martes, 1 de diciembre de 2009

La primera noche de Navidad

Por Santiago Arellano Hernández

En 1612 Lope de Vega publicó la novela "Pastores de Belén" El gozo, la ternura, el reconocimiento del bien inmenso que trajo a los hombres el nacimiento de Cristo retozan por entre sus páginas. En sí se trata de una novela pastoril, en línea con "La Arcadia".Es una novela pastoril a lo divino. Las historias, los amores, las disputas y tensiones van surgiendo en las partes narrativas o dialogadas. Pero como asunto constante: el Niño que nos ha nacido. Los pastores se han puesto en camino y se dirigen a adorarlo. Alguien ha dicho que la novela es un gran belén, como el de nuestras casas, en el que, en vez de figuras de barro, oímos hablar a los distintos personajes, como oiremos cantar y veremos actuar a la Virgen María y a San José.

Está dedicada a su hijo Carlos Félix que entonces tenía siete años, pero no es literatura infantil. Se han hecho ediciones muy expurgadas para los niños. Su tesoro, las poesías intercaladas, unas 168. Constituyen una antología de temática navideña admirable. Su lectura es una delicia. Cómo olvidar por ejemplo, aquel villancico que le canta María a su niñito:

"Pues andáis en las palmas, /ángeles santos, /que se duerme mi Niño, /tened los ramos.

Os selecciono un bellísimo texto en prosa. Nada de miradas eruditas. Entrad con el corazón, y leedlo en familia en esa Noche Buena, Noche santa, recogidos en meditación agradecida. Así imaginó Lope de Vega la primera noche de Navidad. Las Vírgenes de Fray Angélico podrían servirnos de estímulo a nuestra imaginación.

"Conociendo pues la honestísima Virgen la hora de su parto, José salió fuera, que no le pareció justo asistir personalmente a tan divino sacramento. María, descalzándose las sandalias de los benditos pies, y quitándose un manto blanco que la cubría y el velo de su hermosa cabeza, quedándose con la túnica, y los cabellos hermosísimos tendidos por las espaldas, sacó dos paños de lino y dos de lana limpísimos y sutiles que para aquella ocasión traía, y otros dos pequeñitos para atar la divina cabeza de su Hijo, y púsolos cerca de sí para la ocasión dichosa en que le fuesen necesarios. Pues como tuviese todas estas cosas prevenidas, hincándose de rodillas, hizo oración, las espaldas al pesebre y el rostro levantado al cielo hacia la parte del Oriente, altas las divinas manos y los honestísimos ojos al cielo atentos; estaba como en éxtasis, suspensa y transformada en aquella altísima contemplación, bañando su alma de divina y celestial dulzura.

Estando en esta oración sintió mover en sus virginales entrañas su soberano Hijo, y en un instante le parió y vio delante de sus castos ojos, quedando aquella pura estrella de Jacob tan entera e intacta como antes... Estaba el glorioso Infante desnudo en la tierra, tan hermoso, limpio y blanco como los copos de la de la nieve sobre las alturas de los montes o las Cándidas azucenas en los cogollos de sus verdes hojas. Luego que le vio la Virgen juntó sus manos, inclinó su cabeza, y con grande honestidad y reverencia lo adoró y dijo: "Bien seáis venido, Dios mío, Señor mío e hijo mío"... tomándole entonces entre sus brazos, le llegó a su pecho, y, poniendo su rostro con el suyo, le calentó y abrigó con indecible alegría y compasión materna. Púsole después de esto en su maternal regazo, y comenzóle a envolver con alegre diligencia... Hechas tan piadosas muestras de su amor materno, entró el venerable José, y arrojándose por la tierra, humildemente le adoró, bañando su honesto rostro de alegres lágrimas. Entonces la Virgen y José, levantándose, pusieron con grande reverencia al Niño benditísimo sobre las pajas del pesebre entre aquellos dos animales, y de rodillas comenzaron a contemplarle, a hablarle y a darle mil amorosos parabienes por su venida al mundo."