lunes, 1 de noviembre de 2010

La Sagrada Familia, un milagro de Gaudí

Santiago Arellano Hernández

No tengo la menor duda de que la Sagrada Familia de Barcelona es un prodigio artístico. Asombro para quien se ha acercado por entre andamios y grúas a contemplar tan sólo un fragmento de esa obra que se agiganta con el paso del tiempo. Asombro para las generaciones venideras cuando admiren la obra total.

A mí, además, me conmueve la circunstancia histórica en que, contra viento y marea, ha ido surgiendo esta nueva maravilla de la humanidad. Sé que no lo tendrán en cuenta para el reconocimiento de la santidad ejemplar de Don Antonio, pero estoy convencido de que todo ha sido posible por la vigilancia constante y alentadora que el santo arquitecto ha ejercido desde el cielo, como encargado general aunque en la sombra. Que hoy, hoy, se acerque a su final una obra de calado religioso tan hondo es un milagro.

El proyecto original y su desarrollo posterior en el que se combinan fidelidad e innovación, nos remonta a los tiempos medievales en los que bajo el amparo de una misma fe y de una misma cultura, las obras sobrepasaban generaciones y siglos sin merma de la unidad y armonía del producto final. ¿No es admirable que este monumento religioso vaya elevándose por encima de los techos más encumbrados y blasone a la urbe cosmopolita con un vergel de esbeltos y armónicos torreones que proclaman desde el grito silencioso de sus piedras a la ciudad agnóstica la maravilla de la fe olvidada? Con todo lo que ha llovido de movimientos ideológicos, políticos, culturales, violencias, persecuciones religiosas, en este largo centenar de años, que se haya mantenido inconmovible no resulta fácil de explicar.

Desde mis años juveniles de estudiante en Barcelona consideré a Gaudí como el prototipo de genio, inmensamente creativo, capaz de plasmar sobre las piedras arquitectónicas las más fantásticas imágenes, visiones del pasado o del futuro, sea en la ondulada "Pedrera", en el maravilloso parque Güel, sin duda otro país de las maravillas, la casa Botín en León o el palacio arzobispal de Astorga. Sin embargo me parecieron siempre juegos asombrosos, pero juegos. El palacio arzobispal es un buen ejemplo: tan lindo como inútil. El genio necesita un ideal superior para convertir sus obras en sublimes.

La Sagrada Familia no es un mundo lúdico convertido en arquitectura. La Fe de Gaudí se hizo piedra y el dominio técnico y la línea artística personal plasmaron un monumento con vocación de eternidad, más perenne que el bronce, como dijo Horacio. Don Antonio Gaudí es el prototipo del genio católico. Como hombre puso su saber y su hacer; como creyente encontró el norte que ha puesto de manifiesto su genialidad potencial elevada a sublime por obra y gracia de su fe.

Pero la cúspide del milagro se encuentra en la intención de los patrocinadores desde el primer momento: ser un templo expiatorio. ¿"Expiatorio"? ¿Eso tiene que ver con las bagatelas de la modernidad incluso cuando se ponen de manifiesto los aspectos más sórdidos del ser humano? ¿Verdad que no?

La ciudad paganizada tolera el monumento sagrado porque es un centro de atracción turística como no hay otro. Y ya se conoce la rima facilona para definir la ciudad comercial y mercantil "bona si sona" no la campana sino la bolsa.

No tengo la menor duda. El milagro de Gaudí va a ser que por fin La Sagrada Familia de Barcelona va a convertirse en el centro expiatorio más importante de la cristiandad. Tiempo al tiempo. Benedicto XVI creo que lo ha visto.