jueves, 1 de julio de 2010

La familia como razón de vida

Por Santiago Arellano Hernández

El verano no nos deja opción. Sorolla. Déjenme inundarme de su luz y de su mar, aún para contemplar a la familia. Me encanta Don Joaquín cuando pinta a su familia, en medio de la explosión de una alegría sana, de un estar a gusto con el tiempo dado y con la existencia.

Familia segoviana (Joaquín Sorolla)
Para ilustrar este artículo he elegido el cuadro que representa una escena costumbrista en el interior de una casa campesina valenciana. La ventana deja entrar a raudales la luz. Una niña casi adolescente, cercana a los instrumentos de hilar, contempla conmovida a su madre, que amamanta al hermanito, mientras el abuelo, se alza de su sillón, para contemplar embelesado al nieto y a la hija. Al otro lado de la ventana un jardín exuberante de flores y de colorido. Detrás de la joven madre y por encima de un aparador, cuelga de la pared un sencillo crucifijo, adornado con su apretado ramillete o de espigas o de hierbas olorosas.

La belleza en medio de la cotidianidad. No sólo por la luz, sino porque se nos pone de relieve la grandeza de la vida familiar, en medio del trabajo de todos, de la sencillez de costumbres, vestidos como los campesinos con la pobreza de las panas y de los colores oscuros en las mujeres.

El crucifijo hace patente, como sin pretenderlo, el sentido profundo de estas vidas. El niño y su hermanita abren el camino a las esperanzas humanas. Son el futuro; el presente es la madre; y el pasado, el abuelo. Por encima de todos sobrevuela la esperanza verdadera, la que da continuidad al "siempre". El crucifijo no es un objeto, es la referencia sagrada que da sentido a cada una de las existencias.

Nos toca vivir en una época en que hemos sido testigos del abandono de la mirada trascendente en grandes sectores de la sociedad. La desacralización nos ha hecho perder la reverencia y como consecuencia el respeto que todo requiere cuánto más las personas.

Presiden la vida el resentimiento, el recelo y la desconfianza. Y un individualismo brutal se antepone aún a los deberes más naturales y por eso sagrados. Ni los hijos, ni el compromiso entre esposos, ni la maternidad ni la paternidad exigen mantener los vínculos de bien que libremente asumieron. Cada uno va a lo suyo. El vecino no es compañero, sino competidor de los bienes materiales, aunque una cortesía superficial, pueda disimularlo. Por eso no se ama a la Patria, no existe un bien común sino un interés general. La esposa se ha convertido en compañera sentimental, por lo tanto en competidora, lo mismo que el esposo, por lo tanto en incapacidad para amar, hasta dar la vida por el otro.

La familia ha sido, es y será el aunamiento en un proyecto común, al constituirse un hombre y una mujer, en cuanto personas, en matrimonio, para hacer posible la vida, y propiciar el bien (la felicidad) de cada uno y de todos sus componentes, constituyéndose de esta manera en el núcleo básico de toda sociedad. Si esto se pierde, quien lo paga es cada ser humano. Todos.

Homero lo sabía. Nausicaa, la discreta y hermosísima doncella, que encuentra Ulises al llegar al país de los Feacios, lo sabe. Por eso le dice estas prudentes palabras para evitar amargos comentarios: "Pero yo también me indignaría con otra que hiciera cosas semejantes contra la voluntad de su padre y de su madre y se uniera con hombres antes que celebre público matrimonio" (Odisea. Canto VI).