jueves, 1 de abril de 2010

Cuando uno deja de hacer oración... ¡qué brincos da!

Hoy, ante una encíclica como la Humanae vitae, los pedagogos han querido que el Papa fuese el mayor de todos los pedagogos; los sociólogos querían que el Papa supiese más sociología que todos los sociólogos; los médicos, que el Papa supiese de medicina más que todos los médicos... El Magisterio del Papa no es de ciencia. Está revestido de la autoridad de Dios. Pero eso sólo se detecta por la fe, que se acrecienta en la oración.

Cuando uno deja de hacer oración, entonces es lógico que sucedan las cosas que estamos contemplando. Precisamente a propósito de la Humanae vitae, daba una conferencia el doctor López Ibor, y fue interpelado por un sacerdote que le dijo: "Oiga, doctor. ¿Usted no cree que las recomendaciones que hace el Papa en la Humanae vitae afectan al equilibrio conyugal y que precisamente la abstinencia puede hacer que haya un desequilibrio afectivo?" Tuvo que ser el doctor López Ibor el que dio el criterio sobrenatural, diciéndole a aquel sacerdote: "Recuerde que San Pablo recomienda a los matrimonios la abstinencia periódica para poderse dedicar a la oración".Yo hubiera sido un poco brusco en la contestación, porque le hubiera dicho a aquel sacerdote: 'Oiga, padre: si usted viene guardando el celibato eclesiástico, ¿se siente usted desequilibrado en su afectividad?"

Es triste lo que está sucediendo por falta de oración. A veces a mí, seglar, me han hecho ir, por ejemplo, a un seminario para dar alguna charla. Me encuentro a los seminaristas aburridos, protestando. ¡Quieren fútbol! ¡Quieren mucha televisión! ¡Quieren salir! ¡Se quejan de todo! Y me digo: "Señor, pero ¿qué es lo que pasa aquí?", porque encima se dice que esto es una señal de vitalidad, que es una señal de fuerza, que es una señal de energía en la Iglesia; y yo me pregunto: ¿No sucederá aquí como si sacásemos un pez de una pecera?

Imagínense ustedes un pez introducido en una pecera. Metemos la mano. Está coleteando suavemente. Lo arrojamos al suelo, y nos encontramos que ese pez ahora empieza a saltar. ¡Se dilata! ¡Brinca! Parece que tiene más vitalidad. Cualquier profano que le estuviese contemplando diría: ' ¡Ahora es cuando tiene energía! ¡Ahora es cuando está vivo! ¡Ahí, dentro de la pecera, se estaba muriendo! ¡Fíjate cómo se dilata!" Sin embargo, nosotros estaríamos contemplando al pez y diríamos: No es eso. Es que ese pez se asfixia. Está fuera de su amiente. Es que esos son los últimos coletazos de un ser que se extingue. Si cogiésemos ese pez y lo volviéramos a meter en la pecera quizá coletearía de nuevo más suavemente. Y ahora es cuando está de verdad en su elemento.

Todos estos coletazos (la canción protesta, la melena larga, el joven rebelde, el sacerdote que se queja, el seminarista que se encierra en el seminario, el teólogo que chilla contra el Papa) no son nada más que toda una humanidad que se ha salido de su ambiente, como un pez fuera del agua: la boca que se dilata, porque el pez se está asfixiando.

Abelardo de Armas
Rocas en el oleaje