martes, 1 de diciembre de 2009

María del Adviento: Enséñanos a esperar a Jesús cerquita de ti

P. Tomás Morales

La Virgen en Nazaret es amor. Y amor creciente. La Virgen en estos días es la joven Madre que aprende a amar a su hijo. Le siente crecer dentro de ella.

Es algo de sí misma, es su Hijo. El misterio de la maternidad adquiere aquí toda su pureza. Ninguna joven madre tiene la capacidad de amar que tuvo la Inmaculada. Y ningún hijo es digno de ser amado como el suyo. Cuando se piensa en esto, es como cuando se escala una altísima montaña. Se pierde la cabeza, porque el aire es demasiado puro. Te da vértigo al contemplar el abismo. No se puede decir, ni siquiera pensar, lo que fueron estos meses en que la Santísima Virgen lleva a Jesús.

Y, sobre todo, estas últimas semanas en que iba a nacer, en que María sentía en sí misma, noche y día, cumplirse el misterio.

Ella era su Madre. Él se formaba en su cuerpo virginal. Se alimentaba de su sangre purísima. Respiraba y vivía de ella. Cuando se sabe lo que es Jesús desde toda la eternidad: el Verbo, Dios, y que la Virgen lo llevaba dentro de sí... Y cuando se sabe que Ella, entre todas las criaturas, es la mimada de la gracia para corresponder a esta eclosión de amor que es el hombre-Dios en sus entrañas... Cuando se sabe todo esto, sentimos que nada podemos comprender, que es un misterio ante el cual no puede uno más que anonadarse. Eso hacían nuestros hermanos cristianos en la Edad Media. Al pronunciar las palabras: "Dios te salve, María", doblaban su rodilla, hacían genuflexión, como hoy hacemos ante el Santísimo Sacramento. Llenos de veneración, adoraban al Dios que vivía en su corazón maternal.

Y la Virgen es, en estos días, esperanza que nos mantiene en tensión expectante. Una alegría contenida que va a romper en júbilo alborozado en la Navidad. Es, para nosotros, la Virgen de la Expectación. María siente con gozo creciente acercarse el momento en que va a entregar a Jesús al mundo. Todo su quehacer en estos días deliciosos: llevar a Jesús, arder en deseos de darlo a los hombres...

El mundo espera. El mundo no hace otra cosa que esperarlo. Todos los afanes de los hombres: dinero, poder, éxito, placeres, son, sin saberlo, afanes tras Jesús. Equivocan el camino. Se decepcionan cuando no encuentran lo que buscaban. El mundo le espera siempre, porque la mayor parte de los hombres no le conocen todavía. Y yo le espero siempre, porque todavía no acabo de darme cuenta que Él nacerá en mi corazón y me hará feliz sólo olvidándome de mí mismo, como a Santa Teresita en la noche bendita de Navidad de 1886: "Entró la caridad en mi corazón con la virtud de olvidarme siempre de mí misma, y desde entonces soy feliz."

La Virgen estos días es soledad, amor, esperanza. No sólo en el recogimiento de la oración.

Llaman a la puerta de su casita, y sale a abrir. Alguna vecina le pide un favor, y lo hace. Habla, cuando es necesario, con discreción encantadora. Limpia la casa, adereza la comida. Es la sencillez de una aldeana, que vive tan sumergida en Dios, que lo lleva dentro de sí a todas partes. Tiene la gravedad de las almas para quienes Dios es lo único real. Una gravedad difícil de entender, porque se armoniza con una alegría; con la alegría constante de vivir a Dios en todo, en todos, siempre.

Madre querida: permítenos esperar a Jesús cerquita de ti. No ha nacido todavía, pero ya está en ti. Tú eres el copón que lo encierra, sagrario que lo guarda, custodia que lo expone.

Ruega por nosotros tus hijos, pobres pecadores. Queremos también vivir en soledad, amor y esperanza en medio del ir y venir de cada día.