miércoles, 2 de junio de 2010

El vuelo de una mariposa… (por Clemente Puerta) Revista Hágase Estar nº 247

El vuelo de una mariposa…

Toda la fragilidad de una humilde mariposa, se convierte en majestuosa cuando aletea sus alas multicolores delante de la mirada limpia de un niño. Al que encandilado por su volar pausado, es atraído hacia ella en inquietante persecución para la mariposa, con la intención de atraparla entre sus pequeñas manos, poniendo toda su vida en ello.

Ella no se deja coger, vuela de flor en flor, unas veces alto y otras muy bajito. Cumple con su misión a la perfección, dentro del ciclo de la vida y desde el lugar que ocupa en la creación dentro de la naturaleza. Su vida pese a ser muy corta, nos anuncia con su multicolor presencia la primavera florida y hermosa a todos los hijos de los hombres.

Conduzco solo en mi coche, me dirijo desde Alicante a Madrid, calculo que si todo se da bien, sobre las ocho de la tarde estaré en el CEU, donde se celebrará el Homenaje al que estoy convocado.

Voy muy contento e ilusionado, me han invitado a participar en la fiesta que se le quiere hacer a una persona que es muy importante para mi, alguien a quien le debo todo lo que soy, un hombre sencillo, integro, alegre, entregado por entero a los demás, un enamorado de La Virgen, un santo…¡sí, un santo! Y es mi amigo.

Nos conocimos por casualidad, (para los creyentes…por la Providencia) Me invitaron a pasar unos días en la sierra en una casa de Ejercicios Espirituales. Eran cuatro días sin trabajar, pensé yo, además como lo pagaba la empresa…Me apunté sin saber a dónde, ni a qué, ni con quién, ni para qué, pero el caso es que me apunté y fui.

Cuando íbamos en el autocar por la carretera de la Coruña, en dirección a los Negrales, el compañero que me había invitado y yo, estábamos comentando la noticia del momento. Habían encontrado a los supervivientes del accidente de los Andes, al grupo de jóvenes deportista jugadores de un equipo de rugby que se estrellaron con su avión. Se comentaba que posiblemente habrían tenido que comer carne humana, para subsistir en su tragedia durante tantos días perdidos en la montaña, sin alimentos.

El veintitrés de marzo de mil novecientos setenta y tres, conocí a Abelardo de Armas en la capilla de la Casa de los Negrales, cuando se dirigió a nosotros, un grupo de unos treinta jóvenes y empezó a decirnos que dejáramos sobre la mesa todo lo que nos pudiera distraer: el reloj, el tabaco, los problemas que pudiéramos llevar de la calle; que nos despojáramos del ruido y entráramos en el silencio…me llamó la atención que no fuera un cura y que no hablara como ellos.

Algo maravilloso, único y especial pasó en aquellos cuatro días que cambiaron mi forma de ser; algo pasó por mi alma que cambió mi vida, algo que me dio la vuelta como a un calcetín. Ya no volvería a ser el mismo de antes…De regreso, al bajar del bus, cruzando por un paso de cebra en Nuevos Ministerios, me crucé con un mendigo y al mirarle vi en él a Cristo; le abracé en mitad de la carretera y el se asustó un poco, pensando que le quería pegar; luego le dije que veía en él a Jesús haciéndose el más pequeño, cogiendo el último lugar… Me busqué por los bolsillos y le di todo el dinero que llevaba.

Mi amigo y compañero de trabajo no entendía mi comportamiento. Él me conocía y sabia que era un golfo y que solo me importaba yo mismo. Además, yo no era religioso, no sabia qué me estaba pasando, pues él había estado en el mismo lugar que yo, viviendo la misma experiencia, y a él le había dejado igual, incluso le hacia sentir vergüenza ajena por mi comportamiento publico.

Yo comenzaba a volar como una mariposa, anunciando la primavera del amor de Dios a mi familia, amigos, compañeros y a todo el que me preguntaba por qué sonreía, rezaba, trabajaba. En definitiva, deseaba entregar a todo el mundo el tesoro que había encontrado, dar a otros lo que yo había recibido gratis, por pura misericordia de Dios.

Estoy en el lugar de la celebración del homenaje a mi amigo, y comienzo a disfrutar viendo a personas que hacía cerca de veinte o treinta años que no veía. Mi alegría y gozo es inmenso. Todos hemos cambiado un poco, pero nos reconocemos, nos recordamos y entre risas comprobamos que los hay donantes de pelo, otros entraditos en carnes y algunos arrugaditos más bellos que un osito de peluche.

Además de la noble causa que nos reúne hoy aquí, está la gran amistad verdadera y de corazón que existe entre todos nosotros. El acto es perfecto en la organización. La ilusión, la alegría, la entrega, la dedicación y el tiempo empleado en que todo salga bien hacen que finalmente todo resulte entrañable, familiar y cálido, como si estuviéramos en el salón de nuestra casa, en torno al padre.

No pude evitar llorar en ocasiones durante el acto, en momentos emocionantes, ante algunas canciones o con ocasión del audiovisual, los diálogos entre la laguna y las cumbres…

Casi parecía mentira que no estuviera mi amigo físicamente allí, el homenajeado del que celebrábamos también su reciente ochenta cumpleaños. Todo hablaba de él. Cada uno de nosotros, todos juntos, formábamos su rostro, que nos presidía en un gran retrato sobre el escenario. Con su cautivadora sonrisa de un hombre de oración, de un hombre enamorado que contagia su amor por la Virgen Inmaculada… Más, más y más.

Habían pasado casi dos o tres horas y no, nos queríamos salir del lugar, del salón, del punto de encuentro. Llegaron las despedidas, los intercambios de tarjetas, los teléfonos, los abrazos y los apretones de manos. Esta noche dormiré en casa de mi hermana en Madrid y mañana emprenderé la vuelta para Alicante. He comprado algún libro, revistas y el CD de música “Manos de Dios” para escucharlo en el viaje de regreso.

Esa noche recordé muchos ratos vividos en la Milicia, de los dieciocho a los veintitrés años, en el Hogar, las marchas, los campamentos, las tandas de Ejercicios, los retiros, los círculos, las misas de la Virgen los sábados… ¡Y dormí muy feliz!

Por la mañana del día siguiente, tuve un deseo interior propio de cuando era un chaval, un militante de Santa María; hay que decir que un poco atípico, por mi forma tan apasionada de vivir la fe, de un convertido, siendo un poco alocado, atrevido.

Me acordé del “Mensaje a García” que nos enseñaban en las marchas… e hice el siguiente razonamiento:

-He venido, ilusionadísimo al homenaje, deseoso de ver a mi amigo, abrazarle, darle las gracias y rezar con él. Pero las personas que se cuidan de él, estimaron que era mejor por su enfermedad que no asistiera y que siguiera con su horario habitual. Todos lo entendimos y lo aceptamos con resignación cristiana.

Fue entonces cuando me dije a mi mismo:

-¡No estoy enfermo, puedo ir donde quiera y hoy es sábado…! Si mi amigo no pudo venir a su homenaje, nada me impide a mí ir allí, en donde se encuentra él.

Así que dicho y hecho. Me planté en la calle Écija, pregunté por él y me dijeron que estaba en su paseo. ¿Cuando sale, para dónde tira? ¿Hacia arriba o hacia abajo?

Eran las doce de la mañana, calculé que tarde o temprano tendría que venir a comer, así que me quede paseando por la calle haciendo guardia, controlando las zonas por donde tendría que venir. Durante el tiempo que estuve paseando (una hora mas o menos), pensaba en todas las cosa que quería decirle, cómo podría hacerlo, dada su enfermedad, su alzhéimer.

¡Hacia tantos años que no hablábamos, a pesar de que siempre le he llevado en mi corazón grabado a fuego! Nunca olvidaré que fue él quien me sacó del pozo de mediocridad en el que estaba, para colocarme muy cerquita de los pies de Dios: quien me enseñó a guardar silencio por primera vez en mi vida y poder hacer oración.

Me dolía mucho, interiormente, haber dejado pasar tanto tiempo, sin buscarle, no haberme acercado para darle las gracias, por tantas cosas recibidas…A lo lejos divisé su figura y su andar característico por su lesión de rodilla. Me apresuré para situarme a su lado y caminar a su paso.

Llevaba su chaqueta clara, su jersey de punto, camisa y corbata. En la cabeza, un sombrero panamá calado y un bastón en su mano.

Edwin, la persona que le acompañaba en su paseo, no me conocía y un poco sorprendido observaba como nos mirábamos sin mediar palabra. Yo comencé a cantar una de sus canciones que no he dejado de cantar desde que la aprendí escuchándole en marchas y campamentos…

“Si tu barca es vieja, Jesús la ha escogido,

la prefiere a otras mejores quizá.

Si amenaza hundirse, Él ya lo sabía

y es Él quien la guía a puerto de paz”

…Al instante el siguió como algo natural y sonriéndome, caminaba a su paso, cantábamos juntos, su voz marcaba el ritmo, en ocasiones sus palabras cambiaban las letras de orden, pero yo le miraba feliz y le hablaba con el corazón.

“No quiero cansarte con las penas mías,

no quiero que sufras por verme sufrir,

No quiero contarte ya más que alegrías

me basta contigo para ser feliz.

¿Qué me importa todo si Dios va conmigo

si Dios es mi amigo, si cuida de mi?”

No me reconocía, pero terminábamos una canción y entonábamos otra y él me seguía… Llegamos a la altura de la calle Écija y me dijo:

-! Yo vivo aquí, tengo que cruzar… ¡

-Lo sé, ¿y sabes cómo me llamo?

-¡No!

-Soy Clemente

-Clemente…”el Señor es clemente y misericordioso, rico en piedad y lento a la ira”

-¡Eso mismo, me dijiste hace treinta y siete años, cuando te dije mi nombre! Luego yo lo hice mío y nunca lo he olvidado.

-¡Mira este cuadro lo ha pintado mi hermana!

-Es muy bonito. Mª Ángeles pinta muy bien; es una Inmaculada muy guapa… ¿Y tu hermano Carlos?

-¡Murió!

Canturreé una canción que cantaban los dos a dúo, y automáticamente la siguió. Le pedí si me dejaba darle un abrazo como le daba a mis amigos y el aceptó sonriendo.

¡Y nos dimos un fuerte y emotivo abrazo! Le mire de nuevo para llenarme los ojos de él, queriendo grabar ese momento para siempre y me fijé en su cabello plateado, su sencillez, sus manos, su mirada de hombre de Dios. Ahora me podía ir tranquilo, le dije a Edwin: “¡Estás cuidando a un santo; te envidio, eres muy afortunado!”.

El viaje de regreso, fue una acción de gracias continua. Venia muy satisfecho de cómo habían pasado todas las cosas. Escuchando las canciones del CD “Manos de Dios” y por un momento me sentí como si estuviera viendo “el vuelo de una mariposa“ con ojos de niño chico… al haber podido caminar y cantar contigo.

¡¡Gracias, Abe!!

Clemente Puerta