martes, 1 de junio de 2010

Anhelo profundo del Reino de Cristo

Por Santiago Arrellano Hernández


La persecución sistemática a la Iglesia y el desprecio displicente de todo lo que recuerde a Dios pueden ocultarnos el anhelo inconsciente de las multitudes por el triunfo del Reino de Cristo.

¿No hemos sido testigos del hundimiento de todos los mesianismos terrenales? ¿Qué fue de los imperios construidos sobre el predominio de la raza y de la fuerza y el exterminio de Dios? ¿Qué ha sido de los imperios alzados sobre una igualdad sin justicia, una fraternidad sin caridad y una libertad, residuo pequeño burgués que debía ser aniquilada para conseguir la liberación total del Hombre, por supuesto, una vez aniquilado y expulsado de la tierra hasta el más pequeño vestigio de Dios?

Pienso en esas multitudes inmensas que caminan como ovejas sin pastor En ellas hasta las blasfemias que profieren permiten entrever un desencanto elegiaco hacia el Ser único que puede poner remedio a todas sus apetencias y ensueños. Un sentimiento de frustración se percibe en el griterío ensordecedor de los estadios y de las aglomeraciones por silenciosas que se nos manifiesten.

Ya Martín Santos, en su novela Tiempo de silencio, había denunciado con sarcasmo feroz: "que el hombre nunca está perdido porque para eso está la ciudad (para que el hombre no esté nunca perdido), que el hombre puede sufrir o morir pero no perderse en esta ciudad, cada uno de cuyos rincones es un recoge perdidos".

¿Queda en pie el imperio de la libertad, de la búsqueda del placer y del dinero a toda costa?

No es necesario que se derrumbe como el gigante descrito por Daniel. La crisis económica de nuestros días ha dejado al descubierto el horror de un corazón humano cuando su ideal es medrar a toda costa por encima de todo límite moral. Tampoco este camino elegido nos lleva a un mundo feliz ¿No percibís el grito de soledad, el desvalimiento de los sectores más frágiles de nuestra sociedad, el recelo, la desconfianza, la pérdida de la identidad personal? ¿Quién puede soportar la mirada que penetra nuestra intimidad? Ni siquiera entre los amantes, ni siquiera con los hijos. El individualismo nos ha puesto a la defensiva hasta en el amor

¿Son vanas las esperanzas de la Humanidad? Sin embargo seguimos anhelando que aquí, en esta ladera humana, se establezca un reino de paz, de justicia, reino de vida y amor. No una teocracia. Tu reino, Señor, en el que el yugo es suave y la carga ligera.

El nuevo lábaro para este mundo desolado es el Corazón de Jesús. Un Dios que se acerca al Hombre en son de Amor, como clave de la paz y la justicia. Contemplad cualquier imagen del Corazón de Jesús, deteneos en sus ojos. Recuerda la mirada de Cristo a la mujer adúltera, la mirada de Cristo a Pedro, la compasión de Cristo viendo a las multitudes hambrientas. El escudo de "armas de Cristo" es un corazón en llamas, coronado de espinas, sobre el que se alza la cruz. Como rúbrica una llaga el sello del amor. Con estas armas y con esta bandera, Cristo establecerá entre los hombres su Reino. La Humanidad postrada cantará:

Vuelvo hasta Ti, oh dulce Jesús mío,
Cargado con mis penas y pesares;
Cansado de buscar por mil lugares
Un sosiego, una paz que ardiente ansío.

Me duele en mi vivir este vacío
de afanes y rutinas familiares.
Me duelen mis pecados a millares.
Me duele estar sin Ti, lleno de hastío.

Vengo en busca de alivio, el prometido,
En la Llaga de Amor consoladora
De un Corazón, a un corazón perdido.



¡Frescura matinal reparadora!
¡Conviértame, en Tu pecho malherido,
Tu Agua de Amor, Tu Sangre Redentora!