domingo, 1 de noviembre de 2009

“Que es la vida una excursión que va a la eterna mansión”

Fernando Martín Herráez

(Texto de la presentación del libro Alpinista del Espíritu. P. Eduardo Laforet Dorda (1957-1984)



En estas páginas te vas a encontrar al padre Eduardo Laforet. Un joven sacerdote de los Cruzados de Santa María que murió a los 27 años ofrendando su vida a Dios por amor.


La vida humana es un instante entre dos eternidades. La vida de Eduardo la podemos comparar a la de una estrella fugaz. El mismo utilizó esta imagen para hablar de su vida y la de todos sus hermanos Cruzados de Santa María: una estrella que cruza el cielo, irradiando la luz de Cristo.

Una estrella fugaz. Dios fue preparando lentamente su alma, hasta que en los últimos momentos de su vida se encendió en amor de Dios y se fundió de nuevo con la eternidad amorosa de Dios de la que había salido.

Su partida hacia la casa del Padre quiso la Providencia que fuese el domingo último del año litúrgico, cuando la Iglesia celebra la fiesta de Cristo Rey. Es la culminación del año y refleja el destino final de todos los hombres: Cristo recapitula todas las cosas. Él es el punto de la historia y de la vida de los hombres. Y Eduardo fue atraído hacia Él con la velocidad y la luz de una estrella fugaz.

La vida y las obras de Eduardo, su trayectoria biográfica, sus cartas y pequeños opúsculos, de los que se hace eco esta publicación, se pueden ver reflejados en lo que nos canta una canción. Una canción de montaña que Eduardo cantó junto a nosotros en multitud de ocasiones. (...) La canción titulada "Ven, amigo, que el sol dora las cumbres" (...).

Es la canción del montañero que en la mañana empieza a subir hacia las cumbres. Es la canción de Eduardo: él que subió, con esfuerzo, a las montañas, fue llevado hasta las cimas de la vida eterna por medio del sufrimiento transfigurado en amor.

La canción cobra un sentido nuevo si la ponemos en labios de Eduardo, el guía de almas experimentado que ya ha llegado a la cumbre y que nos llama desde el cielo: "Ven, amigo, que el sol dora las cumbres".

Es la canción del camino: de la lucha, de las cuestas escarpadas, de la risa y del sufrimiento, del "no cansarse nunca de estar empezando siempre" (P. Tomás Morales, SJ.), que fueron los hitos que marcaron el camino de Eduardo.

Como leerás en estas páginas Dios le fue conduciendo por senderos de montaña poco transitados. Con esa paradoja que confunde nuestra soberbia, Dios fue llevando a Eduardo por los caminos del "subir bajando", como le gustaba decir a Abelardo de Armas, cofundador de los Cruzados de Santa María. Dios le fue llevando hacia las cumbres y los valles de la sencillez y de la humildad, especialmente por medio del sufrimiento.

Desde esta perspectiva de la sencillez, toda su vida, su espiritualidad y su mensaje se pueden resumir en cuatro ideas, que se van repitiendo como un estribillo en sus diferentes escritos. Y si quisiéramos compendiarlo en una idea, bastaría la primera: "el mensaje de Fátima", de la que derivan las otras tres, "ofrecimiento", "el valor redentor del sufrimiento" y "conversión".

(...) Te invito, pues, a recorrer los senderos interiores, iluminados por la gracia, de un alma que nos enseña con su vida y con su muerte, a imitación de su Maestro, cómo se puede convertir el sufrimiento en un canto de amor.