sábado, 1 de mayo de 2010

María, causa y razón de nuestra vida

Por Santiago Arellano Hernández

Mayo es la representación visible de María. Las flores, en toda su asombrosa variedad, esplendor y belleza son insinuaciones de su indescriptible hermosura, bocetos de su imagen, vagas aproximaciones a su identidad física y espiritual. María es rosa de abril, es lirio, es azucena, es clavel de las marismas. El pueblo cristiano que sabe lo que representa esta Mujer en la Historia de la Humanidad y en el cada día de nuestro vivir personal, ha querido alabarla y ha echado mano de las hermosuras de la Creación: estrella de los mares, estrella de la mañana, flor de las flores. Bien sabe que es imposible aproximarse a la maravilla de María ni siquiera como Reina y Señora de Cielos y tierra y eligió con sabiduría el mes de mayo como mes de María.

Un conocido mío, que a veces ejerce de trovador, le compuso a la Virgen un poema de alabanzas y de consuelos. Le decía a Nuestra Señora.

No tendrían las rosas su perfume.

Ni esplendor ni el rocío ni la estrella.

No mantendría el valle su querella.

Por la luz que en la cumbre se resume.



Difícilmente el mar, que en sí presume.

De hondura sosegada y ola bella,

plasmaría en la arena, como huella

Retumbante, el soñar que me consume.

No podría la aurora entusiasmarme

Ni extasiarme en el arte y sus delirios

Ni asir la espina ni, al sangrar; gozarme



Si no dijera mi ángel, como un padre:

"Que María sostiene tus martirios

Y que está junto a ti como tu madre."

Algunas lenguas que también lo conocen me aseguran que llevaba el soneto una dedicatoria que decía: "A Fernando Martín, a quien tanto ama la Virgen"

Hace algún tiempo leí en santa Teresita del Niño Jesús que prefería considerar a María, más como Madre que como Reina y que desde luego desdeñaba aquellas cursilerías que alejaban a María de su cotidianidad como doncella, mujer y madre en Israel. A mi me cuesta no admirarla en el esplendor de su poderío en los cielos y la tierra, aunque me emociona saber que me la dieron como Madre.

La Iglesia la define como Madre de Dios, Virgen y Madre, Inmaculada, Asunta al cielo, Madre de la Iglesia. En revelaciones privadas como Auxiliadora o Corredentora o Milagrosa; otras recogen su presencia maternal en el peregrinaje doliente de los pueblos: Pilar, Rosario, Lourdes, Fátima. Otras la presencia de María en cualquier rincón del mundo, son las advocaciones de los pueblos. Bendito sea.

En esta ocasión os propongo que contempléis este cuadro en que María abraza a su niño, no sólo con ternura sino con adoración. La elegancia de las cortinas alejan la escena de la cotidianidad sencilla de la familia de Nazaret, sin duda para enmarcar con decoro al Espíritu Santo, cuidador supremo del Dios encarnado. La presencia de los ángeles, aún en actitudes la mar de graciosas, asomándose tras el cortinaje o sosteniéndolo para hacer visible al Espíritu, son esas cursilerías o beaterías que a la santita de Lisieux le desazonaban. María es madre de la fe. Nos precedió en todo como lo que era una mujer sencilla, elegida por Dios, llena de gracia, pero viviendo como cualquiera de nosotros, aunque exenta del pecado por ser La Madre de Dios y por los méritos de la muerte en cruz de su Hijo. Como contrapunto al predominio de la mirada idealizadora, destacan, por un lado, el libro que como tarea educativa y como cumplimiento de las promesas anunciadas en las Alienzas a nuestros padres, anuncia lo que tiene que suceder; por otro, la comida, como signo del cuidado de la realidad material encarnada. Dios y hombre verdadero.