lunes, 1 de febrero de 2010

Las nadas de San Juan y Abelardo

Por Santiago Arellano Hernández

No parece esperable de Van Gogh que pintase una Piedad. Pero pocas veces encontraréis una obra que exprese tan profundamente la fragilidad de Cristo muerto, después de haberlo dado todo por los hombres. Su mano izquierda es cuenco agujereado, y su brazo derecho musculoso, de tanto ser servidor, cierra una mano, en ese momento, inútil y acabada. El cobijo de los brazos de la Madre, misericordiosa, se convierte en signo de sufrimiento y de impotencia. Como sierra dentada el paisaje enmarca el eje de esos rostros dolientes y patéticos. Hasta el fondo de luz resulta amenazante.

No creo que el pintor pretenda ofrecernos ninguna consideración teológica sobre el dolor. Pero Van Gogh, del dolor, sabe como pocos. En este cuadro he visto prefigurado el dolor hiriente y sin sentido que ha estremecido al Occidente en los siglos XIX y XX, y por cuyo sentido seguimos preguntándonos. Este cuadro de Van Gogh anuncia "El grito" de Munch.

¿Por qué este cuadro me viene al recuerdo en un número dedicado a nuestro entrañable y admirado Abelardo? Porque para el creyente y para el no creyente el dolor en sí se presenta con la misma intensidad y con las mismas inquietudes.

Abelardo, para unos ojos superficiales, es la inutilidad del sufrimiento. Para quienes lo conocemos y vivimos en la fe que él nos enseñó, desde una mirada sobrenatural, Abelardo es, en su regreso a la infancia, en su impotencia, una voz silenciosa que nos sigue amonestando.

No son nuestras destrezas y habilidades las que nos salvan. Todo nos viene de la mano de Dios. Nuestra inutilidad e impotencia es el grado de máxima eficacia para conseguir el triunfo y la gloria de Dios. Abelardo es la fuerza sobrecogedora de la eficacia de la gracia, inútil a los ojos del mundo. Dios escuchó su oración: "Tomad Señor mi libertad, mi memoria, sí, mi memoria; mi entendimiento, sí; y mi voluntad...Todo es vuestro". Y el "todo" Dios se lo tomó.

Pero su estado no es la ruptura de su proceso de santificación, sino su cumbre. ¿Se nos olvida el sufrimiento de Santa Teresita al imaginarse a su padre como un loco vagabundo por las calles de París? ¿Qué es, si no, el abandono en los brazos del Padre que tan profundamente conocía Abelardo? ¿Qué significan las nadas que su amado San Juan de la Cruz le enseñó y él convirtió en vida?

No, no sirve Van Gogh para expresar la cruda realidad de Abelardo. Perdonad mi audacia, fruto de mi amor. En Abelardo se cumple al pie de la letra (no sirven las metáforas) lo que San Juan escribió en el capítulo 13 de "La subida al Monte Carmelo":



"Para venir a gustarlo todo,

no quieras tener gusto en nada;

para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada;

para venir a serlo todo,

no quieras ser algo en nada;

para venir a saberlo todo,

no quieras saber algo en nada;

para venir a lo que no gustas,

has de ir por donde no gustas;

para venir a lo que no posees,

has de ir por donde no posees;

para venir a lo que no eres,

has de ir por donde no eres.



MODO PARA NO IMPEDIR ALTODO



Cuando reparas en algo,

dejas de arrojarte al todo;

porque, para venir del todo al todo,

has de negarte del todo en todo;

y cuando lo vengas del todo a tener,

has de tenerlo sin nada querer;

porque, si quieres tener algo en todo,

no tienes puro en Dios tu tesoro.



En esta desnudez halla el alma espiritual su quietud y descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad."