miércoles, 1 de septiembre de 2010

Aprender a ser más hombres

Antoine de Saint-Exupery. La ciudadela. Secuencia XXV.

Santiago Arellano Hernández


Por esto hice venir a los educadores y les dije: -No estáis encargados de matar al hombre en los pequeños, ni de transformarlos en hormigas para la vida en el hormiguero. Porque poco me importa que el hombre esté más o menos colmado. Lo que me importa es que sea más o menos hombre. No pregunto primero si el hombre será o no feliz, sino qué hombre será feliz. Y poco me importa la opulencia de los sedentarios saciados, como del ganado en el establo.

No lo colmaréis de fórmulas vacías; sino de imágenes cargadas de estructuras.

No los llenaréis de conocimientos muertos. Sino que les forjaréis un estilo para que puedan asir.

No juzgaréis de sus aptitudes por su aparente facilidad tal o cual sentido. Porque quien va más lejos y logra mayor éxito es el que más ha trabajado en contra de sí mismo. En primer lugar; pues, tendréis en cuenta el amor.

No insistiréis sobre el uso. Sino sobre la creación del hombre, a fin que éste cepille su tabla en la fidelidad y el honor, y la pulirá mejor.

Enseñaréis el respeto, porque la ironía es del cangrejo, y olvido de rostros.

Les enseñaréis la meditación y la plegaria porque con ellas se dilata el alma. Y el ejercicio del amor. Porque, ¿quién lo reemplazaría? Y el amor de sí mismo es lo contrario del amor.

Enseñaréis el gusto de la perfección porque toda obra es una marcha hacia Dios y no puede acabarse sino con la muerte"

Saint Exupery tiene el don de discernir, entre el caótico mundo social y cultural en que vivió, las claves que permiten al ser humano descubrir su dignidad y los fundamentos de una felicidad acorde con la naturaleza misma. Él no se manifiesta como un hombre religioso. Precisamente por eso me llama poderosamente la atención que desde su mirada honda se acerque tanto a las concepciones que sobre el hombre y su vida en comunidad enseña el magisterio de la Iglesia. Aguda inteligencia, penetrante poder de observación, alma poética y un sentido común asombroso, asombroso precisamente porque ha desaparecido de gran parte de la tierra.

Toda la novela es una reflexión sobre lo que constituye la verdadera esencia de la ciudad, como morada de los hombres.

A contracorriente, destruye las falsas promesas y ofrece, mediante el diálogo con todos los responsables de cada oficio urbano, el verdadero sentido de las cosas, echando por tierra los tópicos que paralizan el hallazgo de la verdad. Arquitectos, generales, jardineros o, como en este caso, educadores.

No convoca a 'enseñantes', sino a educadores. Lo importante no es hacer de cada persona una hormiga gregaria en el trabajo despersonalizado, con el peligro de matar en cada niño al hombre que debe ser. Educar no es capacitar para terminar colmado de bienes materiales. Educar es propiciar que cada hombre sea más hombre.

La antropología que subyace va en dirección contraria de los modelos en boga: El que más triunfa es el que más ha trabajado contra sí mismo; no conocimientos, sino estilo; no usos, sino creación en clave de honor; sí respeto, nunca ironía; plegarias y meditaciones que ensanchan el alma; suscitar el gusto por la perfección. Como razón, el amor. Pero sabiendo que "el amor de sí mismo es lo contrario del amor." Esto es ser un maestro y no un trabajador de la enseñanza.

La pattiserie
Se ha dicho que la pintura impresionista francesa refleja una humanidad que ha perdido la noción del pecado original. No necesitan educadores; sino galantes cortesanos. Una mirada menos ingenua nos ofrece Jean Beraud por ejemplo en "La pattiserie". Precisamente la ciudad sugerida es antitética de la plasmada por Saint Exupery. La vida es más que pasar un rato. Dichosa calidad de vida.