domingo, 1 de noviembre de 2009

Humildad obediente y obediencia humilde

P. Tomás Morales, S.J.

Primera ocasión en que toda la Cruzada- Milicia se reúne después de aquel 23 noviembre. Primera vez que tenemos esta oportunidad. Y llenos de emoción vamos a pasar este día tratando de hacer lo que él hace en el cielo: adorar, sabiendo que tenemos un intercesor, que unido a la nube de testigos que nos han precedido en el camino de la fe, están interpelantes por nosotros para enseñarnos a adorar.

Él se encuentra ya en la adoración plena, total, sin intermisiones, sin rupturas. Tenemos que arrebatar esa gracia que nos conseguirá él y todos los demás santos intercediendo, de meternos en el corazón de la Virgen madre. Adorar, es la palabra; y estamos unidos a él en esta adoración para que corriendo por el camino de la paciencia lleguemos también a la meta teniendo a tantos testigos que, a manera de nube, nos rodean. Corramos por la paciencia. ¡Ah! Es que es imposible adorar en la tierra, llegar a la adoración plena del cielo, por otro camino que el que él nos dejó con su vida, particularmente en los últimos meses: la paciencia. Lo que más me hace falta para que yo me convierta desde ahora en adorador permanente de Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo.

Qué felicidad tan grande él, Padre Eduardo, y todos los que han llegado a esa alabanza eterna, ¡gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo! Porque Navidad es para mirar al cielo. No solamente es contemplar a Jesús que nace; sino "con" y "en" Jesús mirar el cielo.

Isabel de la Trinidad nos lo decía. Y no pase desapercibida la coincidencia del día del entierro del Padre Eduardo con la beatificación de Isabel de la Trinidad. Adoración, alma adoradora en la tierra, que está adorando plenamente en el cielo ya, y que también va a interceder por nosotros en esta Navidad que ya no acaba, Navidad eterna en adoración continua.

Adoración, una palabra de cielo, te hace salir de ti mismo; empiezas a mirar, a escuchar, sobre todo a amar. Y empiezas a amar a la luz increada que se hace carne para ti, que se hace niño, como uno más, pero es el Verbo viviente de la verdad eterna. Dios te salve, María, enséñame a adorar, a salir de mí mismo por la humildad obediente y la obediencia humilde. Porque aquí está el misterio del Verbo Encarnado. Cristo no es humilde, Cristo es la humildad. Cristo no es obediente, Cristo es la obediencia. Son cosas muy distintas aunque parezca que suenan casi igual. Nacer para Dios es salir de mí mismo, entrar en este éxtasis de amor que es la adoración, en que ya pierdo tierra, por así decirlo, para empezar a volar en ambiente de divinidad en que, al ver a Dios visiblemente hecho carne por mí, me arrebata al amor de lo invisible y me hace indiferente a todas las cosas de la tierra.

Qué bien se preparó el Padre Eduardo, qué bien lo preparó el Señor, sobre todo en los últimos meses. Y qué bien nos va preparando a cada uno en la medida en que nos dejamos preparar por Él para desencantarnos de las cosas que hacemos, y de lo que piensan de nosotros las personas.

Cristo, ¡te has empequeñecido tanto! Y en la Hostia Santa todavía mucho más. Porque aquí tienes el cuerpecito de un niño en el seno de su madre; en la Hostia Santa ni siquiera eso. Estás frisando con la frontera de la nada; y todo por mí. ¡Sabías que me hacía tanta falta la humildad! Vivir el gozo de la humildad, el gozo de desaparecer, aceptando "aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Este gozo no se experimenta hasta que no se vive. Y si se vive con frecuencia, eres la persona más feliz del mundo, porque empiezas ya a adorar en la tierra.

Qué feliz el Padre Eduardo en el cielo y todos nuestros hermanos que se han salvado. Pues esa felicidad podemos anticiparla a la tierra si tenemos vida de fe.

Madrecita mía en la fe, enséñame a creer en los caminos de Dios para conmigo, que son los mismísimos, aunque en reducida escala, que los que el Padre tuvo con su hijo Jesucristo. ¿Verdad que la Redención podría haberse hecho de muchas maneras sin recurrir a esta abnegación total, a este anonadamiento completo, para transmitirnos el gozo de anonadarnos, el gozo de la humillación? Porque hasta que no nos abracemos con la humillación no podemos sentir el gozo inmenso de la libertad de espíritu del hombre al que ya le importa nada lo que piensen de él, para sólo estar adorando. Es vida de cielo, totalmente desprendida de todas las cosas de la tierra.


Diciembre 1984.

“Que es la vida una excursión que va a la eterna mansión”

Fernando Martín Herráez

(Texto de la presentación del libro Alpinista del Espíritu. P. Eduardo Laforet Dorda (1957-1984)



En estas páginas te vas a encontrar al padre Eduardo Laforet. Un joven sacerdote de los Cruzados de Santa María que murió a los 27 años ofrendando su vida a Dios por amor.


La vida humana es un instante entre dos eternidades. La vida de Eduardo la podemos comparar a la de una estrella fugaz. El mismo utilizó esta imagen para hablar de su vida y la de todos sus hermanos Cruzados de Santa María: una estrella que cruza el cielo, irradiando la luz de Cristo.

Una estrella fugaz. Dios fue preparando lentamente su alma, hasta que en los últimos momentos de su vida se encendió en amor de Dios y se fundió de nuevo con la eternidad amorosa de Dios de la que había salido.

Su partida hacia la casa del Padre quiso la Providencia que fuese el domingo último del año litúrgico, cuando la Iglesia celebra la fiesta de Cristo Rey. Es la culminación del año y refleja el destino final de todos los hombres: Cristo recapitula todas las cosas. Él es el punto de la historia y de la vida de los hombres. Y Eduardo fue atraído hacia Él con la velocidad y la luz de una estrella fugaz.

La vida y las obras de Eduardo, su trayectoria biográfica, sus cartas y pequeños opúsculos, de los que se hace eco esta publicación, se pueden ver reflejados en lo que nos canta una canción. Una canción de montaña que Eduardo cantó junto a nosotros en multitud de ocasiones. (...) La canción titulada "Ven, amigo, que el sol dora las cumbres" (...).

Es la canción del montañero que en la mañana empieza a subir hacia las cumbres. Es la canción de Eduardo: él que subió, con esfuerzo, a las montañas, fue llevado hasta las cimas de la vida eterna por medio del sufrimiento transfigurado en amor.

La canción cobra un sentido nuevo si la ponemos en labios de Eduardo, el guía de almas experimentado que ya ha llegado a la cumbre y que nos llama desde el cielo: "Ven, amigo, que el sol dora las cumbres".

Es la canción del camino: de la lucha, de las cuestas escarpadas, de la risa y del sufrimiento, del "no cansarse nunca de estar empezando siempre" (P. Tomás Morales, SJ.), que fueron los hitos que marcaron el camino de Eduardo.

Como leerás en estas páginas Dios le fue conduciendo por senderos de montaña poco transitados. Con esa paradoja que confunde nuestra soberbia, Dios fue llevando a Eduardo por los caminos del "subir bajando", como le gustaba decir a Abelardo de Armas, cofundador de los Cruzados de Santa María. Dios le fue llevando hacia las cumbres y los valles de la sencillez y de la humildad, especialmente por medio del sufrimiento.

Desde esta perspectiva de la sencillez, toda su vida, su espiritualidad y su mensaje se pueden resumir en cuatro ideas, que se van repitiendo como un estribillo en sus diferentes escritos. Y si quisiéramos compendiarlo en una idea, bastaría la primera: "el mensaje de Fátima", de la que derivan las otras tres, "ofrecimiento", "el valor redentor del sufrimiento" y "conversión".

(...) Te invito, pues, a recorrer los senderos interiores, iluminados por la gracia, de un alma que nos enseña con su vida y con su muerte, a imitación de su Maestro, cómo se puede convertir el sufrimiento en un canto de amor.

Una historia de amor

13 de mayo de 1981. Eduardo entra conmocionado en la capilla y se arrodilla ante la imagen de la Virgen.

El Papa Juan Pablo II se debate entre la vida y la muerte. Un terrorista ha disparado sobre él para asesinarlo. La bala criminal, por milímetros, no ha acabado con la vida del Santo Padre, pero su blanca sotana se ha teñido del rojo de su sangre.

La noticia ha recorrido el mundo entero como un reguero de pólvora y ha llegado a la pequeña residencia de estudiantes que los Cruzados de Santa María tienen en la capital navarra. Junto a la imagen de la Virgen han puesto también una del Papa. Varios jóvenes oran en silencio.

Eduardo, un joven cruzado, estudiante de filosofía que se prepara para el sacerdocio, reza también por el Santo Padre, conmovido con toda la Iglesia. Y en lo más profundo de su corazón nace un deseo, puesto por el Espíritu de Dios, de entregar su vida al Señor a cambio de la del Papa.

Con la urgencia de quien sabe que es cuestión de horas el que el Papa viva o muera, sale fuera, habla con su guía y le expone su intención, para pedirle permiso y hacer ese ofrecimiento.

Y ahora de nuevo de rodillas ante el Sagrario, tembloroso y decidido, entrega al Señor, si así lo quiere, su vida que nada vale, a cambio de la del Papa que tan necesaria es para toda la Iglesia.

Eduardo salió de la capilla. De algún modo sabía que el Señor había escuchado su ofrenda. Porque Dios siempre escucha nuestras oraciones. Lo más seguro, pensaba, es que no se la aceptase. ¡Quién era él para que el Señor la escogiese de esa forma! Y de todas formas él ya había ofrecido su vida totalmente cuando entró en la Cruzada. Y cada año la renovaba en los Ejercicios Espirituales en la meditación del Rey Eternal.

Era mayo, tiempo de exámenes. Se dirigió a su habitación, cerró la puerta y tomó los apuntes. No es que le apeteciese mucho, la verdad. Hubiese preferido quedarse en la capilla. O seguir las noticias que llegaban de Roma. O ponerse a hablar con los compañeros de la residencia... Pero no. Había que ponerse a estudiar, que era lo que tocaba. Volvió a comenzar su estudio donde se había quedado una hora antes. "Señor, te ofrezco también esta hora de estudio por el Papa."

El 23 de noviembre se cumplen los veinticinco años de la muerte de aquel joven sacerdote cruzado, casi recién ordenado, que no pudo superar la leucemia.

Queríamos dedicar este número de nuestra revista, que se vio obsequiada en numerosas ocasiones con su pluma, a recordar al P. Eduardo Laforet CSM.

El viernes santo de aquel año de 1984, poco antes de iniciar su tratamiento, en la primera homilía a todos los militantes, nos decía: "Mi deseo es dejaros un mensaje que, por la misericordia de Dios, no sé si es programático o mi testamento... En definitiva, queridos hermanos, se nos pide vivir la Redención siendo víctimas pequeñitas en medio del mundo. Se nos pide aceptarlo todo sonriendo, dejarse amar por Dios para la salvación de los hombres... Yo, por mi parte, no deseo otra cosa sino permanecer en el momento presente junto a la Cruz del Señor, con su Madre, llorando los pecados del mundo. Sólo quiero decir: Padre, HAGASE en mí según tu palabra, y ESTAR hasta el fin al pie de la Cruz. Dios es mi Padre y en sus manos encomiendo mi espíritu."

Con ocasión de este 25 aniversario, al concluir también el centenario del nacimiento del P. Tomás Morales, se publica el libro Alpinista del espíritu como homenaje al P. Eduardo. Queremos transmitir a nuestros lectores este acontecimiento familiar y hacerles llegar algo del mensaje de este joven enamorado de Dios que entregó su vida por el Santo Padre y por la Iglesia.

Y nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

En tu memoria, Eduardo

Santiago Arellano Hernández

La entrega heroica de tu vida, Eduardo, por la recuperación de nuestro amado y admirado Juan Pablo II, se quedó para nosotros en una lección imborrable, digna de figurar en los florilegios -antologías- de la educación de todos los tiempos. Dar la vida por quien amabas era la razón de ser de tu vocación sacerdotal. Darla apresuradamente para conmover la voluntad de Dios, a quien toda la cristiandad suplicaba entre lágrimas, es un don del Espíritu Santo concedido a quienes intiman en amores con el Señor.

Me vas a perdonar por traer a esta página un recuerdo de mi adolescencia. Sólo en clave de don sirve para evocar tu generosidad. Era en clase de latín. Nos tocaba traducir una página de la historia de Roma muy de los inicios de aquella ciudad que iba palmo a palmo conquistando a sus vecinos, siglos antes de constituirse en la capital del Imperio Romano.

Porsena, Rey etrusco, había decidido sitiar la ciudad para hacerla perecer por hambre, conocedor de que no existía vía de avituallamiento. La situación llegó a ser desesperante. En ese momento un joven romano, Mucio Escévola, decide infiltrarse en el campamento enemigo y, aprovechando la oscuridad de la noche, matar al Rey. Cruzó a nado el Tíber, se introdujo en las filas enemigas y al ver que obedecían los soldados las órdenes de un personaje que parecía el jefe, se acercó y en medio de todos lo apuñaló. Lo cogieron prisionero y lo llevaron ante Porsena. Con voz serena confesó su nombre, la intención de matarle, el error cometido, su decisión de morir combatiendo y no a manos del hambre. Porsena le amenazó con torturarle y fue entonces cuando Escévola extendió su brazo sobre un pebetero encendido y dejó, impávido, que se quemara el brazo, mientras decía:" El cuerpo no tiene ninguna importancia para el que desea la inmortalidad". El rey etrusco se quedó tan admirado de su valentía que lo dejó en libertad.

Mucio Escévola se atrevió a añadir: trescientos hombres como yo están dispuestos a matarte. Alguno lo logrará. Porsena levantó el cerco y Escévola, salvó a su ciudad.

El pintor Ricci en los años finales del XVII nos dejó esta vigorosa representación (1680-1684).

Tu decisión fue una lección de generosidad y entrega heroica que a todos nos sobrecogió. Pero no menos admirable es el calvario de tu enfermedad. Por eso traigo en tu memoria los versos de uno de los más grandes poetas líricos del siglo XX, don José Luís Martín Descalzo, purificados, también sus versos, y sublimados en el potro del tormento de su enfermedad incurable. Sé que te gustará escucharlos desde tu ventanal abierto en el cielo hacia esta tierra nuestra, peregrinos todavía. Tú que tan fino lector eras, filósofo nominado y estudioso ejemplar, no necesitas que te lo explique. Son los versos finales del poema titulado "Ultimas voluntades", Parte cuarta, final, del Testamento del Pájaro Solitario. Mi admiración y nostalgia de ti:


Y en este testamento he de dejar aún mi única
riqueza:
mi esperanza.
Tengo metros y metros para hacer con ella millones
de banderas,
ahora que tantos la buscan sin hallarla,
cuando está delante de los ojos,
porque Tú, Halcón,
bajaste de los cielos sólo para sembrarla.
No, Mundo, sábelo: no me resignaré jamás a tu
amargura,
no dejaré que el llanto tenga sal,
ni que al dolor le dejen la última palabra,
no aceptaré que la muerte sea muerte
o que un testamento sea un punto final.
Si me muero (que aún está por ver)
envolvedme en su bandera verde
y estad seguros de que mi corazón sigue latiendo,
aunque esté más parado que una piedra,
estad seguros
de que, aunque mi sangre esté ya fría,
yo seguiré amando.
Porque no sé otra cosa.
Sólo por eso
Porque no sé otra cosa.