viernes, 1 de enero de 2010

Dad razón de vuestra esperanza

Dad razón de vuestra esperanza

Fernando Martín Herráez

Comienza un nuevo año y es el momento de renovar nuestros propósitos y nuestros proyectos. Puede que haya muchos motivos de preocupación, y sin embargo como cristianos debemos siempre comenzar este nuevo año como un tiempo de gracia y de esperanza.

Vivimos en un mundo que tiene muchos síntomas de enfermedad: tristeza, desesperación, falta de fe y de esperanza, egoísmo... En realidad el mundo de los hombres siempre está aquejado de la peor de las enfermedades que es la del pecado. Es la única enfermedad mortal en el sentido pleno de la palabra. Todas las otras enfermedades, que a veces nos preocupan tanto, no nos afectan tanto como el pecado, porque no tocan el núcleo de nuestra vida, nuestra vida eterna.

Aparte de la Cumbre de Copenhague sobre los problemas del cambio climático y la amenaza que esto supone para toda la humanidad y el planeta, debería promoverse también una Cumbre sobre esta otra amenaza que es el pecado y sus terribles consecuencias para la vida de los hombres.

Sin embargo será difícil que los gobiernos y los medios de comunicación se hagan eco de esta preocupación. Nos toca a nosotros, bautizados conscientes de nuestra fe, laicos en medio del mundo, dar razón de nuestra esperanza.

Así nos lo dijo San Pedro en su primera carta. Al final del capítulo tercero, en medio de una exhortación encendida para que vivamos bendiciendo y haciendo el bien, nos dice: dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones siempre dispuestos a dar respuesta. a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. (1 Pe 3,15)

El primer Papa nos está exhortando a vivir la vocación cristiana en plenitud, como contemplativos en la acción. Una acción -dar razón de nuestra esperanza- que nace del trato íntimo con el Señor -dar culto al Señor, Cristo, en nuestros corazones-. Un apostolado que es consecuencia de la vida de intimidad con el Señor.

Y esta es la medicina que necesita este mundo amenazado de muerte: Cristo, y la esperanza que se deriva de creer en Él.

Este es nuestro tesoro. El que tenemos que compartir con todos los hombres. Y no son necesarios muchos planes o estrategias pastorales. Quizás basta con una sonrisa. Ese es el mejor apostolado, el más sencillo, el más económico y el más eficaz.

Y después saber dar razón de esa esperanza que ilumina nuestro rostro.

Que el Señor bendiga todos nuestros esfuerzos por hacerle presente en el mundo en este nuevo año que comienza.