viernes, 1 de enero de 2010

Fidelidad creativa, amistad...

Editorial revista Hágase Estar 242, enero 2010

Traemos a nuestra revista el recuerdo del jesuita P. Matteo Ricci con ocasión del cuarto centenario de su muerte, que se celebra en 2010.

No son muchos los que tienen noticia de este misionero ejemplar que tomó el testigo de San Francisco Javier y cumplió el sueño que el santo navarro alentó desde su llegada a Oriente. Curiosamente, Ricci nació el mismo año en que murió Javier a las puertas del gran imperio, y fue ciertamente el primer misionero católico que evangelizó en China.

La historia (y la posthistoria) de la labor apostólica de Ricci y sus seguidores es uno de los episodios más fascinantes de la historia moderna, digna de los más apasionantes relatos novelísticos. Es la hazaña de un hombre extraordinariamente dotado para la ciencia y la amistad, enamorado de Cristo y vocacionado desde sus años jóvenes a misionar en China, tras las huellas de Javier.

De inteligencia y memoria privilegiadas, fue discípulo de Clavius, el genio matemático que sentó cátedra en el Colegio romano, abierto por la Compañía para formar a sus mejores profesores y que se transformaría con el tiempo en Universidad Gregoriana. Que los jesuitas hayan escrito páginas gloriosas en la historia de la ciencia moderna es algo que no debieran olvidar quienes pretenden atribuir a la Iglesia un odio a la ciencia que va contra la entraña misma de lo católico.

Pero volvamos con el padre Ricci. Durante cientos de años ningún europeo había puesto sus pies en la capital del imperio, y nadie ajeno a la corte podía mirar ni hablar personalmente al Emperador. Ricci lo había intentado en vano durante años. Pero su prestigio como científico, matemático, geógrafo, astrónomo y gran conocedor de la lengua y la cultura chinas le fueron abriendo una a una todas las puertas. Llamó junto a sí a compañeros destacados en el cultivo de las ciencias, la geografía y las matemáticas que hicieran atractiva la fe cristiana con la ayuda de su prestigio científico además de su piedad.

El genial misionero comprendió pronto que la propagación del catolicismo en una sociedad tan culta y orgullosa de sus tradiciones sólo podía cumplirse a través de un gradual proceso de traducción de las grandes verdades del credo cristiano al simbolismo propio de las religiones orientales, como lo habían hecho los primeros Padres de la Iglesia en la conquista de la cultura helénica. Por inspiración de Ricci se comenzó a decir la misa en chino, a fin de que la aguda mente de los conversos chinos pudiera captar el profundo significado del gran rito del catolicismo... Y además, tradujo a Confucio al latín.

El propio Francisco Javier, buen conocedor de los pueblos que evangelizaba, había procurado tratar personalmente al emperador del Japón para poder llegar así más fácil y rápidamente a todo el pueblo. Si anhelaba llegar hasta el emperador de la China era exactamente por ese mismo motivo. El fuego evangelizador había prendido en su pecho y en su determinación. Ricci era de su misma naturaleza apasionada y vibrante .Y como él, Ricci era también un maestro en el arte y el apostolado de la amistad. Las primeras conversiones se produjeron entre amigos a los que cautivó y deleitó pacientemente durante años con el cultivo del común amor al saber y con el respeto personal más exquisito. Para muchos de ellos la puerta de la fe se abrió tras unos ejercicios espirituales.

La fidelidad creativa y la pasión por Cristo, el arte de la amistad y el cultivo de los propios talentos al servicio de la fe son hoy claves de una nueva evangelización. (Sobre las misiones jesuitas en China ver, p. ej.: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/cseii/cseii02b.htm