lunes, 1 de noviembre de 2010

“Los templos son puentes para llegar a la Gloria” (A. Gaudí)

Portada Estar 251
Editorial revista Hágase Estar nº 251 noviembre 2010

El templo de la Sagrada Familia está dedicado a la Familia de Nazaret, icono y modelo de todas las familias cristianas. Dijo Juan Pablo II, cuando lo visitó en 1982, que "recuerda y compendia otra construcción hecha con piedras vivas: la familia cristiana, célula humana esencial, donde la fe y el amor nacen y se cultivan sin cesar".

Hemos querido dedicar nuestro tema de portada al siervo de Dios Antonio Gaudí su arquitecto, cuya causa de beatificación, completada en su fase diocesana, se halla ahora en Roma, en la Congregación para las Causas de los Santos. Cuando se hizo cargo del proyecto del Templo Expiatorio, sus creencias religiosas no estaban suficientemente consolidadas. Pero su dedicación al mismo y la amistad con su amigo el obispo de Astorga, Joan Baptista Grau, hijo de Reus también, le fueron transformando por completo. El escultor japonés Etsuro Sotoo, que se bautizó arrebatado por el espíritu del templo, en el que trabaja desde 1978, afirma que "Gaudí no sólo construía el templo, sino que el templo le construía a él. Lo mismo he experimentado yo en estos años". Y añade: "Me di cuenta de que no debía mirar a Gaudí, sino mirar hacia donde él miraba".

El arte no termina en el artista, y aún menos si brota de una fe viva; toda obra de creación cultural está viva, y se completa con la contemplación del que la capta: nace una nueva música en cada actuación, un nuevo libro en cada lectura, un nuevo cuadro en cada exposición, porque siempre cambia el público y el eco que se genera en su interior. Lo mismo ocurre con un templo como éste: detrás está el hombre que lo concibió y Aquél a quien él miraba. Quien contempla bóvedas, agujas, naves, luz y piedra se adentra en un espacio sagrado. Y poco a poco se convierte él mismo en templo, en templo vivo.

San Pablo pregunta a los Corintios: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?", de modo que todo hombre y toda mujer tiene que cultivar su cuerpo, no para absolutizarlo, sino para que dé gloria a Dios.

El poeta Joan Maragall, gran amigo de Gaudí, escribía del templo aún balbuciente en 1900: "¡Oh encanto de la formación indefinida! Yo comprendo que el hombre que más ha puesto de su vida en la construcción de este templo no desee verlo concluido, y legue humildemente la continuación de la obra y su coronamiento a los que vengan después de él. Bajo esa humildad y esa abnegación late el ensueño de un místico y el refinado deleite de un poeta. Porque, ¿hay algo de más hondo sentido y algo más bello al fin, que consagrar toda la vida a una obra que ha de durar mucho más que ella, a una obra en que han de consumirse generaciones que aún están por venir? ¡Qué serenidad ha de dar a un hombre un trabajo de esta naturaleza, qué desprecio del tiempo y de la muerte, que anticipo de la eternidad!

"¡El templo que no concluye, que está en formación perenne, que nunca acaba de cerrar su techo al cielo azul, ni sus paredes a los vientos, ni sus puertas al azar de los pasos de los hombres, ni sus ecos a los rumores de la ciudad y al canto de las aves! ¡El templo que aguarda constantemente sus altares, anhelando siempre fervientemente la presencia de Dios en ellos, levantándose siempre hacia El sin alcanzar nunca su infinita alteza, pero sin perder tampoco ni un momento la amorosa esperanza! ¡Qué hermoso símbolo para írselo transmitiendo unos a otros los siglos!"

Qué oportuna invitación, con la consagración de la Basílica por Benedicto XVI, a hacer de nuestras vidas, como decía el siervo de Dios Antonio Gaudí, puentes por los que otros lleguen a la Gloria de Dios.