanza a la humanidad. Cada niño que viene al mundo, aún en medio de sufrimientos y contrariedades es "un don gratuito a perpetuidad", convocado a la alegría y a la esperanza. Frente a la desesperanza de Barioná, representante lúcido de todos los seres humanos, aparece Baltasar, nuestro Rey Mago, quien con palabra rotunda anuncia la buena nueva salvadora que trae el Mesías esperado.

Cuando a los aficionados a la lectura se nos depara el gozo de encontrar una obra asombrosa en donde menos lo esperabas, no puede uno menos que echar mano de la parábola evangélica de la perla y el muladar. Que Sartre me perdone. Pero yo que en mis mocedades lo leí de cabo a rabo y, no sé por qué privilegio del cielo, me rebelaba contra su nausea existencial, su nada y sus desesperanzadas afirmaciones sobre el ser humano vistos como "pasiones inútiles" y seres "nacidos para la muerte", brinqué de alegría, al leer su obra casi desconocida, sepultada voluntariamente en el olvido, "Barioná" Misterio de Navidad. Es Sartre puro, tal cual, pero doctrinalmente resuelto por él mismo, aún antes de que desarrollara obras que le convirtieron en el ideólogo de mayo del 68.

Si este mundo carece de un Dios que rige, aunque con trazos torcidos la historia, y además desde el respeto a la libertad de los hombres y desde el amor, tiene razón Sartre. El mundo es un sinsentido y un absurdo. O nos ponemos a gozar, caiga quien caiga, o si piensas, te carcome la depresión y la tristeza. No vale la pena ni nacer ni engendrar, aunque sea insoportable la existencia sin que ya no veamos nunca la sonrisa de un niño.

No conozco ningún Auto de Navidad que supere la hondura y belleza del de Sartre. Regaladlo en estas navidades. Nuestros clásicos los compusieron llenos de encanto y ternura. La fe daba por supuesto el contenido humano y religioso de la Noche Buena. Nadie había necesitado llegar al meollo de nuestra condición humana hasta que Dios ha desaparecido del escenario humano.

Las circunstancias de su inspiración no podían ser más penosas y trágicas. Estamos en 1940 en un campo de concentración nazi. El Stalag 12 D. Tras la derrota del ejército francés, los alemanes los han conducido a Tubinga. Varios sacerdotes católicos se han propuesto celebrar de alguna manera la noche de Navidad. Uno de ellos ha conseguido que puedan los prisioneros organizar una coral y sobrepasar el toque de queda cantando. Sartre quiere participar. Compondrá una obra de teatro. Nadie se lo ha pedido. ¿Se imaginan qué significó para aquellos prisioneros la frase: "¡La mayor locura del mundo es la esperanza!"?

El planteamiento es desolador. No conozco otra alternativa más radical a las prometedoras promesas de Cristo. Por mucho que se agite el mundo en su caída de vértigo, la vida sin esperanza termina convirtiéndose en insoportable.

Lo que la Navidad nos trae es una alegría plena de sentido para poder vivir. Será el enviado Baltasar quien dé las claves más profundas de nuestra existencia. Asumir el dolor no desde la desesperación sino desde una antropología que pasa por considerarnos siempre y en cualquier circunstancia "un don gratuito a perpetuidad". Toda la Creación, con su inigualable belleza se convierte en lote de mi heredad. . Y lo que todavía llena más: Cristo nos ha devuelto la alegría.

No es verdad que el hombre se libera de las tristezas y pesadumbres por obra de sus manos. No es otra la constatación de la modernidad. El hombre sin Dios se ahíta de placeres pero se ahoga en su desesperanza. El protagonista Barioná confiesa a su pueblo:

"Escuchad: nunca he salido de mi terruño y sin embargo conozco el mundo, porque allí donde se encuentre un hombre, el mundo entero se agolpa a su alrededor... El mundo no es más que una caída interminable, el mundo no es más que una mota de polvo que no termina nunca de caer. Las personas y las cosas aparecen de repente en un punto de la caída y, apenas aparecidos, son arrastrados por esta caída universal y empiezan también a caer, se atomizan y se deshacen. ¡Oh, compañeros!, mi sabiduría me ha dicho: la vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza. (...)

BALTASAR.- Escucha: Cristo sufrirá en la carne porque es hombre. Pero es también Dios y toda su divinidad está más allá del sufrimiento. Y nosotros, los hombres, hechos a imagen de Dios, estamos también más allá de nuestros sufrimientos en la medida en que nos parecemos a Dios. ¿Ves?, hasta esta noche el hombre tenía los ojos cegados por el sufrimiento como Tobías por el excremento de los pájaros. No veía más allá de sí, y se tenía por un animal herido y loco de dolor que galopa a través de los bosques para huir de su herida y que lleva su dolor con él a todas partes. (...) Si aceptas tu cuota de sufrimiento como tu pan de cada día, entonces has ido más allá, y todo lo que está más allá de tu lote de sufrimiento y más allá de tus preocupaciones, todo eso, te pertenece. Todo. Todo lo que es ligero, es decir, el mundo entero. El mundo y tú mismo, Barioná, porque todo tú eres un don gratuito a perpetuidad."

No puedo, por razones de espacio, completar aquí todo el pasaje. Conseguid la obra y leedla emocionados. No conozco un texto de Navidad tan profundo y tan adecuado a las inquietudes del hombre actual. Leedlo pausadamente. Recrearos en las palabras, en la fuerza de las imágenes, en el contenido que nos transmite. Sartre, probablemente como simple juego formal, nos desveló y ofreció la mejor manera de argumentar contundentemente contra el existencialista Sartre: "Esta bella noche, henchida de tinieblas y de fuegos que la atraviesan como los peces hienden el mar, te está esperando. Te espera al borde del camino, tímida y tiernamente, porque Cristo ha venido para regalártela. Lánzate hacia el cielo y serás libre -¡oh criatura superflua entre todas las criaturas superfluas!- libre y palpitante, asombrada porque existes en pleno corazón de Dios, en el reino de Dios, que está así en el Cielo como en la tierra".

Y meditad en estos días: "Si aceptas tu cuota de sufrimiento como tu pan de cada día, entonces has ido más allá, y todo lo que está más allá de tu lote de sufrimiento y más allá de tus preocupaciones, todo eso, te pertenece. Todo. Todo lo que es ligero, es decir, el mundo entero. El mundo y tú mismo, Barioná, porque todo tú eres un don gratuito a perpetuidad"... No, no la debemos dormir la noche santa...