miércoles, 1 de septiembre de 2010

La Iglesia, siempre la misma y siempre rejuvenecida

P. Tomás Morales, S.J.

No te canses de admirar a la Iglesia, de aprender la sublime lección que te da. La Iglesia está convencida de que la radical novedad del Evangelio está en su propia identidad. Una Iglesia que sabe armonizar progreso y tradición. Una Iglesia en actitud constante de actualización, pero que conjuga fijeza y novedad. Una Iglesia que tiende incansable a la renovación continua de la vida (Rm 6,4), pero en la fijeza inconmovible de la fe (I Pe 5,9). Una Iglesia en continua y selectiva función de asimilación, como escribió con lucidez John H. Newman.

Levadura oculta en un mundo en expansión continua, no se cansa de hacerlo fermentar, pero enraizada siempre en los cimientos indestructibles y permanentes de la fe. Avanza siempre, pero rechazando "la fácil condescendencia con el conformismo ideológico y práctico de la cultura-ambiente, y la cobarde sugerencia de que para ser moderno es necesario comportarse como los demás." (Pablo VI)

Pablo VI te estimula a ser fermento vivo y evolutivo en el mundo imitando a la Iglesia, que "se manifiesta igual en las más diversas vicisitudes, sugiriendo una maravillosa observación. El curso secular de los tiempos, engendrador primero y devorador después de los grandes fenómenos humanos, no sabe dar razón adecuada del nacimiento y del vigor de la Iglesia ni consigue diluirla en su flujo, increíblemente transformador y disolvente. Antes al contrario, la encuentra en todas las etapas de la historia, no sólo siempre la misma, sino siempre en vías de rejuvenecimiento y actualización. Y no por la ayuda temporal de acontecimientos propicios o factores externos, sino por la capacidad restauradora de encontrar en sí misma, como cuerpo que despierta del sueño, más frescas y vivas energías" (8.3.1964).

Eres Iglesia. Participas, por tanto, al mismo tiempo, de su inmutabilidad y de su flexibilidad. Ella se adapta siempre a las nuevas realidades sociales sin perder su primigenia originalidad. No te "maravilla ni escandaliza que la Iglesia se enriquezca en su larga meditación y ardorosa defensa de su patrimonio doctrinal, con nuevos dogmas y disposiciones, con las que algunos creen ver alterada y oscurecida su nativa sencillez evangélica." (Idem) Te llenas de fuerza y alegría al ver que la Iglesia, sobre sus eternos fundamentos, es un edificio en perpetua construcción, al comprobar que los pueblos pasan, los tronos se derrumban, los imperios se hunden, pero ella permanece.

Te enorgulleces de pertenecer y amar a la Iglesia. Te emocionas ante la admirable y doble continuidad de la Iglesia, en sí misma y en la doctrina que ella misma profesa.

Con Pablo VI saboreas que "la celebración del Vaticano I fue un acontecimiento eclesial de incalculable alcance histórico. Sus definiciones son faros luminosos en el desarrollo secular de la Teología, puntos firmes en la vorágine de los movimientos ideológicos que caracterizan la historia del pensamiento moderno. El Vaticano I es el punto de arranque de un dinamismo de estudios y de obras, de pensamiento y de acción que culminaría en el Vaticano II, expresamente inspirado en el Vaticano I. Al promulgar la constitución Pastor Aeternus, Pío IX pone el arquitrabe de sólida construcción eclesiológica que completaría y perfeccionaría la Lumen gentium, carta magna del Vaticano II." (Centenario de la muerte de Pío IX, 5.3.1978)

Tesoro escondido