lunes, 1 de marzo de 2010

Post Festum. La secularidad.

Por Abilio de Gregorio

Es llamativo. Hemos vivido los días de las celebraciones navideñas como inmersos en una atmósfera de bondad de diseño, de bonhomía "prèt á portel en los que parecería se camina con el miramiento de quien transita por lugar sagrado. ¿Todo es pura formalidad? Creo que no. En realidad, lo que se conmemora y se celebra es el encuentro de la eternidad con el tiempo; de lo sagrado con lo mundano; de lo eterno con la historia; de Dios con el hombre. El sobrecogimiento de este encuentro, lógicamente, es capaz de suspender la inercia del mal diario para permitir que se asomen, aunque sea por poco tiempo, esas hechuras de la imagen de Dios que tenemos de origen.

"Dios se hace carne y acampa entre nosotros". Quizás es éste uno de los hechos más desconcertantes dentro de la historia de las religiones. Encaja bien en la concepción humana de Dios su absoluta trascendencia. No cabe pensar a Dios sino como un ser insondable, distante, incomprensible, absolutamente Otro, que "habita una luz inaccesible", que no tiene nombre, ni tiene imagen que lo aluda, que está mucho, muchísimo más allá de cualquiera de nuestras categorías de pensamiento. Al desbordar, por definición, nuestras categorías de verdad, de belleza y de bondad, cabe incluso la posibilidad de pensar un Dios misteriosamente arbitrario. Sus razones abismales han de ser forzosamente impenetrables a toda razón humana. No cabe sino el sometimiento y la aceptación sin pretender comprensión alguna.

Pero el Dios del cristianismo se hace hombre. Entra en el tiempo y en la historia; asume la condición temporal y mundana del ser humano. En fórmula del Concilio Vaticano II: "El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho él mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo" (GS 38).

A partir de ese momento las realidades terrenas dejan de ser espacio alternativo (disyuntivo) de un dualismo dialéctico respecto a lo sagrado. Lo secular (historia, tiempo, humanización...) adquiere un nuevo significado y pertinencia para la reflexión sobre "las cosas de Dios". No es, pues, de extrañar el fácil itinerario de diálogo del cristianismo primero con el helenismo, de la fe cristiana naciente con la filosofía vigente del mundo griego. El mundo no es malo... La diferencia entre lo sacro y lo profano es absoluta, pero con la encarnación quedan conciliados ambos reinos, de tal manera que, a la vez que, ciertamente, lo sagrado trasciende a lo profano, lo sacro resplandece en lo profano y lo da sentido. No se trata de un punto de equilibrio promedio, sino de una iluminación de lo secular y mundano por la que dicha mundaneidad adquiere plenitud en sus contornos sin perder un ápice de su condición temporal e histórica. A partir de ese momento, la realidad temporal queda unida a, y tocada por lo sagrado, con-sagrada.

Al hacerse carne, Dios optimiza la realidad inmanente en la que acampa vinculándola a la trascendencia y superando así toda dicotomía entre la realidad presente y su fundamento divino; entre la historia y la escatología. Por eso, la dependencia del hombre que es creado por Dios no se presenta ya como una limitación de la libertad humana; Dios no entra en competencia con la soberana libertad del hombre, sino aparece como lugar de la posibilidad de crecimiento y plenitud de esa libertad. La entrada, pues, de Dios en nuestra historia (su 'secularización') se nos manifiesta como una liberación para que nuestra libertad no se consuma irremediablemente en la finitud de la inmanencia y se pierda a sí misma. No la niega, sino que la dota de sentido.

Sobre todo, aparece en el horizonte de la vida diaria del hombre la esperanza, entendida como dotación de sentido del quehacer laborioso, aparentemente absurdo a veces, del acontecer cotidiano. El trabajo de cada jornada, la ocupación y la preocupación en el advenir temporal y mundano de cada trabajo y dedicación se nos presenta como una construcción esperanzada (con sentido) y nos lleva a asumir la responsabilidad de la misma. No es ya la aceptación pasiva y resignada de una voluntad divina cuya comprensión nos sobrepasa. La encarnación o humanización de Dios supone hacerse cargo, cargar ilusionadamente con la contingencia para bonificarla, hacerla buena. La llegada de Dios a la tierra, lejos de invitar a una huida del mundo, supone una fundamentación para arremangarse y construir el cumplimiento histórico del Reino, que no es de este mundo pero que se construye con los materiales del mundo. Se diseña el perfil del Reino sobre el cañamazo de la preocupación diaria por pagar la hipoteca, por el salario suficiente para mantener a la familia, por la lucha por mantener el puesto de trabajo amenazado, por el amor, a veces agónico, del matrimonio que vive sus vaivenes emocionales, etc. La necesaria dependencia respecto a Dios, según el mandato original del Génesis y al modo del "fiat” mariano, se desarrolla a través de la autonomización en el obrar en los asuntos temporales.

Con la "mundanización" de Dios al hacerse carne, se establece una relación inédita del ser humano con Dios: el hombre se ve constituido hijo de Dios en la totalidad de su quebradiza humanidad. No sólo por su espíritu- soplo del espíritu de Dios, según el Génesis-, sino por la integridad de su persona en tanto que ser instalado en un cuerpo sexuado, instalado en el tiempo y en el espacio. Vivir esta realidad de cara a Dios es vivir la condición de criatura.

Esta presencia de Dios en la historia da a la historia y al mundo una nueva dimensión y da al cristianismo un especial realismo. Sin embargo, la hipertrofia de esta proyección secular de la fe cristiana amenaza con reducir el mensaje cristiano a argumento sociológico, a discurso político, a constructo ideológico. Es de sospechar que el "desencantamiento del mundo" de la modernidad no solamente ha supuesto arrumbar magias y fetiches. Más que desencantamiento ha podido haber una desmisterización de Dios para sustituirlo por ídolos modernos a imagen y semejanza del hombre. Y un dios a la medida del hombre termina por no serle relevante al hombre. Quizás sea este el camino que se ha recorrido hasta llegar al desentendimiento actual de Dios en nuestra cultura occidental.

La verdad sobre el amor conyugal y su fecundidad

Ante el ataque organizado y furibundo a la familia, fieles a las consignas del Papa, inquietos y esperanzados por el porvenir de la familia, debemos anunciar a todos que "el verdadero amor y la gracia de Dios nunca pueden permitir que el matrimonio se convierta en una relación centrada en si misma de los individuos que viven el uno junto al otro buscando su propio interés." (Juan Pablo II, A los laicos. Limerick, 1-10-1979, 5).

Las familias volverán a remontase más alto si los padres, y las madres sobre todo, escuchan la paternal advertencia del santo Padre: "No penséis que podéis hacer en vuestra vida algo más importante que ser un padre o una madre verdaderamente cristianos (...) No escuchéis a quienes dicen que trabajar en una tarea secular... es más importante que la vocación de crear vida y de preocuparse como madres de esta vida" (ídem).

Una realidad dolorosa -el ataque diabólico disfrazándose de todas las caretas para demoler la familia- y una esperanzadora estrella luminosa: la Virgen de Fátima. Juan Pablo II la hizo llevar a la plaza de San Pedro, en Roma, para consagrar ante Ella el mundo a su Inmaculado Corazón.

En presencia de unas doscientas mil personas -era el día en que las familias de todo el mundo se reunían para ganar el jubileo del Año Santo- lanza una afirmación y da una consigna.

Una afirmación que nos descubre el abismo en que el mundo puede caer si los cristianos no actúan su Bautismo. "La humanidad contemporánea..., "tienta" a Dios, y "lo pone a prueba" en este campo fundamental de la familia".

Una consigna valiente cuajada de promesas que invita al laico a salir de la apatía y a luchar sin miedos para cristianizar la familia. Ante la retahíla oscurecedora de la dignidad del matrimonio hay que proclamar la verdad sobre el amor conyugal, viviéndolo en la totalidad y armonía de sus dimensiones, como la Humanae vitae las trazó.

"Es el amor conyugal que enlaza a los esposos y une a los hijos en un mismo amor humano sensible y espiritual -no simple impulso de instinto y sentimiento-; total -sin reservas indebidas y cálculos egoístas-; fiel y exclusivo hasta la muerte; (...) amor fecundo, que no se agota todo en la comunión entre los cónyuges, sino que está, destinado a prolongarse, suscitando nuevas vidas' (Jubileo de las familias 25-3-1984)

Es el amor impregnando los mil detalles de la convivencia familiar: "Vivid con coraje vuestra vida personal, aun cuando parezca insignificante". Vividla mirando a "Teresa de Lisieux, gran maestra de las cosas pequeñas. Nos ha demostrado en su corta vida cuan grandes son ante Dios las obligaciones pequeñas de cada día" (A los laicos en Viena, 12-9-1983)

P. Tomás Morales, SJ
Laicos en marcha

Convertios y creed en el Evangelio

Por Fernando Martín

Hemos iniciado la Cuaresma de este año casi sin darnos cuenta. Y eso es lo peor que nos puede pasar: no ser conscientes de este regalo de conversión que cada año nos regala el Señor. Porque la cuaresma hay que traducirla en una llamada a la conversión personal.

Estas han sido las palabras de Benedicto XVI en la Audiencia General que se celebraba en el pasado Miércoles de Ceniza:

La primera exhortación es a la conversión, una palabra que hay que considerar en su extraordinaria seriedad, dándonos cuenta de la sorprendente novedad que implica. En efecto, la llamada a la conversión revela y denuncia la fácil superficialidad que con frecuencia caracteriza nuestra vida. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no con un pequeño ajuste, sino con un verdadero cambio de sentido. Conversión es ir contracorriente, donde la "corriente" es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal, o en cualquier caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, aspiramos a la medida alta de la vida cristiana, nos adherimos al Evangelio vivo y personal, que es Jesucristo.

El Papa ha querido resaltar la seriedad del asunto. Es un momento de cambio sustancial en nuestra vida: es dejar la vida superficial para tomar el camino de la vida verdadera que nos ofrece Nuestro Señor Jesucristo.

Conversión implica seriedad, cambio, ir contracorriente, todo un programa de vida que se identifica con Jesucristo. La meta final y el sentido profundo de la conversión es su persona, él es la senda por la que todos están llamados a caminar en la vida.

Estas palabras del Papa Benedicto XVI me han traído a la memoria otras de Juan Pablo II que nos repitió muchas veces el P. Morales: Conversión es la palabra permanente del Evangelio. Nunca acabamos de ser cristianos. Conversión es la primera palabra del Evangelio. La palabra ineludible, la palabra más importante y la palabra permanente.

Cuando el P. Morales escuchó de labios de Juan Pablo II, en el viaje a África en 1980, estas palabras, las hizo suyas. De algún modo el Señor se las imprimió en el corazón, porque desde aquel año siempre las repetía. Era su exhortación favorita para el tiempo de Cuaresma, porque en ellas veía concentrado todo el mensaje que la Iglesia quiere trasmitir cada año.

La cuaresma no es un tiempo más del año litúrgico, no es simplemente la antesala de los misterios de Pascua. Es la oportunidad que Dios me ofrece para volver a El. Como decía el P. Morales es una transformación, una conversión, un cambio, porque el cristiano está en renovación continua. Necesito seguir convirtiéndome. Finalidad de una Cuaresma, finalidad de una vida: convertirse a Dios.

Que la Virgen de Lourdes, que conmemoramos en estos días de Cuaresma, nos alcance la gracia de la conversión permanente.

España VIDA SÍ

Editorial revista Hágase Estar nº 244 marzo 2010

Este es el manifiesto que se leerá el día 7 de Marzo en las concentraciones que se llevarán a cabo en toda España, en Europa y en varias ciudades de América.

ESPAÑA VIDA Sí

A día de hoy existe la evidencia científica de que desde el momento de la fecundación aparece una nueva vida humana. Así lo ha ratificado el Manifiesto de Madrid, presentado en marzo de 2009 y firmado por más de 3.000 científicos españoles. Ante esta certeza se puede afirmar que el aborto supone la muerte violenta de un ser humano y un terrible drama para la mujer que lo sufre.

El número de abortos practicados en España supera ya el millón, y sin embargo sigue sin ofrecerse ninguna información ni ayudas sociales a las mujeres embarazadas en situaciones difíciles, mientras que sí existe financiación para que vayan a abortar. Ahora el Gobierno impulsa una ley de plazos que deja completamente desprotegido nuevo ser y abandona a la mujer ante sus problemas, empujándola al aborto. Por otra parte, considera a los enfermos y discapacitados como seres humanos de segunda categoría, permitiendo que puedan ser eliminados antes de nacer.

La ley contempla también que las menores puedan abortar sin el consentimiento paterno, dejándolas solas e impidiendo a los padres ayudar a sus propias hijas ante la situación de un embarazo inesperado.

Asimismo la nueva ley pretende imponer un determinado tipo de educación sexual en los colegios, vulnerando así el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propias normas morales.

Con el aborto libre, el número de niños muertos aumentaría hasta casi el doble, así como el de mujeres que sufrirían los ya conocidos daños físicos y psicológicos que el aborto provoca en ellas.

La respuesta de la sociedad española ante este anuncio ha sido contundente: marchas, concentraciones y manifestaciones masivas a favor del derecho a la vida, encuestas claramente contrarias a la ley y diversos manifiestos firmados por millares de españoles que exigen la puesta en práctica de políticas favorables a la vida y a la maternidad.

Sin embargo, el Gobierno hace oídos sordos a este clamor social, y pretende seguir adelante con una ley que España no quiere.

Por todo ello,

EXIGIMOS

Que el Gobierno escuche a la sociedad española y retire el proyecto de ley del aborto que pretende aprobar.

Que nuestros políticos promuevan leyes que protejan el derecho a vivir y ser madre, amparando la vida en todo momento y ayudando a las mujeres embarazadas a superar cualquier problema que un embarazo imprevisto puede generarles.

Que se respete el derecho de los padres a formar a sus hijos en materia de educación sexual según sus propias convicciones.

Que se respete el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario para eme pueda cumplir su compromiso de defender y cuidar la vida y la salud desde el mismo instante de la concepción.

"Nuestra generación tendrá que arrepentirse no tanto de las perversidades de las malas personas, sino del estremecedor silencio de los hombres buenos". (Martin Luther Ring)

Ser mujer

Uno de los retratos más sugestivos y enigmáticos es la "muchacha con turbante", llamada así por el sencillo tocado azul y el pañuelo amarillo con los que adorna su hermosa cabeza y oculta candorosamente su cabello. Lo pintó J. Vermeer en 1665 y es conocido también por "Joven con perla".Vamos a olvidarnos de la novela de Tracy Chevalier y de la película de Webber. No limitemos nuestra mirada.

Sin duda es llamativo el punto de luz que adorna su oreja. La perla se convierte en referente de blancura desde el que cada zona luminosa pierde su nitidez, el cuello blanco de la blusa, por ejemplo. Me emociona su mirada. Se ha relacionado con la Gioconda, supongo que por el misterio que suscitan sus ojos, aunque ni el candor ni la esperanzada mirada tenuemente melancólica de los de la holandesa, tengan que ver con el escepticismo y el estar de vuelta de todo de la italiana.

La joven de la perla va hacia delante. Sabe a dónde va. Gira la cabeza y muestra su cara como si alguien le hubiera llamado. Delante estamos nosotros. Podemos preguntarle cualquier cosa. Sus ojos, su mirada y el delicado gesto de los labios entreabiertos, dispuestos a hablar, nos contestarán.

Yo le dije: "Sé que tenéis prisa. Ahora, en mis días, se está poniendo en duda en qué consiste ser mujer. Al verla a usted tan delica­damente femenina, me encantaría conocer su jui­cio sobre este tema." Ella detuvo su paso y aún giró su cuerpo para mirarme de frente. En un tono no exento de ironía me respondió: "Supongo que conoces a la poetisa española Ángela Figuera Aymerich, casi de tu tiempo. Hago mías las palabras de su poema Ser mujer" Me miró con simpatía y continuó sus pasos. Como voces del alma, oí que recitaba:
Ser mujer, ser mujer:

con el alma y la carne ser mujer.

Ser la luz, ser la flor,

ser la risa y la miel;

ser mujer: ser amor.

Tener en el regazo cuna blanda y serena

tener el corazón como un niño risueño,

para el niño con sueño,

para el hombre con pena.

Tener brazos flexibles como cuellos de aves,

brazos tibios y suaves,

para guiar los pasos primeros del infante,

para ceñirse al cuello del amante.

Tener manos que sepan halagar dulcemente

el cabello y la frente,

y arropar sus amores si la noche está fría;

manos firmes que aparten las espinas hirientes;

manos leves que curen las heridas dolientes

y partan cuidadosas el pan de cada día.

Tener labios humildes y mansos para el ruego;

abiertos a la risa, abiertos al perdón;

tener labios de fuego para el beso de fuego;

labios siempre dispuestos a sembrar su canción.

Tener claras miradas de ensueños ideales

para mirar las aves, las estrellas, las rosas;

para todos los yerros, para todos los males,

tener miradas suaves y misericordiosas.

Tener hondas y abiertas entrañas materiales

para todos los seres, para todas las cosas.

Ser mujer:

ser la madre que engendra y la hermana que escucha;

ser la novia que besa, ser el premio en la lucha,

ser mujer...

Ser la fuente de vida para el labio del niño,

para el labio del hombre

ser placer.

Ser la paz; ser remanso;

ser alivio y descanso;

ser impulso en el vuelo,

y en la rauda caída,

consuelo.

Ser mujer, ser mujer:

amargada o florida,

quiero siempre en la vida

ser amor: ser mujer.
Santiago Arellano Hernández