martes, 1 de diciembre de 2009

Loco

Escribía José Luis Martín Descalzo que acercarse a Belén es acercarse a un mundo nuevo, al de nuestro propio nacimiento. Porque Belén no es una ciudad de nuestro mundo sino un rincón del corazón humano. En Belén hemos nacido todos. Hasta Belén, ser hombre era vivir rodando por los desfiladeros del temor. Desde Belén, ser hombre es ser Hijo de Dios.

La mayor pérdida de nuestro tiempo es nuestra dureza e incapacidad para el asombro. Si la Navidad no nos produce asombro, sorpresa, perplejidad, turbación, estupor... es que ya no tenemos ni idea de lo que es la Navidad o, lo que es francamente peor, que ya nos deja indiferentes que Dios se ha vuelto loco. De amor. El Dios que ha creado el universo se ha atrevido a la locura de volverse pequeño, frágil, vulnerable. Dios se ha abrazado a la pobreza. Dios es humilde. Me quiere como soy.

Sí, la Navidad es un tiempo de alegría. Pero también es un tiempo de estupor, de escalofríos que traspasan cuerpo y alma: ¡Dios se ha hecho niño, recién nacido, bebé, pobre, indefenso...! ¡Dios se ha vuelto loco!, ¡se ha hecho tan pequeño como una de sus criaturas!

Una tarde de tórrido verano, Gandhi se adentró en un río junto al que pasaba, tomó de su fondo una piedra y se la mostró aún chorreante a sus compañeros de camino. Después, con otra piedra más grande, la partió en dos y mostró a sus discípulos que el interior estaba perfectamente seco. "Así, comentó, le ocurre a Occidente. Lleva dos mil años bañado por la enseñanza de Cristo, que ha pasado y pasado sobre su piel, pero por dentro sigue duro y estéril, está seco, no es cristiano... Les oigo cantar 'gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra. Yo me pregunto dónde se da gloria a Dios y dónde se vive en paz..." Y concluyó con una reflexión mitad provocadora, mitad melancólica: "Me gustaría preguntarles a los cristianos qué han hecho de la Navidad".

La Navidad es esparcir la semilla de la resurrección en los corazones muertos de los hombres. Es un volver a nacer que Dios grita y siembra en el cadáver del mundo. Pero esto no nos resulta creíble porque se nos ha olvidado cómo es el amor. Miramos a nuestros intereses inmediatos de pobres egoístas. Seguimos rebosando envidia, rencor, pereza. Somos duros, rígidos. Hemos preferido ser esclavos de las palabras, del dinero, del estómago, del vano honor del mundo, del placer... Nos decimos cristianos, pero somos fariseos. No creemos que Dios pueda perdonarlo todo... Y hasta nos enfadamos por ello. Nos incomoda que Dios se rebaje hasta el pesebre, que no tenga a dónde ir, que mendigue ser acogido...

Según se dice, lo grande nos despierta admiración, sólo se ama lo que se puede abrazar... Eso es, precisamente, la Navidad: Dios que se las ha ingeniado para romper nuestro temor haciéndose un niño que necesita ser tomado en brazos y nacer en nuestro corazón para así nacer también nosotros.

Porque necesitamos nacer de nuevo. Volver a ponernos delante de esa pequeña puerta de la basílica de Belén de metro y veinte de altura por la que sólo caben los humildes, los que se agachan. Tenemos que volver a Dios reconociendo nuestra bajeza. Arrepentidos, pequeños. En Belén hemos nacido todos de nuevo como hijos de Dios. Pero tenemos que dejar tantas cosas para entrar y contemplar a este Dios loco que se ha hecho un niño... Necesitamos creer que somos infinitamente amados, que la ternura loca de Dios es más poderosa que nuestro envejecido corazón de piedra.

Belén es ese rincón del corazón humano donde sigue ardiendo la temblorosa luz de Dios. Entrad, contemplemos al Dios que, por una locura de amor, se deja abrazar.